A principios del invierno de 2019 los medios de comunicación alertaron sobre la aparición en China de un nuevo coronavirus letal, el SARS-CoV-2, que condujo a la construcción en pocos días de un gran hospital en la ciudad de Wuhan. Nuestra impresión ante las imágenes que llegaban en aquellas fechas, creo no estar equivocada en afirmar, fue de gran preocupación y hasta de asombro.

Sin embargo, un estudio realizado por la Harvard Medical School, que utilizó imágenes por satélite, detectó a comienzos del otoño picos de tráfico nada habituales en los alrededores de los cinco mayores hospitales de esta ciudad, a la par que detectaron búsquedas intensivas en internet sobre sobre síntomas de la COVID-19 en la zona. No fue hasta el 31 de diciembre cuando las autoridades chinas alertaron a la OMS sobre lo que estaba acaeciendo. A partir de ese momento, el virus comenzó a propagarse por el resto del mundo (a buen seguro con más casos en otros países y continentes confundidos con otras patologías).

Ningún estudio prospectivo internacional (al menos conocido) alertó, en los últimos años, sobre la posibilidad de una crisis sanitaria a nivel mundial de esta envergadura, con repercusiones todavía por valorar. Si nos centramos en los sucesivos informes Davos del Foro Económico Mundial, desde el año 2017 a enero de 2020,  destacaban reiteradamente entre las principales tendencias riesgosas del mundo: el aumento de las desigualdades de ingresos, el crecimiento de la polarización de las sociedades, el desempleo e infraempleos, lograr una economía más inclusiva, capacitar y mejorar a mil millones de personas en la próxima década, el envejecimiento de la población, las migraciones, la soledad, impulsar la ecología y una respuesta a los cambios climáticos, crear un consenso global sobre el despliegue de las tecnologías de la cuarta revolución industrial, el aumento de la ciberdependencia, el aumento del sentimiento nacionalista, crear puentes para resolver los conflictos globales, ayudar a las empresas a crear modelos para impulsar la cuarta revolución industrial… Planteaban, como vemos, que las crisis que estaban por llegar, como dejaron por escrito en 2020, tendrían  dimensiones más climáticas y políticas.

En este sentido, parece sorprendente, cuando no sospechoso, salvo que no dispongamos de todos los datos, que desde ningún organismo se previera lo que estaba por llegar, ni siquiera por los más ricos y poderosos del mundo, reunidos anualmente y desde 1991 en el Monte Davos para debatir sobre los problemas más apremiantes que afronta el mundo, puesta la mirada en el futuro.

Los que nos llegó con el comienzo del año 2020, tras la vivencia de una larga crisis económica, iniciada en el año 2007-2008 y una posterior tímida recuperación, ha sido un duro mazazo que nadie esperaba, que nos traslada a sociedades con un alto nivel de incertidumbre al radicar lo imprevisible en la lógica/ilógica de lo social y la muerte en el centro de nuestras conversaciones. No en vano hasta finales de septiembre, las cifras oficiales contabilizaron más de un millón de personas fallecidas en todo el planeta, repartidas desigualmente en un mundo con grandes diferencias sociales. Además, se antoja harto difícil hacer pronósticos sobre su devenir en los próximos meses/años, hasta que aparezca una vacuna realmente eficiente y contrastada.

Tal como desarrollamos en otro texto en este mismo foro, la sociabilidad es uno de los rasgos característicos de la especie humana (que comparte con otras especies animales), sociabilidad que desde finales del siglo XX, merced a las tecnologías de la comunicación y la información, ha derivado hacia nuevas relaciones interpersonales, en el contexto de una aldea global hiperconectada.

La vivencia en los últimos meses del confinamiento y del posterior “efecto cabaña” de muchos ciudadanos, que ante el temor de contagiarse se refugian en sus hogares, desde donde se proyectan públicamente, comunicándose con familiares, grupos de pares, compañeros de trabajo, a la par que satisfacen su ocio y tiempo libre…, ha alterado la esencia de nuestra alteridad y procurado emociones que pueden conllevar desasosiego.

Así las cosas, en el Estudio sobre Bienestar Emocional del CIS de junio de 2020, los entrevistados manifestaron que durante el confinamiento las relaciones con la familia (68,7%), con la pareja (53,2%), con los vecinos/as (71,5%), y con el entorno profesional/académico/laboral (43,9%) seguían igual. Sin embargo, el 22% mostró malestar emocional a causa de la situación, de hecho el 54,6% de los entrevistados manifestó que durante el estado de alarma sintieron “temor a enfermar”, el 23,7% “dolor por la pérdida de algún/a familiar, amigo/a o conocido/a”, resultando sintomático que el 71,8% manifestará “inquietud por la suspensión de los contactos y relaciones cara a cara con sus familiares, amigos/as y vecinos/as”. Por otro lado valoraron que  a veces estaban, durante esta fase, especialmente tensos o ansiosos (45,5%), el 47,9% tristes y el 46,7% preocupados[1].

Lo anterior confirma la idea de que vivimos en una “sociedad del abrazo”, al tiempo que se revela un elevado nivel de resiliencia entre nuestros conciudadanos. Ahora bien, tenían claro que esta crisis sanitaria impacta en la salud emocional de todo tipo de personas (68,3%), a pesar de que lo que más les inquietaba, entre los efectos negativos, eran los que afectaban a la salud física (36,4%), seguidos de los económicos y los relacionados con el empleo (31%) y, a gran distancia, los relativos a la salud emocional (7,3%).

Recorrido ya buena parte del mes de octubre, las perspectivas de un otoño e invierno complicados se confirman día a día, reinstalándonos en experiencias de meses pasados, que esperemos nos hayan enseñado los mejores caminos por los que transitar, aunque los abrazos con familiares y amigos tengamos que dejarlos para más adelante, y nos duela…

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[1] Véase, http://www.cis.es/cis/opencms/ES/9_Prensa/Noticias/2020/prensa0465.html

 

Fotografía: Carmen Barrios