Las elecciones al Parlamento gallego del 11 de febrero han dado, en parte, los resultados esperables, pero también han frustrado expectativas que se iban conformando en la última semana de la campaña. Esperados o no, los resultados incitan a reflexionar sobre algunas cuestiones candentes de la política española.

En primer lugar, hay que señalar que, si bien se habla de una victoria holgada del Partido Popular, lo cierto es que en estas elecciones prácticamente la mitad de los gallegos ha votado a la derecha y la mitad a la izquierda. Partido Popular, Vox y Democracia Orensana han alcanzado 748.596 votos, en tanto que el BNG, el PSdeG-PSOE, Sumar, PACMA y Podemos obtuvieron 712.153 votos. Es decir, la derecha ha alcanzado el 50,6% de los votos frente al 49,4%. Y ese resultado tan igual se ha notado, pues el Partido Popular ha perdido dos Diputados. La gallega no es una sociedad enfrentada, pero sí totalmente escindida en dos mitades, derecha e izquierda. Con otro sistema electoral, estos resultados habrían conducido a la ingobernabilidad, pero en Galicia han dado una mayoría absoluta y suficiente (que no “holgada” como decían algunos comentaristas) a un solo partido. Cuando las elecciones se ganan más por las técnicas electorales que por los votos, un país es menos estable de lo que aparenta.

En segundo lugar, es un sistema de partidos muy concentrado en torno a tres partidos (Partido Popular, BNG, y PSdeG-PSOE) que ha provocado que sólo se “pierdan” (es decir, vayan a partidos que no han alcanzo escaños) algo menos de setenta mil votos, el cinco por ciento de los votantes. El rendimiento del sistema electoral gallego es, en este sentido, muy elevado.

Todo ello no impide destacar que si el Partido Popular ha ganado las elecciones es a causa de su sólido asentamiento rural y de una campaña que ha sabido movilizar a sus electores más fieles y además atraer a otros indecisos. Ese asentamiento rural más que urbano del Partido Popular explica el fracaso de Vox. En otros lugares de España los dos errores graves del Partido Popular (la huida del candidato de los debates electorales y el ataque de pánico de Núñez Feijoó cuando Puigdemont amenazó con contar sus negociaciones) le hubieran pasado una gran factura, pero en Galicia apenas han tenido repercusión, lo que denota una baja calidad democrática de una sociedad que no “castiga” la huida de los debates ni el relativismo de un líder que por la mañana saca a sus partidarios a la calle contra la amnistía y por la tarde negocia con los amnistiables.

Desde una óptica progresista, llama la atención que un partido que practica políticas antisociales, aliado a intereses oscuros (foto de Núñez Feijóo en el yate del narcotraficante) y, en todo caso, a intereses oligárquicos pueda obtener el apoyo de la mitad de los votantes, que no son oligarcas, sino trabajadores de campo y de la ciudad. Pero ahí tenemos el apoyo de los franceses a Le Pen y de los italianos a Meloni para enseñarnos que muchos electores no se guían por sus intereses, sino por ideologías muy arraigadas. No le faltaba razón a Althusser cuando explicaba la acción de los aparatos ideológicos del Estado, porque sólo entendiendo el trabajo ideológico de algunos aparatos se entiende que los trabajadores voten a unas derechas cada vez más despiadadas y cada vez menos democráticas.

También llama la atención que el voto progresista se haya dirigido mucho más al BNG que al PSOE. El dato nos sugiere que una mayoría amplia de ciudadanos progresistas (quizá los jóvenes) opta actualmente por un modelo entre autonomista e independentista, que no sabemos qué recorrido tendrá en el futuro. Ya es preocupante que algunos sectores de la izquierda consideren más progresista y liberador un modelo que debilita al Estado frente a poderes territoriales que son susceptibles de ser controlados por las oligarquías locales, de lo que son ejemplo Junts y hasta el PNV.

En todo caso, los méritos de campaña del BNG y de su candidata no bastan para comprender el fracaso del PSOE. Cuando ocurre esta clase de fracasos electorales la responsabilidad debe expandirse y repartirse a partes iguales entre el partido, el programa electoral y el candidato. Como el candidato no parecía malo (incluso era mejor que otros candidatos socialistas anteriores) hay que pensar que ha pesado más el continuo baile de candidatos del PSdeG-PSOE desde hace muchos años, lo que despista a los electores e impide que tengan una referencia fija identificada con el partido, como ha ocurrido con Ana Pontón. Ahora ese déficit del PSdeG-PSOE se puede atenuar en los próximos cuatro años, pero para ello José Ramón Gómez Besteiro ha de ser mejor líder parlamentario que Pontón. Pero no basta con construir un buen líder opositor y parlamentario porque también hace falta un programa político atrayente y del que parece carecer hoy el PSdeG-PSOE. Porque hay algunas incógnitas que se deben estudiar:

  • ¿Por qué en las elecciones a Cortes el PSdeG-PSOE tiene mejores resultados? ¿Cómo hay que llegar a esos electores que se abstienen en las elecciones autonómicas?
  • ¿Por qué municipios como Vigo, que se vuelcan hacia su Alcalde socialista, no se sienten atraídos por el partido de su propio Alcalde?
  • ¿Por qué en una provincia marítima y agraria, pero no industrial ni urbana, como Lugo la izquierda ha mejorado e incluso el propio PSdeG-PSOE ha mejorado, a diferencia de las otras tres provincias?

Todo ello hace pensar que es necesario un gran rearme político y programático del PSdeG-PSOE. Porque lo que no parece que haya castigado a este partido es el tema de la amnistía, pues si la amnistía hubiera restado votos (aunque alguno habrá restado) los votos socialistas perdidos se habrían ido al Partido Popular o a la abstención, pero no al BNG. En este sentido es incierto (y preocupante) que Pontón acuse al PSdeG-PSOE y a Sumar de “españolizar” la campaña, cuando todo el mundo sabe que fue el Partido Popular el que “españolizó” la campaña hasta que la amenaza de Puigdemont le estalló en las manos.

Llama la atención el también rotundo fracaso de Sumar y de Podemos. Todo el impulso de las Mareas y de Podemos de años pasados se ha desvanecido. El votante gallego de izquierdas, pero no socialdemócrata, ha optado por el voto útil del BNG. Podemos empieza a entrar en la vía de UPyD y de Ciudadanos, es decir, un fogonazo político sin continuidad, lo cual tiene mérito porque ha detentado, nada menos, que una Vicepresidencia del Gobierno. Algún día habrá que estudiar e investigar el papel de Iglesias Turrión en la política española y los intereses reales a los que servía. Y Sumar también tiene que reflexionar sobre su posición en la política española, porque el gran fracaso en Galicia, de dónde procede su líder, incita a pensar en qué está fallando como partido: ¿la tensión despiadada con Podemos? ¿la dificultad de ofrecer un programa político (y por ende, electoral) ni socialdemócrata ni de extrema izquierda? ¿La confusión ideológica de lo que es reflejo la extraña relación de Yolanda Díaz con el Papa? En todo caso, las elecciones europeas están aproximas y Sumar debe ofrecer un programa político nítido sin confusión ni oportunismos, cualidades ambas que hoy por hoy abundan en Sumar.

Es inevitable plantearse qué consecuencias prácticas tendrá la victoria conservadora en el conjunto de la política española. En primer lugar, es humanamente entendible la euforia de Núñez Feijóo y de su equipo, sabiendo todos ellos que un fracaso en Galicia comportaba su casi segura caída. Pero no da imagen de político maduro ese exceso de euforia, que revela sus debilidades. Por otra parte, a pesar de que el editorial de El País de 21 de febrero recomienda al Partido Popular adoptar una política opositora constructiva, todo hace pensar que ocurrirá lo contrario y que se acentuará la crispación. Los malos modos, la oposición desleal y destructiva seguirán siendo el usual modo de hacer oposición de Núñez Feijóo. Y como no ha tenido consecuencias negativas su ataque de pánico ante Puigdemont, retomará la amnistía como tema central de desestabilización y no se moverá un milímetro en su negativa a renovar el Consejo General del Poder Judicial. Ello, claro está, sin perjuicio de lanzar mensajes secretos a Junts en respuesta a las maniobras de éste, maniobras que hace tiempo está desvelando Enric Juliana en La Vanguardia.

En definitiva, la izquierda socialdemócrata y la de Sumar necesitan un rearme político, de principios y de estrategia. Y Gómez Besteiro no puede dejar a Pontón el liderazgo de la oposición en el Parlamento gallego.