Las manifestaciones celebradas el fin de semana por grupos incontrolados contra las medidas de confinamiento decretadas en el estado de alarma pueden ser un hecho aislado de poca trascendencia posterior o pueden ser un hecho grave, un síntoma de una enfermedad política que está incubando España. El hecho es muy simple: en algunas ciudades importantes como Burgos, Barcelona, etc., grupos radicales, de extrema derecha y/o extrema izquierda, han provocado disturbios y destrozos en el mobiliario urbano, si bien sin llegar a la violencia que estalló en la plaza Urquinaona de Barcelona cuando el “tsunami democrático” salió a la calle para protestar contra la sentencia dictada contra los instigadores de la rebelión independentista. Cuando la violencia política de los secesionistas había acabado en Cataluña, por causa de la pandemia Covid-19, aparece otro tipo de violencia que probablemente tiene su origen en la extrema derecha. Así lo hace pensar la actitud de Vox, si bien en los últimos días este partido ha reculado por temor a ser acusado de incitador de la violencia.

El caldo de cultivo de esta nueva violencia se sitúa durante el confinamiento del anterior estado de alarma, cuando la extrema derecha madrileña empezó a convocar concentraciones en la calle Núñez de Balboa de Madrid, en pleno barrio de Salamanca, y a promover “caceroladas” contra el Gobierno a las nueve de la noche. ¿Fascistas? ¿Extrema derecha? La denominación es secundaria, es el tejido ultraconservador de la antigua nobleza y de cierta burguesía media, afincadas ambas en ese barrio de Madrid, que en los años 70 y 80 del pasado siglo alimentaron Fuerza Nueva. Ya no existe Fuerza Nueva, pero las franjas más conservadoras y filofascistas que acabaron recalando en el Partido Popular han vuelto a adquirir personalidad propia gracias a Vox. Y, a decir verdad, con gran éxito, pues Fuerza Nueva sólo obtuvo un Diputado y Vox tiene actualmente cincuenta y dos diputados, siendo el tercer Grupo Parlamentario del Congreso.

Vox ha obtenido un número tan elevado de votos y de diputados, porque ha sabido aprovechar (más que el Partido Popular) un sustrato de extrema derecha que existe en la sociedad española y que ha aflorado durante la crisis social del Covid-19. El discurso es absurdo pero pegadizo: el Gobierno ha establecido una dictadura aprovechando el estado de alarma y contra esa dictadura salen las aguerridas clases medias del barrio de Salamanca con el apoyo de algunos aristócratas con más títulos que patrimonio. Ese mismo discurso aparece también en El Mundo, en ABC y en La Razón que lo han asumido como la verdad revelada: ya es significativo y preocupante que hace varias semanas se publicara en ABC la esquela de una dama, Grande de España y con dos títulos de nobleza conocidos, donde se decía que el funeral se celebraría cuando se recobrara la libertad. Esa es la mentalidad de esta franja de las clases medias (porque con o sin título nobiliario son clases medias) y eso es lo que explica que, al menos fuera de Cataluña, lancen a sus cachorros a pelear con la policía y destrozar el mobiliario urbano. Y como son pocos encuadran, como hizo Falange antes y después de la Guerra Civil, a grupos sociales marginados, grupos que en el lenguaje del siglo pasado se denominaban lumpen proletariado.

Con estos antecedentes sociológicos, la violencia, que probablemente ha impulsado Vox (aunque ahora recule en apariencia), tiene un objetivo, que es desbordar el juego político democrático y llevar la política a la confrontación física violenta. Nada nuevo, porque lo practicaron los escuadristas fascistas italianos, las S.A. alemanas, los Cruces de Fuego franceses y los matones españoles de Falange. ¿Qué pretenden con esta violencia callejera?

En primer lugar, crear inquietud en los ciudadanos, hacerles ver que la democracia no es un régimen seguro porque no les protege de la violencia. En segundo lugar, denunciar al Gobierno como un Gobierno dictatorial que sofoca la libertad: ya hemos señalado que durante el confinamiento del anterior estado de alarma se inventaron las “caceroladas” de las nueve de la noche y ahora quieren seguir creando esa imagen del Gobierno liberticida. ¡Y lo dicen los admiradores de la dictadura franquista! En tercer lugar, quieren señalar ante la opinión pública que la violencia es un instrumento político útil y legítimo que se utiliza cuando es necesario. Y, en cuarto lugar, pretenden que los ciudadanos tengan miedo y, llegado el caso, se acomoden mansamente a esta violencia política.

Habrá que hacer un seguimiento cuidadoso del comportamiento de Vox, de sus declaraciones y de sus conexiones con los grupos violentos. Aunque ha costado un año de investigaciones para descubrir quién estaba detrás del tsunami democrático de Cataluña (más allá de Puigdemont y de Torra, que se sabía), sería necesario que los Cuerpos de Seguridad investigaran quienes están detrás de esta violencia. Sospechamos que son pijos y marginados, pero habrá cerebros detrás que dan la orden de salir a la calle. Porque de lo contrario, si se generaliza la violencia contra las decisiones de los poderes públicos y no la combatimos, estaremos dando por bueno el argumentario fascista de un Gobierno que arrebata la libertad a los españoles.