La manifestación independentista de Madrid es un ejemplo de distorsión de los mensajes políticos que lanzan algunos grupos. Por eso vamos a examinar su significado político y las reacciones de la derecha y de los propios independentistas.

Uno de los argumentos que los independentistas han colocado en su equipo de agit-prop es la mala calidad de la democracia española. No era un argumento inicial del aparato propagandístico pero alguno de los cerebros de la secesión lo agregó a argumentos más antiguos y lo exprimió el propio Puigdemont cuando en Washington comparó a España con Turquía. Desde entonces es un tema recurrente en los independentistas. En realidad, el argumento de la baja calidad democrática es aplicable a Cataluña, como escribí hace años que (“El oasis desecado”, El País, 18 de noviembre de 2016) por su pasado conflictivo en las primeras décadas del siglo XX, por su parálisis institucional desde, por lo menos, 2015, por los intentos de los órganos autonómicos de provocar un golpe de Estado que deje a Cataluña fuera de Espala, por la debilidad de los partidos que han sido sustituidos por organizaciones que no concurren a las elecciones ni tienen legitimidad democrática pero marcan el camino político (Omnium Cultural y la Asamblea Nacional de Cataluña) y porque la Comunidad Autónoma tiene ahora un Presidente-vicario que no gobierna ni preside sino agita (como se ve con los lazos amarillos que la Junta Electoral Central ha ordenado retirar). La democracia española no es de mala calidad pero es un argumento falaz para apoyar la destrucción del Estado español tal como hoy lo conocemos.

Y la prueba de que España es una democracia es la propia manifestación de los que, bajo alegres consignas, propugnan el golpe de Estado. ¿Qué dictadura, qué régimen autoritario, toleraría una manifestación masiva en su capital para pedir la ruptura del propio Estado? Sólo una democracia que garantiza los derechos fundamentales (entre los de manifestación y de libre expresión) permite y ampara una manifestación contra los mismos fundamentos del Estado.

Esta primera idea nos conduce a dos interrogantes. En primer lugar, ¿cómo es posible que los independentistas sean capaces de llevar a Madrid cerca de cincuenta mil personas? Y ¿qué pensarán esas casi cincuenta mil personas que gritaban que España no tiene democracia cuando se han manifestado por el centro de Madrid sin que nadie se lo impidiera? A la primera pregunta hay que responder que dados los ingentes medios económicos, propagandísticos y materiales de que dispone la Generalidad para hacer ejecutar su política de rebelión, no debemos extrañarnos de que hayan dirigido a Madrid a esos miles de personas. Es la versión franquista del autobús y del bocadillo. En cuanto a la segunda pregunta, me temo que muy pocos de los manifestantes se habrán parado a reflexionar que sólo en una democracia se pueden ejercitar derechos aun cuando van dirigidos contra la propia democracia. Pero no lo reflexionarán porque la reflexión les conduce a una realidad dura: no hay República catalana, Europa no tolera la secesión de Estados y el Estado español no es tigre de papel.  Reconocer estas cosas es duro para unas decenas de miles de personas que se han abonado a una quimera por causa del engaño de sus gobernantes.

Una vez constatado que la manifestación prueba la fortaleza democrática de España, es interesante reflexionar sobre las reacciones de algunos sujetos implicados. El Partido Popular ha guardado un relativo silencio, pero como el escorpión que pica a la rana en medio del río, al fin no pudo contenerse y su Secretario de Organización, Javier Maroto, escribió en Twitter que si gobierna el partido conservador no permitirá ese tipo de manifestaciones (El País, 17 de marzo de 2019). Esa declaración merece dos reflexiones. En primer lugar, el poco respeto a los derechos fundamentales que tiene el Partido Popular, pues el derecho de manifestación no está a disposición de un Gobierno. En segundo lugar, la poca visión política de los dirigentes del partido conservador, pues si uno de los factores más empleados últimamente por el secesionismo es que España no es una democracia, una manifestación de ese tipo es la mejor desautorización de esa falacia, en España y fuera de España.

Merece también alguna reflexión la actitud de los independentistas que han convocado la manifestación. El Periódico del mismo día de la manifestación, el 16 de marzo, publicó una entrevista al Vicepresidente de Omniun Cultural, Marcel Mauri. Es un texto interesante para conocer la mentalidad de los secesionistas que vinieron a manifestarse a Madrid porque ante la pregunta de por qué una marcha en Madrid respondió:

“Para alertar a todos los demócratas de España de que la defensa de la democracia pasa ahora por defender los derechos civiles y la autodeterminación de Catalunya [sic]”

Y si había alguna duda, añadió que la manifestación estaría a la altura del “hundimiento del Estado de derecho y del ataque a la sociedad civil”.

¿De verdad se cree el portavoz independentista de que ellos van a defender la democracia en España y que ésta está en peligro? Si hay un riesgo para la democracia española, viene de Cataluña, tanto por el destrozo institucional que están haciendo como por el hecho de hacer renacer la hidra del fascismo de Vox. Vox crece porque existe el independentismo.

La manifestación, aunque no lo crean las derechas extremas ni los independentistas, ha sido un triunfo para la democracia y el Estado de Derecho, que contradice la versión de la mala calidad de esta democracia.