El siglo XXI ha sido calificado con múltiples adjetivos para advertir los factores de riesgo que se acumulan en un haz de problemas superpuestos.

El siglo de la desigualdad, de la emergencia climática, de la migración y los refugiados, del tecno-capitalismo voraz, de la deshumanización, del poder de la inteligencia artificial, … Todos esos factores están creados por la mano y la mente del ser humano. Son la consecuencia de nuestras decisiones políticas, sociales e incluso individuales. Sin embargo, el daño que están causando sobre el bienestar y las vidas humanas parece no tener responsables ni tampoco parece que sepamos medir el hundimiento al que nos llevan.

A ello hay que sumar, o quizás sea producto de este haz de crisis, la agresividad que incorporamos en nuestras relaciones sociales y políticas. Lo vemos en la polarización, en la falta de paciencia para entablar una discusión, en la presencia de monólogos que eluden el diálogo sereno, en las frases grandilocuentes para atacar al “otro” (adversario, enemigo o sencillamente diferente), en la radicalización de nuestras posiciones, en el insulto fácil, … Y, lo que es más lamentable en las agresiones físicas que se realizan sobre colectivos más vulnerables o sobre las mujeres, una continua violencia machista y cultural que no cesa porque siempre encuentra resquicios para justificar los asesinatos.

Hay muchas acciones violentas que acaban pasando “casi” inadvertidas porque quizás nos estamos habituando o quizás nos parezcan a veces “payasadas” que entran en la escenografía político-social.  A dos hechos me refiero.

El primero fue cuando el presidente en funciones Pedro Sánchez no intervino en la fallida investidura de Feijóo. Toda la bancada popular se puso a gritar “cobarde” con pataleo incluido, como si estuvieran en las gradas del fútbol (que ya me parece lamentable) o en cualquier jolgorio en el que se pierde la compostura.

Disculpen pero el Congreso es demasiado serio, o debe serlo. Es la democracia representativa. Si con esos gritos y comportamientos quieren señalar que así nos comportamos los españoles, poco ejemplo se da y en poca consideración nos tienen.

Gestos, actitudes, palabras, comportamientos que van dejando huella.

El segundo hecho me parece mucho más grave y reprobable. Incluso para que el partido al que representa le pidiera la dimisión. Se trata del comportamiento público de la presidenta de las Cortes de Aragón, Marta Fernández, que pertenece a Vox. Es evidente que Vox no pedirá disculpas ni la hará cesar de su cargo.

Marta Fernández, quien se ha caracterizado por ser una maleducada y bastante ordinaria, ha insultado dos veces a la ministra Irene Montero, quien merece todo el respeto como persona y como ministra, se comparta o no su criterio político.

Primero, antes de ser nombrada presidenta de las Cortes, hizo unas declaraciones insultantes que sonrojan a cualquiera, menos a ella, lo que ya dice mucho de su mala actitud, su baja catadura moral y su poca educación. Unos insultos que fueron una agresión verbal en toda regla.

El segundo hecho es mucho más grave porque lo ha protagonizado siendo la presidenta de las Cortes de Aragón. Se acerca la ministra, le dirige unas palabras, y ella le niega el saludo, negando incluso dar la mano a la número dos que protocolariamente le tiende la suya.

En primer lugar, esta señora debería saber que seguramente a Montero no le apetecía para nada saludarla. Ella era la ofendida y podía haberle afeado sus pésimas declaraciones. Pero no lo hizo porque representa a una ministra de España.

En segundo lugar, esta señora debería saber que somos muchos más los españoles que no querríamos saludarla, que su solo ideario político de ultraderecha nos produce vómito y vergüenza, y que, en cambio, por el respeto a la democracia, acatamos que ostente tan honorable cargo. Y, respetuosamente, callamos.

En tercer lugar, esta señora debería saber que representa a todo Aragón. No solo a Vox, ni siquiera al PP. A todos los aragoneses y aragonesas, muchos de ellos que no la han votado. Les merece un respeto como se lo merece a la digna institución que representa.

Consentir esas actitudes mezquinas, soberbias y de mala educación empequeñecen nuestro sistema democrático y a nuestras instituciones.

Lo que parece que Vox no ha entendido, y esta señora menos, es que gobernar no quiere decir tener la propiedad de las instituciones.

Esa actitud sí fue una agresión verbal y comportamental sin precedentes en una democracia. No se debe consentir. El siguiente paso, si eso no se denuncia y se frena, es confundir el cargo institucional democrático con uno mismo.