Alguna vez escuché decir al poeta Claudio Rodríguez, de cuyo afecto disfruté largo tiempo agradecido, que todos nos retratamos por nuestras propias lecturas, el encalado del alma y la vereda recorrida. El catedrático universitario y filólogo Julio Neira Jiménez tuvo los tres supuestos perfectamente definidos. Hasta que se nos fue este siete de mayo del veintidós, cuando escribo estas líneas (daría mi aliento por evitarlas), desgarrado por una enorme aflicción al conocer su fallecimiento en la misma fecha en la que su amiga Almudena Grandes habría cumplido años, un año menos dos días después de la muerte de José Manuel Caballero Bonald, a quien dedicó muchas horas de estudio.

Créame el lector que cuesta imaginar al profesor Neira camino de lo que ambos llamábamos segunda eternidad sin vuelta, tal vez porque aprendimos en César Vallejo que en la primera ya fuimos eternos siendo niños. De regreso a Toulouse desde Narbona, donde supe la noticia, dejado atrás un mar muy suyo, el viaje se hizo breve entre mucho alboroto de recuerdos. Porque desde que compartimos pupitre universitario nuestras trayectorias corrieron paralelas y anduvimos compartiendo tantos, tantos asuntos. Era cosa conocida por nuestros amigos comunes, no hubo distancia que impidiera el mutuo apego, acaso sólo algún golpe de la vida. De aquel origen de nuestra fraternidad pronto hará medio siglo.

Las notas de prensa están destacando, con razón, su desempeño de responsabilidades políticas e institucionales y su buen hacer en la gestión cultural. En 1986 fue delegado del Ministerio de Educación y Ciencia en Santander; candidato socialista en 1995 a la presidencia de Cantabria, desempeñó el cargo de portavoz en el parlamento regional durante la IV legislatura cántabra. Mudado a Málaga, en 2003 fue nombrado director del Centro Cultural de la Generación del 27 hasta que en 2008 asumió la coordinación general del Centro Andaluz de las Letras y, posteriormente, la dirección general del Libro, Archivos y Bibliotecas de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía.

Le dolía la incultura de algunos políticos, más si cabe su necedad, y le revolvían las entrañas la rapiña y sus despojos. El socialismo militante de Julio Neira era el de la huella intrahistórica y ejemplarizante del PSOE. Disertaba desde la tribuna pública con mesura, alejado del discurso dogmático, desgranando las razones de su ideología sin atisbo alguno de pedantería. Algunos de sus mejores amigos y colegas estaban en orillas ideológicas distintas a las suyas y, sin embargo, nada quebraba sus respectivas convicciones ni el diálogo ameno. Pero ante todo era una gran persona, bondadoso padre de Selma, entrañable huésped y anfitrión, de gentileza sencilla, de afabilísimo trato y civilidad, conversador de adentros serenos, de mirada y sonrisa a medio camino entre indulgente y pícara, inolvidable… Y aquella virtud suya de hacer míos sus amigos: Rafael Ballesteros, Juan Campos Reina, Luis García Montero y Almudena Grandes, Joaquín Sabina, Chus Visor, Manuel Rico y tantos otros.

Desempeñó la actividad pública con idéntica pasión que el ejercicio docente e investigador. Su formación universitaria cuajó en las aulas y pasillos de la Autónoma madrileña. Perteneció a la primera promoción de Cantoblanco y entre sus maestros resulta ineludible mencionar a Fernando Lázaro Carreter y, muy especialmente, a Juan Manuel Rozas. En ellos asentamos algunos las primeras bases de la crítica filológica, de la hermenéutica y la ecdótica, del estudio de la Vanguardia histórica, fundamentalmente de la lírica del Veintisiete, y de la contemporaneidad. Fue profesor en la Universidad de Extremadura y en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de la Universidad Mohamed V de Rabat. Tiempo después obtuvo la cátedra de Literatura española y Teoría de la literatura de la UNED, de cuya Facultad de Filología llegó a ser Decano (2015-2019). Enseñó en universidades e instituciones extranjeras (Bérgamo, París, Budapest, Oxford, UCLA, Dickinson College, Toulouse, Milán, Roma, Bérgamo, Parma, Rabat, Fez, Oporto). De su magisterio dan fe sus alumnos, ha formado a doctores y, además, orientado por su inteligencia e intuición, no pocos proyectos de investigación llevados a término logradamente avalan su trayectoria intelectual. En su empeño didáctico universitario tiene particular interés La edición de textos: poesía española contemporánea (2002), primer tratado acerca de cuantas cuestiones plantea la edición crítica de textos poéticos, así como la guía Exilio y poesía. Luis Cernuda (2003).

El ilustre mexicano Alfonso Reyes recomendaba penetrar siempre con respeto a un laboratorio filológico, porque es un teatro de placeres que no a todos son concedidos. Julio Neira hizo suya la máxima alfonsina y paladeó esos deleites con creces. Su amplísima producción es loable por todos los conceptos. Se le deben estudios y ediciones de excelente factura que resistirán al tiempo. La disciplina de trabajo literario y el rigor científico, junto a la sabiduría filológica y a la agudeza bien cultivadas por el talento sutilísimo, eran cualidades muy acentuadas de Neira, de las que tengo constancia pues escribimos al alimón el estudio Luis Cernuda en el exilio. Lecturas de “Las nubes” y “Desolación de la quimera” (2002), muy útil para los entonces opositores a l’Agregation francesa, y que presentó Alfonso Guerra en la Residencia de Estudiantes madrileña en una noche memorable.

De aquella vanguardista “generación” del Veintisiete, que vivió bajo el signo lírico entre dos guerras, nutrida por la tradición y la savia de nuestro barroco, el profesor Neira lo supo casi todo. Fuimos conociendo con ininterrumpida cadencia sus trabajos, ediciones críticas e innumerables ensayos: desde sus volúmenes inaugurales sobre José María Hinojosa, poeta temprano surrealista del que fue su mayor conocedor, a las excelentes monografías sobre la revista Litoral, sobre Manuel Altolaguirre o la titulada La quimera de los sueños: claves de la poesía del Veintisiete. Sus ediciones críticas de Hinojosa, Moreno Villa y Gerardo Diego son de sesgo académico encomiable; al igual que las de los varios epistolarios a su cuidado.

En estos últimos años miró más detenidamente hacia tiempos contemporáneos. Entre otras aportaciones destacan su biografía de Caballero Bonald, galardonada con el premio Antonio Domínguez Ortiz, y el espléndido libro acerca de su poesía, así como el estudio de la obra en prosa y verso de Rafael Ballesteros, autor malagueño de exquisita elegancia literaria y sentidos en constante vigilia. Además del volumen De musas, aeroplanos y trincheras: poesía española contemporánea (2015) y otro sobre literatura y género, editó críticamente a Ángel González, Caballero Bonald, Muñoz Rojas… Y a estos méritos de índole académica y filológica ha de sumarse su callado e inédito laboreo poético: fui afortunado lector de algún manuscrito suyo escondido y de recitados en cómplice compañía.

He vuelto a ser feliz recordándonos, Julio, pero al final me duele la tristura vallejiana, pues te has ido demasiado pronto con la sombra negra en los pulmones. Acuérdate de aquel endecasílabo del Diván del Tamarit lorquiano, que colocábamos entre los mejores de nuestra lengua poética, que hoy se hace lágrima: “tu boca ya sin luz para mi muerte” …