“Cuando en un debate alguien se siente perdedor, solo le queda la difamación”

Sócrates

 

Durante las últimas semanas se han vivido en el Congreso de los Diputados escenas reprobables de violencia verbal y ruido de abucheos e insultos de bancada a bancada. Desde luego no han sido escenas edificantes, sobre todo por los epítetos dirigidos al Presidente del Gobierno, insultos de grueso calibre totalmente injustificables recibidos por enésima vez. Son escenas que llenan de rubor a quienes las miramos estupefactos.

Algo se ha roto en la sede parlamentaria cuando de la palabra se hace una pirueta en el vacío para llegar al insulto, al griterío, al pataleo, a la descalificación injustificada como respuesta, a la exageración y a la sobreactuación como método expositivo y al simplismo rudimentario como fundamento de argumentación. De esta suerte se encadenan intervenciones que dejan una sensación de ser muy, pero muy planas.

Como observador externo merece la pena realizar un acercamiento a estos elementos, incluso con la sombra de la interpretación vía la perspectiva profesional. Aproximarse a la comprensión de estos hechos supone una responsabilidad social, profesional y personal, dada la importancia que estas circunstancias y contenidos tienen sobre la población general.

En estas últimas semanas lo ocurrido ha sido grave, tanto en la forma como en el contenido de lo acontecido en el Congreso de los Diputados y en el Senado.

En cuanto a la forma se han visto interrupciones, pateos, insultos, gritos, gestos contraídos que expresan rabia contenida, cuando no franco odio (la foto de la portavoz del PP en el Congreso era muy demostrativa y daba miedo, tras causar sorpresa y estupor ver lo explícito del gesto facial, la mirada y expresión ocular, la tensión muscular y la posición de las manos), ya que no traducen algo casual, sino un contenido más profundo y claramente asumido.

En cuanto al contenido había interpretaciones gratuitas acerca de lo que se pretendía criticar, realizando intervenciones llenas de atribuciones e inferencias (p.e. atribuir el deseo del Presidente del Gobierno en instaurar una república federal y laica) que traducían, con mucha claridad, lo que pensaba y quería trasmitir el que lo decía, más allá de los contenidos reales. En todos los contenidos existía un punto de reiteración de los razonamientos, independientemente de cuál fuera el tema que se tratara, con lo que se traduce una clara intencionalidad, no en comunicar algo nuevo o en debatir un tema en profundidad, sino que se pretende desgastar al otro (p.e. catalogar al Gobierno en el límite de lo ilícito, denominar al gobierno como social-comunista, independentista y filoetarra). Otro contenido ha sido la catalogación moral y con intencionalidad en los insultos (p.e. perpetuarse en el sillón), sobre todo en los dirigidos al Presidente del Gobierno. Muy extendido ha sido el contenido relativo a lo que se seguían actuaciones medidas y llevadas a desprestigiar la gestión de gobierno (p.e. el abandono del posible acuerdo para la renovación de órganos constitucionales como el CGPJ y del propio TC, llevando a un bloqueo de las instituciones señaladas). Por fin, otro dato: el Presidente del Gobierno cuando describe lo que ocurre la oposición considera que está insultando, pero cuando los dirigentes de la oposición insultan (p.e. hasta 18 insultos en menos de dos minutos) lo llaman descripción, este doble rasero es muy significativo, incluso hasta en las intervenciones del líder de la oposición en los debates del Senado, no porque lo haga con un tono menor dejan de ser insultos.

Pierre Bourdieu en L’opinion publique n’existe pas y Cohen en The and foreing policy desarrollan dos cuestiones básicas: la primera, los mecanismos de la comunicación política y el impacto en la opinión pública, de tal suerte que concluyen que la opinión pública se modela desde los poderes públicos y lo trasmiten los poderes fácticos de la sociedad, de esta suerte ambos autores dan la razón a Noam Chomsky cuando analiza el poder de los medios de comunicación social en la conformación de la opinión pública y la manipulación de dicha opinión pública en la propia ciudadanía.

A los señores y señoras diputados y senadores se les solicita realizar una correcta comunicación parlamentaria, que traduzca la educación y cultura que debieran tener, dando lugar a la emergencia del respeto, un respeto que debe ser a cuatro niveles: a sí mismo (organizando una adecuada autoestima), al otro (facilitando la comunicación, la interacción y el acuerdo), al diferente (recordemos que la diferencia es la que otorga la identidad, tal como enseñaba Levi-Strauss) y a la ciudadanía (ya que  a ella se deben por ser sus representantes y uno de sus referentes en actitud y comportamiento social).

Para conseguir estos planteamientos hay elementos de forma y de contenido que deben contemplarse. Entre los primeros es fundamental la utilización de un tono y de un volumen de voz adecuados, siendo muy bueno el uso de inflexiones y entonación que permitan comunicar de forma adecuada los contenidos sin tener que agredir, ni en forma ni contenidos, al adversario.

En cuanto al contenido, es fundamental que los disertadores reúnan dos condiciones fundamentales: interés por el tema y por la comunicación rigurosa y, en segundo lugar, conocimiento sobre el tema en cuestión. Para ello los partidos políticos deberán elegir a portavoces formados en los temas y conocedores del tema, más allá de la fidelidad al líder como conditio sine qua non para ser candidato de un partido. Interés y conocimiento es irrenunciable en las personas que abordan los temas, a veces resulta penoso escuchar intervenciones leídas y, por cierto, mal leídas y peor redactadas, que no son más que argumentarios pobres sin contenido real sobre el tema que originan exposiciones y debates planos, terriblemente planos, aburridos y sin relevancia.

En los contenidos es fundamental elegir entre el relato o el discurso, ambos son conceptos diferentes y muy distantes. En la actualidad se potencia y se narra el relato, pero el relato consiste en una narración simple o detallada, una crónica o un cuento son ejemplos claros de un relato, es algo superficial y descriptivo, así sin más. Según la RAE le aporta una tercera voz: “Reconstrucción discursiva de ciertos acontecimientos interpretados en favor de una ideología o de un movimiento político”, lo que le hace perder la consistencia necesaria de forma generalizada, es algo parcial y dirigido a un grupo de población, habitualmente sus militantes y/o sus propios votantes. Puede ser de interés en algunas circunstancias, pero es muy pobre para debatir o tomar decisiones.

Por contra, el discurso se dirige al contenido real y, por lo tanto, contiene principios, valores y razonamientos sobre el tema concreto. Según la RAE, el discurso es la “Facultad racional con que se infieren unas cosas de otras” y “Reflexión, raciocinio sobre antecedentes o principios”. Por lo tanto, el discurso soporta el debate y la contrastación dialéctica y formal, respondiendo internamente a los principios de la lógica formal de Wittgenstein, formulados en el Tractatus y que, de forma magnífica, nos enseñó el profesor Enrique Tierno Galván.

El insulto al adversario es una descalificación total, tanto del insultado como de quien emite el insulto. No es una forma adecuada de comunicación política, es un arma pobre y rudimentaria, que no admite el debate porque elimina la posibilidad de abordar su contenido.

Este estado de descalificaciones y agresividad verbal es el caldo de cultivo perfecto para la formulación de las denominadas fake news o noticias falsas que, a su vez, incrementan las agresiones y forman parte del funcionamiento de algunos medios de comunicación que basan su propio ser en ser identificados en esta línea de formular verdaderas barbaridades fuera de toda lógica.

Lo dicho, ya lo dijo Sócrates cuando en un debate uno de los integrantes se ve vencido, solo le queda el insulto y la difamación, lo que acontece por algo que formuló otro gran filósofo griego, como fue Platón: “cuando se margina a las personas más válidas para la política, solo quedan los mediocres”.