En un proceso real de regeneración democrática creo sin duda que el primer escalón a subir es el de los partidos políticos. Dos razones para ello, la primera son el instrumento esencial para la participación política, responden a la condición humana de la necesidad de agruparse para defender los intereses propios y compartirlos con otros. Hay voces que proclaman su inutilidad, argumento falaz no es posible la convivencia sin ellos, hasta las dictaduras los tienen y aunque sea único se crean siempre facciones en su seno, son la base de cualquier sistema de organización social, en democracia más. La segunda razón, tal vez por lo dicho anteriormente, es en los partidos donde se inician los procesos de pudrimiento democrático por el contacto con una sociedad propicia a mostrar su parte más oscura.

El mantra de la regeneración de la vida de los partidos en su relación con la sociedad se ha centrado en las elecciones en primarias para designar a sus responsables y candidatos. Estas son un paso pero por si solas servirían de poco. Las primarias ensanchan sin duda el arco de la participación, dando un mayor protagonismo a afiliados e incluso ciudadanos si así se dispone. Ahora bien, el sistema debe perfeccionarse de forma tal que en los procesos no exista ningún elemento de desequilibrio a favor de alguna de las partes en liza: acceso al censo, financiación de las campañas, garantizar la transparencia y control de las decisiones de los árbitros del proceso, judicializar las irregularidades, estricta neutralidad de los denominados “aparatos”, segundas vueltas que faciliten la coligación de los contendientes de cara al futuro, normas de utilización de los medios de comunicación social, incompatibilidad para la toma de partido de aquellos que ocupan determinados puestos institucionales representativos a nivel nacional, regional o local que pueden viciar la libertad de elección. En definitiva, evitar el vale todo y que las redes sociales se conviertan en el festival del despropósito, el insulto y el agravio protegido en el anonimato de un Nick o en la irresponsabilidad de ser actos no sancionables. La libertad de expresión no es un lugar entre el exabrupto y el eructo. Lo importante es que las reglas del juego sean claras, equilibradas, transparentes y ejercitables y los procesos no rayen con la eternidad pues ello puede significar un deterioro innecesario. Evidentemente las elecciones primarias ya no pueden ser un plus de autorregulación, es la Ley la que ha de fijar el marco como garantía del principio constitucional de que “su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos”. La democracia no es un valor estático, avanza, crece y desarrolla, y si no pasa lo que pasa.

En este proceso de regeneración partidaria es nuclear garantizar y proteger los derechos de los miembros de los partidos, no sólo de aquellos que ocupan puestos de responsabilidad, orgánicos o institucionales. Es legítimo y obligado la critica a las decisiones de los dirigentes si no se está de acuerdo pero dado que es una organización social no puede ser al margen de los procedimientos establecidos y en ese derecho inalienable no es lo mismo el miembro de base que tiene pocos cauces para hacerlo que aquel que, por ejemplo, es Diputado que sí tiene posición dominante de expresión, estos deben realizar la crítica pero en el órgano en el que se pertenece (grupo parlamentario, por ejemplo) y entre sus pares, no es de recibo un constante acudir a los medios de comunicación. Los partidos han de evitar que los excesos  quiebren el principio de lealtad institucional que garantiza la unidad de acción de los partidos ante sus afiliados, votantes y la propia sociedad. A los “jefes” no hay que serles ni complacientes cuando se buscan prebendas ni “incomodos” en un estéril intento de deslegitimación. En una organización democrática las reglas de relación deben estar basadas en el debate, la propuesta y la votación. Las “puestas a parir” y “las amenazas” no es un juego democrático es una enfermedad organizativa que como históricamente está demostrado lleva a la irrelevancia política en la sociedad de los partidos  y sólo evidencia peleas de gallos por dominar una organización. La solución está en dotarse de códigos de conducta que actúen como muro a los excesos del poder y freno a la utilización personal de la política.

La membresía partidaria debe ser enriquecida ensanchando los procesos participativos y más cuando las nuevas tecnologías garantizan esa facilidad y su transparencia. En este contexto el futuro pasa por sistemas más directos de selección de candidatos y responsables pero también por consultas sobre contenidos de la acción política (alianzas y pactos de gobierno) que incluyan también formulación de propuestas y cauces de iniciativa para los componentes de la organización y los ciudadanos que se sientan vinculados ideológica o emocionalmente al partido político.

Regenerar significa hoy modernizar y ello pasa por dotar a los partidos de Plataformas tecnológicas que permitan una mayor información y conocimiento por los componentes de un partido, es superar la arcaica configuración territorial de las denominadas agrupaciones, ofreciendo caminos de relación entre representantes y representados. Ello no es que el diputado, concejal o secretario tenga un blog, una cuenta en Instagram, faceebook o twiter y que cuelgue sus fotos, intervenciones parlamentarias o reflexiones del día o del minuto, es que utilice esas herramientas para informar y conocer lo que piensan los que les situaron con su voto en el ejercicio de su responsabilidad, es también para que los electores sepan realmente como es, cree y actúa el político, ello evitaría sorpresas de las que aún nos sonrojamos. La relación personal imprescindible para conseguir cohesión y dar sentido humano a la afiliación debe estructurarse mediante lugares de encuentro (clubs) donde lo esencial sea la discusión y no el reparto de un poder pírrico y una nomenclatura que repele a la ciudadanía por absurda.

De igual forma, el sistema de incompatibilidades e inelegibilidades es el nudo gordiano de corruptelas y de la pérdida de relación con la sociedad. La experiencia está muy bien y siempre es un valor, pero nadie que hace de su vida ser diputado o concejal termina aportando nada sino todo lo contrario, tres mandatos es un exceso, cuatro, cinco o más es un síntoma claro un despropósito y cuando además eso se cubre con historiales profesionales que se pierden en la noche de los tiempos es tomadura de pelo, quién puede decir que es profesor universitario, abogado, fiscal, inspector de hacienda o lo que sea si lleva 15 años sin ocupar su cometido profesional en la sociedad. Ello no significa que la política, el partido deba de prescindir de su experiencia, pero desde su puesto de trabajo y sin remuneración de la política. Este sistema que se ha creado no son puertas giratorias, es algo más hispano como “una poltrona” y una versión modernizada del caciquismo que tanto se luchó por extirpar. Bien es cierto que este mal no es sólo español y daña la democracia hasta tal punto que está haciendo de ella un sistema vacío y dando pie a los temidos populismos.

La regeneración de los partidos con estas propuestas u otras es lo que puede hacer que los ciudadanos vuelvan a creer en la política democrática y se acerquen a ella, se eviten derivaciones extremas del sistema y se esté legitimado para regenerar otros aspectos de la vida pública que también necesitan encalar sus paredes.