Plantear que “la soledad” ejerce importantes efectos sobre la vida del ser humano es una evidencia. Pero, para entender mejor su dimensión y las secuelas que encierra, precisa unas consideraciones previas. La soledad debe ser entendida como un sentimiento asociado a diversos aspectos, causas y significados, que ha variado a lo largo del tiempo, bajo el denominador común de la falta o déficit de vínculos interpersonales. Entraña incomunicación con los otros y la comunicación, como planteaba el sociólogo Robert E. Park “implica crear, a partir de experiencias individuales y privadas, una experiencia común y pública, la cual, a su vez, se convierte en la base de una existencia también común y pública”.

Tiene los siguientes elementos distintivos: la falta de interacción social tanto desde una perspectiva cuantitativa como cualitativa; una percepción subjetiva desfavorable de los individuos respecto a sus relaciones y redes sociales de apoyo (familia, grupo de pares…); y el ser vivido como una contingencia emocionalmente negativo y estigmatizante.

La soledad se ha convertido en una de las problemáticas más representativas en la actualidad en todo el planeta. No son muchos los estudios que la analicen, quizás por ser una de las patologías sociales más silenciosas y difíciles de detectar. Los cambios socioculturales y económicos de las últimas décadas han dado lugar a que se experimentara un señalado incremento, repercutiendo en el desarrollo de las personas y las sociedades.

Detrás de este hecho social hay asimismo factores culturales, asociados a valores sociales de gran prevalencia en nuestro momento histórico como el individualismo. Para el fallecido sociólogo alemán Ulrich Bech, el proceso de individualización es un fenómeno propio de los países occidentales, que se inicia tras la Segunda Guerra Mundial, y que ha dado lugar a que las personas hayan sido desprendidas de sus referencias familiares y remitidas a sí mismas, con los pertinentes riesgos, oportunidades y contradicciones, en un mundo que hiperconectado. Una de sus consecuencias más relevantes ha sido que el individuo ha ido tomando protagonismo y fuerza frente a la sociedad, con una mayor tendencia hacia el aislamiento social.

Hay que plantear la existencia de variables sociodemográficas vinculadas, en los países desarrollados, a la disminución del tamaño medio de los hogares, al aumento de la esperanza media de vida y a la caída de las tasas de fertilidad. Sirva de ejemplo el caso español, en donde según se constata en la Encuesta Continua de Hogares del año 2018, la soledad está instalada entre nosotros. Según del INE, hay 4.732.400 personas viviendo solas. De esta cifra, 2.037.700 (un 43,1%) tenían 65 o más años. De los anteriores, 1.465.600 (un 71,9%) eran mujeres, una cifra 2,5 veces superior a la de los varones que viven solos (572.100). Se trata de una realidad que se acrecienta a partir de los 85 años, específicamente entre las mujeres (el 42,7% de las mujeres mayores de esta edad viven solas, el 23,6% de los varones). Por otro lado, en lo que al tamaño de los hogares se refiere se observa una disminución notable del tamaño medio de los hogares. Si en 1961 era de 4 personas, en 1991 decreció a una cifra de 3,28, en 1998 se situó en algo más de 3 personas y en 2018 bajó a 2,40. Como complemento a lo anterior consignar que el 3,1% de hogares tienen 3 o más hijos (576.100), 3,91 millones de parejas no tienen hijos, 2,96 millones tienen un hijo y 2,78 millones tienen dos. En el contexto de la Unión Europea esta tipología de hogares ha crecido marcadamente, tendencia que previsiblemente continuará.

Es significativo que la esperanza media de vida se incrementara a nivel global, no en vano si en 1960 era de 52,54 años, en 2015 fue de 71,86. En nuestro país es de las más elevadas del mundo, ascendiendo para el año 2017 a 83,1 años (una cifra consignable si comparamos con los 69,11 años en 1960).

Hay que destacar además variables situacionales relacionadas con el contexto laboral, económico, residencial… en los que se desenvuelven los ciudadanos y, en general, el impacto del aumento de la desigualdad social y de la pobreza y la exclusión social. Sirva de ejemplo que, según un informe de Oxfam Intermon de enero de 2019, la fortuna de los milmillonarios aumentó en un 12% en 2018 -2.500 millones de dólares diarios- mientras que la riqueza de la mitad más pobre -3.800 millones de personas- se redujo en un 11%. Particularmente, en España se observa una transmisión intergeneracional de la pobreza y de la riqueza: de tal suerte que si una persona nace en una familia de ingresos altos ganará un 40% más que si crece en un núcleo familiar con renta baja. Por último, es ilustrativo que la diferencia en la esperanza de vida de los que viven en los barrios más ricos y los más pobres de ciudades como Barcelona llega a los 11 años o a los 7 en Madrid. Así las cosas, la desigualdad, parafraseando al sociólogo Göran Therborn mata y es un factor exclusógeno de primer nivel en los procesos hacia la exclusión social. Recordemos que las personas “sin hogar” más desarraigadas representan el paradigma de la soledad en su magnitud más extrema.

La soledad, por tanto, es una realidad pluridimensional que genera estrés y un extraordinario sufrimiento, fruto de carencias afectivas, sociales y/o físicas, reales o autopercibidas y conlleva efectos sobre la salud psicológica y física de quienes la padecen. De tal suerte que entre sus principales efectos enfatizar los trastornos mentales y del comportamiento y, en casos extremos, los suicidios. Que decir tiene que va asociado al consumo de sustancias psicoactivas (antidepresivos, ansiolíticos…).

Según un estudio del año 2017 en España, cuatro millones de españoles se sienten solos, resultando especialmente llamativo que personas que residen con sus familias manifiesten sentimientos de soledad más acusados que algunos que constituyen hogares unipersonales como opción personal. Concretamente, del mismo se infiere que el 80% de los que vivían solos lo hacían porque no tenían otra opción, el 60% por decisión personal, siendo revelador que el 50% de los que estaban acompañados sentían soledad frecuentemente. Son las mujeres, los casados o con pareja que viven solos por obligación, los parados o con poca actividad laboral y las personas con discapacidad los más proclives a experimentarla. (https://www.fundaciononce.es/sites/default/files/soledad_en_espana.pdf)

A la luz de lo anterior, acometer medidas preventivas contra la soledad es una obligación como sociedad, existiendo un proyecto del gobierno en funciones de poner en marcha una estrategia nacional contra la soledad (básicamente dirigida hacia las personas mayores), que permitiría abordar una patología social invisibilizada que genera un profundo dolor y malestar entre las personas afectadas.

Decía D. Antonio Machado “Poned atención: un corazón solitario no es un corazón”, hagamos lo posible para que todos corazones latan con fuerza y vigor…