En 1952 se estrenó en Londres una obra de teatro de Agatha Christie titulada La ratonera, obra que no ha dejado de representarse en los teatros londinenses. En esta obra hay ocho personas atrapadas en una pensión por causa de la nieve y los personajes se ven atrapados, como en una ratonera, por un asesinato que tiene lugar. A mi juicio, el Partido Popular de Casado está hoy atrapado en una ratonera de la que no puede salir y se arriesga a que su presidente sea políticamente asesinado y sustituido por algún personaje siniestro.

La negativa del Partido Popular a votar a favor de la nueva prórroga del estado de alarma hizo aparecer hace una semana una línea divisoria, una especie de parteaguas, a partir de la cual el principal partido de la derecha se va a deslizar por una pendiente que le puede conducir al final de una vertiente donde puede quedar convertido en un partido secundario de la derecha, entre otro partido muy crecido a su derecha, Vox, y un partido de centro derecha, el nuevo Ciudadanos de Arrimadas.

El momento de inflexión de esta situación se produjo el 6 de mayo en el debate que dedicó el Congreso de los Diputados a votar una nueva prórroga del estado de alarma solicitado por el Gobierno. En este debate el Grupo Parlamentario Popular, por vez primera desde la eclosión de la pandemia, no votó a favor de la prórroga solicitada, sino que se abstuvo. Formó parte de un frente parlamentario contrario a la prórroga (con abstenciones o con votos en contra) formado por Vox y los secesionistas catalanes. Casado quizá no ha valorado la trascendencia de esta abstención.

La abstención de Casado tiene dos consecuencias. Por una parte, como primera consecuencia, sitúa a su partido fuera del arco constitucional. Hay un principio constitucional básico que es la atribución al Gobierno de la dirección de la política (artículo 97), dirección que se refuerza y se relegitima en las situaciones de crisis que prevé la Constitución y, en desarrollo de ésta, la legislación que regula los estados de alarma, de excepción y de sitio (Ley orgánica 4/11981, de 4 de junio). Si en aplicación del artículo 4.b) de esa Ley Orgánica el Gobierno considera que el país sufre una crisis sanitaria del estilo de una epidemia con riesgo de contaminación grave, la valoración técnica del Gobierno tiene presunción de veracidad porque trae causa de la función directiva del Gobierno. Y sólo si la oposición dispusiera de contraargumentos técnico-científicos sólidos estaría justificado, tras la correspondiente explicación en el debate parlamentario, para rechazar la petición del Gobierno. Si la oposición no dispone de sólidos argumentos técnico-científicos, negar al Gobierno su función directiva en la crisis de Covid-19 no sólo es un grave riesgo para la salud de los españoles, sino también pone en cuestión el papel constitucional del Gobierno.

La segunda consecuencia es que el Partido Popular pretende crear una crisis política de inesperados efectos en el supuesto de que el Congreso de los Diputados negara la prórroga. Crisis política por su simbolismo, no porque el Gobierno carezca de medios para contrarrestar la denegación: nada impide que el Gobierno vuelva a declarar por quince días el estado de alarma si persiste el supuesto de hecho (la epidemia) que motiva la declaración, pues es obligación del Gobierno poner los medios necesarios para hacer frente a una crisis sanitaria. No faltaría quien considerara una provocación declarar un nuevo estado de alarma tras la denegación de una prórroga del primer estado de alarma, pero la provocación, en sentido político, sería la denegación, no la respuesta del Gobierno por medio de un procedimiento que el ordenamiento no prohíbe.

Pero si grave resulta la intención del Partido Popular de crear una gran crisis política y constitucional al Gobierno, también es grave que el principal partido de la derecha rompa amarras con el centro y corra a situarse bajo las alas de un partido fascista, Vox, que está empezando a salirse de la legalidad con las manifestaciones ilegales que está fomentando en algunas ciudades y, especialmente, con el clima de confrontación civil que está creando. Al querer ocupar el mismo espacio de la extrema derecha, el Partido Popular ha entrado en una ratonera de la que, al igual que los personajes de la obra de Christie, le va a costar salir, especialmente si se confirma la deriva hacia el centro de Ciudadanos. Aunque hace ruido con cacerolas (igual que la extrema derecha golpista de Chile contra Allende, como ha recordado Juan Cruz en la SER), esa derecha fascistizada es minoritaria en España y, para más inri, ya está en el partido de Abascal, por lo que los beneficios del Partido Popular al penetrar en esos caladeros van a ser muy magros, pero en todo caso será Casado el responsable del achicamiento de su especio electoral.

Para terminar, no debemos olvidar que el camino de Casado hacia la extrema derecha no sólo tiene efectos electorales. Tiene, sobre todo, efectos sobre la convivencia cívica, porque deslegitima la democracia y a los gobernantes legítimos. Están rompiendo la convivencia y lo malo es que, como se vio en el siglo XIX, en 1936 y en 1981 (más algún conato posterior), cierta derecha española, cuando no gobierna, piensa enseguida en derribar el sistema político. No debería olvidarlo Casado, a ver si se encuentra en situaciones comprometidas y desde la ratonera se cae en el abismo.