Todavía nos asombramos de los resultados que están ocurriendo en Europa cuando se convocan referéndums como el de Gran Bretaña o el de Italia, y los resultados populares son contrarios a lo que indica “el sentido común”.

Seguimos incidiendo en que para salir de esta situación de crisis económica que se arrastra desde el 2008 es necesaria Más Europa. En cambio, la ciudadanía dice no una y otra vez en las consultas que se le ponen delante. Perdieron Cameron y Renzi cuando se suponía que ambos tenían controlados sus referéndums y sabían en qué charcos se metían.

Pero ambos resultados son diferentes, envían mensajes distintos, aunque en el fondo sí existe una consecuencia común.

Por una parte, se produce un repliegue hacia el interior, un cierre de fronteras, una nacionalización de los sentimientos intentando así sentirse más protegidos, más seguros, rechazando al “otro” por extranjero, por inmigrante, por trabajador, por alguien que viene a pelear por llevarse parte de lo que queda después de los recortes, la corrupción, la austeridad, las deudas y el fracaso económico. El sentimiento británico lamentablemente recorre el corazón de Europa en muchos países, algo de lo que se aprovecha claramente la extrema derecha.

Por otra parte, el resultado italiano es un rechazo al establishment oficial, a las maniobras para tener más poder y control, para modificar constituciones aprovechando épocas de crisis. En definitiva, el referéndum fue un voto de confianza que fracasó.

Pero la consecuencia está clara: la debilidad de Europa. Políticamente, Europa está gravemente tocada. La desconfianza que la ciudadanía muestra respecto a sus instituciones, sus decisiones, y cómo se están tomando medidas para salir de esta larguísima crisis genera desesperación y frustración. Y la división europea cada vez es más potente: entre aquellos que agitan banderas de euroescepticismo y los que defendemos Europa pero con el corazón encogido.

¡Claro que hace falta Más Europa, pero Otra Europa! El rumbo por el que vamos solo conlleva a la fragmentación europea, a la ruptura, a la división Norte-Sur, al miedo y la inseguridad, a la falta de confianza, y, sobre todo, a la inestabilidad. Hace mucho tiempo que nadie sabe bien qué rumbo toma Europa bajo la batuta de Ángela Merkel, del austericismo, de imponer recortes, de separar países, y, sobre todo, de no imponer medidas de castigo y control a quienes realmente han provocado la crisis.

Sin una Europa fuerte, cohesionada, unida e ilusionante no saldrá adelante. Pero, la primera decisión que debería tomar sería cambiar el rumbo económico, algo que ya se ha demostrado tanto por las advertencias serias de grandes economistas como por la tozuda realidad y sufrimiento de la gente, que no funciona.

Cuando no se ha conseguido combatir la crisis económica, y a consecuencia de esta década crítica, el problema político en Europa consiste ahora en frenar la ultraderecha. Eso es lo que se avecina en Francia (la irrupción de Marie Le Pen); afortunadamente, pero por los pelos, no ha ocurrido en Austria; en España, andamos desfondados políticamente, dejando el gobierno en manos de Rajoy, el gobierno con más agujeros de corrupción y engaños de toda la historia democrática; y en otros países, como Hungría, Holanda y Croacia crece el euroescepticismo a toda velocidad.

Y falta Alemania. Ángela Merkel. Quien, paradójicamente, se ha convertido en la “única esperanza”, como algunos comentaristas dicen, para frenar la división y la inestabilidad, para frenar a la extrema derecha. La misma Merkel que ha creado con sus recetas milagrosas esta situación de confrontación y debilidad.

La pregunta es: ¿no hay más liderazgo en Europa? ¿Hay alguien más ahí?