“En circunstancias como las actuales, lo más inteligente es actuar a lo grande”. Esta frase es de Janet Yellen, flamante Secretaria del Tesoro de Estados Unidos con el presidente Joe Biden. Yellen, economista sobria y rigurosa, ha señalado que no es ahora el momento para preocuparse sobre el déficit fiscal –un anatema, por tanto, de cara a sus colegas más ortodoxos–: lo que se necesita, remacha Yellen, es invertir en infraestructuras, I+D, formación, capacitación laboral y, además, una política fiscal, y cito textualmente, “con impuestos justos y progresivos”. Estas palabras reconfortan. Debe señalarse que, de entrada, se ha aprendido de la Gran Recesión, habida cuenta que los estímulos puestos en funcionamiento, casi de forma inmediata, han sido importantes.

Parece claro que la importancia de la intervención del sector público ha sido capital. Los estímulos fiscales han resultado claves para evitar un colapso mayor. Esto lo están pregonando las instituciones económicas más influyentes, como el FMI, el BM, la OCDE y las genuinas palestras del liberalismo económico, como el Financial Times. Esto sigue: el trabajo va a ser ingente. El coronavirus puede camuflar los desafíos que ya existían antes de la explosión pandémica. Pero están ahí, como antes. Y para atajarlos será imprescindible huir de recetarios que se han demostrado históricamente fallidos –como la austeridad expansiva– y centrarse en las herramientas que, en el pasado, tal y como demuestran los datos, se revelaron como más efectivas: mayor inversión pública, re-estructuración de las deudas, fiscalidad progresiva y cooperación público-privada.

Ahora bien, el debate que se ha abierto de nuevo es la duración en la aplicabilidad de los estímulos. En tal aspecto, el tema de los multiplicadores fiscales vuelve a estar sobre la mesa. En España, los calculados hasta el momento por distintas instituciones económicas –incluyendo el mismo gobierno– indican multiplicadores que no llegan a la unidad o la superan por muy poco, como producto de las inversiones derivadas de los fondos europeos y de la estrategia de inversión pública. Son previsiones demasiado moderadas, a nuestro entender, teniendo en cuenta que la literatura económica sobre la cuestión –sustentada sobre estudios de caso específicos– afianza multiplicadores fiscales que superan con creces la unidad, llegando a cotas cercanas a 2 (sobre esto, véase la entrada en EFC: https://economistasfrentealacrisis.com/por-una-nueva-agenda-economica-la-inversion-descarbonizada-tras-la-covid-19/). Alcanzar ese guarismo es lo que puede permitir reducir el déficit público (muy importante en estos momentos, del orden del –6,7% sobre PIB para España en previsión para 2021, según el FMI) y la deuda pública (que se situará, según el FMI, en 114,6% sobre PIB para España). Es decir, mantener esos estímulos es importante para evitar quiebras empresariales e incremento del paro: las medidas fiscales alcanzan el 4,2% del PIB de la zona Euro (dato procedente de los Presupuestos enviados a la Comisión Europea en octubre 2020; véase www.caixabankresearch.com, Informe Mensual diciembre de 2020), con un déficit esperado del orden del 9% en 2020. El destino de este esfuerzo es preclaro: sanidad, estabilizadores automáticos, ayudas a empresas, nuevas inversiones y reducciones fiscales.

Esto avala investigaciones recientes. En un reciente trabajo (2020) firmado por el Premio Nobel de Economía 2019 Ryan Banerjee et alter (véase: https://econpapers.repec.org/paper/bisbisblt/30.htm; igualmente, Lidia Braun: “La macroeconomía del coronavirus”, Agenda Pública, 17 de marzo de 2020), se defiende que la fuerte retracción del PIB, observada en todas las estadísticas disponibles y para la mayor parte de los países del mundo, supondría cierres masivos de empresas si no se hubieran arbitrado estímulos económicos. Para este economista, en la zona Euro los porcentajes de destrucción oscilarían del 10% al 30%. Los estímulos han evitado quiebras y mucho más dolor, en el caso de que esas medidas no se hubieran aplicado con celeridad. O ahora se retiren antes de tiempo. La conjunción de política fiscal y política monetaria ha sido trascendental para paliar los efectos corrosivos de la crisis abierta con el coronavirus.

¿Cuándo retirar esos respiradores que mantienen con constantes vitales al paciente? Esta es una gran pregunta. Pero para responderla, no se puede invocar, una vez más, como ya se está haciendo, el cacareado “miedo a los mercados”. Un miedo que dejó paso a un verdadero pavor, cuando las ayudas fueron retiradas antes de tiempo en 1937 y 2010, cediendo a fases de verdadero calvario económico, social y cultural no sólo para los sectores más vulnerables de la sociedad, sino también para sus clases medias.