Las pasadas elecciones en Andalucía han dado un vuelco a la situación política de nuestro país. Sin lugar a dudas, la abstención (41,35%) ha marcado en buena medida los resultados, así como la insulsa campaña del partido socialista andaluz. Lo más destacable de lo ocurrido es el desplome de la izquierda y, en particular, del PSOE, después de 36 años de ocupar el poder. Como consecuencia, gana la derecha (a pesar del fracaso del PP) y, por primera vez, irrumpe Vox con 12 escaños (380.000 votos) en las instituciones de Andalucía y, lo que es más grave, previsiblemente lo hará en las instituciones del Estado español.

¿Cómo explicar estos sorprendentes resultados? No resulta nada fácil sacar conclusiones definitivas, a pesar del tiempo transcurrido y de los múltiples análisis efectuados, porque los resultados dependen de numerosos factores y es muy complicado destacar qué factores han sido los más determinantes.  Lo primero que se puede decir es que el contexto internacional está favoreciendo considerablemente el avance de la derecha e,  incluso, de la extrema derecha: Trump y Bolsonaro; el auge del fascismo; la crisis de la socialdemocracia; el fenómeno de la inmigración y de los refugiados; el miedo, la incertidumbre y la inseguridad; la nefasta gestión de la crisis en la UE (desigualdad, pobreza y exclusión social); y, como consecuencia, el creciente malestar social de una parte muy significativa de los ciudadanos, que no ven solución a sus problemas.

Es posible que haya influido también la política desarrollada en el conjunto del Estado. El posicionamiento global de Podemos en relación con el fenómeno catalán, además de la escasa contundencia (y alguna incoherencia) del gobierno de Pedro Sánchez- en relación con el Procés-, ha facilitado la campaña demagógica y populista del PP y Ciudadanos y, sobre todo, de la extrema derecha (se denunciaron indultos, órdenes a la abogacía del Estado, supuestas cesiones a la Generalitat,  coqueteo con los independentistas en su afán por aprobar los PGE-2019…). También han podido influir algunas decisiones contradictorias en relación con el fenómeno de la inmigración; el largo y rocambolesco proceso de exhumación de los restos de Franco; y la escasa divulgación (y poca rentabilidad) del Acuerdo- valorado muy positivamente- entre PSOE y Podemos.

En Andalucía ha sido patente la desmovilización de la izquierda en general; la campaña autónoma y personalista de Susana Díaz, deliberadamente plana e incapaz de movilizar a su electorado y a los más jóvenes; la división interna, tanto del PSOE como de Podemos (ambos partidos a nivel nacional han estado ausentes en la campaña andaluza); y la falta de un relato ilusionante y de izquierdas, que responda a los problemas de la gente: fuerte paro (muy superior a la media nacional), intolerable precariedad, baja protección social, deterioro de algunos servicios públicos, la inmigración, además de la pobreza, la desigualdad y la exclusión social, entre otros.

En menor medida, también ha influido el desgaste sufrido por Susana Díaz, sobre todo después del enfrentamiento con Pedro Sánchez en las primarias del PSOE (Susana Díaz quedó amortizada, para muchos andaluces, en su intento fallido de encabezar el partido en Madrid), al margen de la exagerada mención a Vox en la campaña y la paulatina pérdida de votos y de credibilidad en los últimos años del PSOE de Andalucía. Por el contrario, el desembarco de los líderes nacionales del PP y Ciudadanos y su pugna por la hegemonía dentro de la derecha ha movilizado a su electorado de una manera agresiva y determinante. Para ello no han dudado en crispar la campaña y utilizar “gasolina”, sobre todo en torno a Catalunya y al fenómeno de la inmigración y, posteriormente, en construir una oposición brutal y sin escrúpulos (declive intelectual) en torno a la aplicación- después del fracaso de Rajoy- del artículo 155 de la Constitución Española.

Por eso, después del tiempo transcurrido, el PSOE andaluz debe hacer un análisis crítico, sosegado y a fondo para explicar la desmovilización del partido y del electorado de izquierda, sobre todo en las zonas rurales.  Y, finalmente, pasar a ejercer una oposición nítida y con todas las consecuencias en el Parlamento, en la calle y en las redes sociales. El PP y Ciudadanos- como lo confirma el bochornoso Acuerdo entre ambos partidos- no permitirán que siga gobernando el PSOE en Andalucía, a pesar de que esto puede significar que paguen un alto precio político y electoral- al tener que contar con Vox- en otros ámbitos electorales.

En relación con el Estado, Pedro Sánchez, con buen criterio, ha retomado la iniciativa política después del golpe recibido. La decisión de presentar los PGE-2019 (al margen de los resultados) es una medida muy acertada y le permite ganar tiempo y agudizar dialécticamente las contradicciones de la derecha. Lo mismo se puede manifestar del Acuerdo entre el gobierno, sindicatos y empresarios, en relación con el Plan de Empleo Juvenil (2019-2021), encaminado a reducir la tasa de paro juvenil hasta el 23,5%; incrementar la tasa de actividad hasta el 73,5%; reducir en un 20% la actual brecha de género; aumentar cada año un 15% el número de contratos indefinidos; y abordar un ambicioso y necesario programa de formación profesional.

A lo que hay que añadir el incremento del SMI (900 euros por 14 pagas), la retribución de los empleados públicos (hasta el 2,75%), el aumento de las pensiones mínimas (3%) y del resto (1,6%), así como la penalización de los contratos de muy corta duración y la sanción por el trasvase irregular de asalariados a falsos autónomos. Y, por último, la apertura de conversaciones con los interlocutores sociales para elaborar un nuevo Estatuto de los Trabajadores y buscar una solución duradera, que garantice la sostenibilidad de la Seguridad Social. Paralelamente, el PSOE debe consolidar su posición de diálogo en Catalunya (al margen de los resultados y del juicio pendiente a los independentistas presos) y en la política migratoria y, sobre todo, movilizar al partido y a su electorado (si aún es posible, después de las “tonterías” que están diciendo algunos barones), ofreciendo alternativas creíbles e ilusionantes, con el propósito de  encarar con éxito las elecciones municipales, autonómicas y europeas.

La gran incógnita en el presente escenario político es el resultado del próximo debate parlamentario sobre los PGE-2019 o, alternativamente, la posibilidad de seguir gobernando por más tiempo a través del Decreto Ley. En el peor de los casos, muchos apuestan  porque Sánchez resista y, a más tardar, convoque elecciones para después del verano. No será nada fácil, a pesar de que cuenta con la complicidad del PSOE, Podemos, PNV e independentistas, que no quieren, en ningún caso, adelantar las elecciones y menos que éstas coincidan con las previstas para el próximo 26 de mayo. Mientras tanto, el gobierno debe fortalecer las libertades, profundizar en la democracia y superar las fuertes desigualdades generadas por la crisis, sin caer en las provocaciones y excesos verbales de la derecha, lo que facilitará que el PSOE ocupe la centralidad en el espacio político e imponga el sentido común en un ambiente político crispado y desalentador.

En todo caso, la batalla será muy dura y, por eso, será difícil evitar un choque de trenes entre el bloque de derechas (PP, Ciudadanos y Vox) y el bloque de izquierdas (PSOE y Podemos), al margen de la influencia y la capacidad de maniobra que puedan tener los partidos nacionalistas e independentistas que, previsiblemente, apoyarían una opción de izquierdas. En todo caso, la incógnita a despejar es si uno de los bloques consigue mayoría absoluta, porque, de lo contrario, serán necesarios acuerdos transversales mucho más complejos.

Desde luego, lo que nadie discute en estos momentos- en el seno de la izquierda- es que el acuerdo entre el PSOE y Podemos es imprescindible y que, obviamente, debe estar acompañado de una fuerte movilización social en defensa de una política progresista y claramente diferenciada de una derecha rancia, montaraz y sin alternativas a los grandes problemas del Estado.

En estas circunstancias, nos espera un año (2019) cargado de incertidumbres y de grandes acontecimientos políticos, económicos y sociales. Por eso, nadie duda de que las próximas elecciones en los municipios, en las CCAA y en la UE estén llamadas a representar un adelanto real de lo que puede ocurrir en las próximas elecciones generales y, como consecuencia, en los años venideros.

Por lo tanto, estamos ante unas elecciones muy relevantes en un marco político especialmente complejo. Debemos recordar que los efectos de la crisis han dejado profundas secuelas: paro, precariedad, deterioro de los servicios públicos, fuertes desigualdades, creciente malestar social, inseguridad, miedo, incertidumbre…  Las soluciones ante semejantes problemas no son nada fáciles. Sin embargo, desde los populismos más extremos se hace demagogia presentando alternativas y soluciones fáciles y sencillas- rotundamente fracasadas-, que se vieron acompañadas en su día de violencia extrema y producen en estos momentos sorpresa y una fuerte  alarma y malestar social.

Lo que está ocurriendo sólo es posible explicarlo, entre otros hechos, por el fuerte vacío causado por la no aplicación, cuando no abandono, de las ideas socialdemócratas, en un contexto marcado por la incultura política, el control mediático y de redes sociales y por un sistema económico depredador y especulativo en manos de los poderosos. A pesar de todo, aún estamos a tiempo de recobrar la ilusión y, por lo tanto, de mantener una cierta dosis de utopía en pos de la justicia y de la igualdad social y, como consecuencia, de la lucha permanente contra el culto al dinero, la quimera de un crecimiento sin límites y el consumo exacerbado… Feliz año.