El papel de los medios de comunicación es uno de los elementos determinantes a la hora de poder establecer una valoración de cualquier sociedad democrática. Actualmente en España ¿Vivimos en una democracia que tiene en los medios de comunicación un aliado -en tanto que instrumento para su fortalecimiento, desarrollo y renovación- o en una democracia que utilizan las grandes corporaciones de medios de comunicación para alcanzar sus objetivos y materializar sus intereses?

El asunto es central a la hora de analizar a los actores de la democracia, la calidad de esta y las posibilidades de profundizar en ella a través de una mayor participación democrática. Si se estuviera, en el primer escenario, se estaría en el correcto camino de la evolución democrática, mientras que, en el segundo, se produce una deriva que socava muchas de las posibilidades futuras de libertad, con unas grandes corporaciones mediáticas que priorizan la cuenta de resultados, ya sea económica o política, sobre la libertad de expresión e información.

Como señaló Dean Alger, en su libro Megamedia, “si se generaliza y se mantiene con fuerza la percepción de que las organizaciones mediáticas de noticias no operan de forma diferente a cualquier otro negocio maximizador de las inversiones, el papel de la prensa en el proceso democrático estará en serio peligro”.

Algo que está ocurriendo desde hace ya un tiempo, debido a un proceso de selección informativa por parte de unos grupos mediáticos que producen una información cada vez más homogénea, que excluye o hace desaparecer la información que deciden que no les interesa, junto a la opinión de numerosos grupos no solo políticos sino ciudadanos.

Como subrayan Michel Hardt y Antonio Negri en su libro Multitud, guerra y democracia en la era del imperio: “Aunque la información y las imágenes sean omnipresentes y sobreabundantes en la sociedad contemporánea, en ciertos aspectos las fuentes de la información han sufrido una reducción espectacular. Han desaparecido prácticamente los periódicos alternativos y otros medios que expresaban los puntos de vista de diversos grupos políticos subordinados en los siglos XIX y XX. A medida que las corporaciones mediáticas van fundiéndose en grandes conglomerados se homogeniza cada vez más la información que distribuyen…”.

En este panorama, en España también se ha producido una concentración de los medios y un claro desequilibrio ideológico en sus líneas editoriales que veremos más adelante. Primero, es importante conocer el medio a través del cual suelen informarse de las noticias los españoles.

Según el Estudio sobre audiencias de medios de comunicación social, realizado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) recientemente, la población se informa de las noticias principalmente en la televisión, un 69,8 por ciento; la prensa, en formato impreso o digital, un 55,1 por ciento; las redes sociales, un 44,1 por ciento; la radio, un 43,5 por ciento; y los podcasts, un 11,7 por ciento.

En este artículo, voy a centrarme en la prensa. Y quiero comenzar por el tema de la confianza. En este sentido, solo el 53,2 por ciento de los españoles tiene “mucha o bastante” confianza en la prensa. Un 35,7 por ciento tiene “poca o ninguna” confianza. Un 7,3 por ciento, no sabe no contesta: y un 3,8 por ciento, regular.

Un grado de confianza bajo, al que hay que añadir que solo el 56,3 por ciento de los españoles suele leer algún periódico habitualmente. Y entre los que afirman hacerlo, un 60,3 por ciento lo hacen todos o casi todos los días; un 15,8 por ciento, dos o tres veces por semana; un 13,6 por ciento, cuatro o cinco días por semana; y un 10,1 por ciento, de vez en cuando.

Otra cuestión clave, es que el acceso a la prensa no es homogéneo en la población. Para conocer las verdaderas posibilidades de información y profundización en las noticias que poseen los ciudadanos hay que tener en cuenta, que si quieres acceder a la prensa, ya sea en papel o digital, hay que pagar. Solo siendo gratuita determinada información o la posibilidad de ver los titulares.

Esta situación, provoca una desigualdad informativa por renta entre los ciudadanos que afecta a la calidad de la información a la que pueden acceder amplias capas de la población antes de tomar sus decisiones en democracia. Al no poder pagar, el derecho a la información reconocido constitucionalmente se debilita gravemente si no hay potentes medios de información públicos que lo equilibren.

Así, el 49,7 por ciento de los que dicen leer prensa afirma que lee las ediciones digitales que no tienen coste. Un 21,5 por ciento, está suscrito o alguien de la familia; un 13,5 por ciento, lo compra; un 8,5 por ciento, lee los periódicos en el bar, la cafetería; un 3,1 por ciento, lo recibe en su lugar de trabajo; y un 1,4 por ciento, se lo prestan.


Y llegamos ahora, a la pregunta del millón. Quienes finalmente leen prensa ¿Qué periódicos leen? El principal periódico que se lee en España es EL PAIS, por parte de un 10,1 por ciento de la población. Le sigue El Mundo, con un 5,1 por ciento; La Vanguardia, un 3,1 por ciento; Eldiario.es, un 2,7 por ciento; ABC, 2,3 por ciento.

Y las personas que leen cada uno de esos periódicos tienen una gran confianza en él. Un 20,8 por ciento, mucha confianza. Un 61,4 por ciento, bastante confianza. Pero sorprende que un 10,2 por ciento, poca confianza. Y un 1,2 por ciento, ninguna, aunque dicen leerlo.

Este acceso a la información, diseñado por grandes corporaciones, está ocasionando un sesgo de confirmación que influye en nuestras decisiones diarias más de lo que nos creemos cuando afirmamos que somos seres libres. Nuestra libertad choca con una presentación de la información que valida nuestras propias creencias. Algo que se ha incrementado con los algoritmos que generan los denominados filtros burbuja, donde se nos presenta la información que encaja con las ideas que tenemos.

Un hecho muy grave para una sociedad democrática, porque nos impide ver la pluralidad dentro de las sociedades donde vivimos, reduce nuestra empatía y va destruyendo el contrato social sobre el que se cimenta nuestra sociedad, al crear cada vez más muros invisibles donde nos aislamos y rechazamos a aquellos que no piensan como nosotros.

Esto está pasando en estos momentos, y hay que ponerle freno democrático, porque se va agravado ante la determinación de unas grandes corporaciones de medios de comunicación que pretenden influir o cambiar la opinión pública de la sociedad, en numerosos temas, a través de una opinión publicada que es presentada como mayoritaria, aunque no lo sea.

Este poder se produce además en un mundo de los grandes medios de comunicación donde hay un desequilibrio importante a la hora de observar las orientaciones ideológicas de las líneas editoriales o de los intereses de los propietarios de esos conglomerados mediáticos.


Así, cuando se pregunta por la ubicación ideológica de la prensa, donde 1 es “lo más a la izquierda” y 10 “lo más a la derecha”, los españoles sitúan ideológicamente a la izquierda a EL PAIS, con un 4,16 de media y a Eldiario.es, con un 4,47. Y a la derecha, a La Vanguardia con un 5,48, El Mundo, con un 6,92; La Razón, con un 7,66, y el ABC, con un 7,79.

En las últimas décadas se ha pasado de un nivel de pluralismo amplio en la prensa que se correspondía bastante con el nivel de pluralismo de la sociedad, a una situación donde los grandes conglomerados de medios de comunicación priman de antemano sus intereses y su poder. Como señala Todorov en su libro Los enemigos íntimos de la democracia: “en la actualidad podemos -si tenemos dinero- comprarnos una cadena de televisión, o cinco, o diez, y emisoras de radio, y periódicos, y hacer que digan lo que queremos para que los consumidores, lectores, oyentes y espectadores piensen lo que queremos”.

Esto genera desequilibrios democráticos, porque la concentración de los medios y su propiedad en pocas manos provocan un sesgo ideológico muy acentuado hacia las posiciones conservadoras del espectro político. La consecuencia más evidente es que en sociedades democráticas avanzadas existen una parte importante de la realidad social que es borrada, silenciada de los canales de información o es sesgada y manipulada de manera constante y consciente.

Hay que hacer efectivo en la vida diaria de los españoles el derecho a la información veraz, por cualquier medio de difusión, como dice el artículo 20 de la Constitución.