Durante estos  primeros meses del 2022 podemos observar  que la pandemia  ocasionada por la covid-19 ha generado una serie de paradojas en la sociedad española que podemos sintetizar en efectos políticos, sobre el estado de bienestar y sociológicos; los tres, íntimamente conectados.

Comenzaré esta exposición por el impacto ocasionado en el sistema de bienestar, y de forma especial en el sanitario. Paradójicamente, los profesionales del sistema sanitario público han salvado docenas de miles de vidas, han puesto en riesgo su propia salud, han renunciado a muchos días de convivencia familiar, social, ¡han respondido sobradamente a la sociedad¡ Sin embargo, pasado los momentos más trágicos y crudos, se ha pasado de valorarlos como héroes, a una indiferencia o , en el peor de los casos,  a una agresividad verbal y mediática cuando en el sistema de salud se han visto sobrepasados por las sucesivas olas, y reclamaban más medios humanos y recursos técnicos. Cuando la opinión pública ha presionado por diversas saturaciones ocasionadas en las sucesivas olas, y particularmente en esta última, algunos  responsables políticos han pasado la responsabilidad de estas circunstancias a los profesionales sanitarios. No está en la agenda hablar de aumentar plantillas sanitarias, reducir temporalidad, aumentar recursos públicos para la sanidad pública. Todo lo contrario, en estos dos años se indica por varios medios del sector sanitario que han aumentado considerablemente el número de pólizas de asistencia sanitaria privada. La reducción progresiva de recursos económicos, asfixia el servicio público; lo que da a lugar a un trasvase a la sanidad privada de aquellas clases sociales que pueden permitirse  dicho seguro de salud. ¿Estamos condenados a medio plazo a una sanidad pública residual para la población que no puede acceder a otro tipo de sanidad? ¿A que muera poco a poco por inacción de recursos presupuestarios, desmotivación de sus profesionales, imagen desprestigiada por su saturación cuasi constante?

Otra paradoja que nos ha traído la pandemia, ha sido la actuación de nuestros responsables políticos. Frente a dirigentes que han tomado medidas sensatas y ponderadas en aras de salvaguardar el derecho a la vida y a la salud de los ciudadanos, ¿existe razón superior exigible a un servidor público? Otros han sucumbido a la presión de sectores económicos, financieros y mediáticos. Frente a la actuación tendente a la búsqueda del bienestar colectivo y especialmente de los sectores más vulnerables, ciertos mandatarios han elegido salvar su propio cargo, sacar rentabilidad de un populismo que ha costado vidas y salud a muchas personas. Los íntegros en su responsabilidad pública ya se verá en un futuro como acaban premiándoles las urnas, y los populistas y demagogos, incompetentes para las vitales responsabilidades que les hemos otorgado la sociedad, salen fortalecidos ante buena parte de la opinión pública y electores. ¿Nos depara el futuro el éxito del político populista, cortoplacista, invidente para el interés público? ¿Y el ocaso del servidor público que actúa de forma consecuente para el bienestar de la mayoría social, aun acosta de tomar medidas indispensables que puedan suponerle su carrera política, que no su conciencia personal? ¿Cómo se verán impedidos a actuar nuestros dirigentes en posibles futuras crisis sanitarias?

Y finalmente, la última paradoja, se ha forjado la idea que durante y tras la pandemia la sociedad ha salido (o saldrá) más fortalecida, cohesionada, solidaria, con mejores y mayores valores ¡mejor…!  Ciertamente que si se analizan objetivamente los hechos, se observa una insolidaridad generacional en cuanto a la preocupación por los efectos que podría acarrear a otras personas mi pretendida libertad, mis ganas de vivir, o que siga el negocio de todo tipo, pase lo que pase. Entre la actuación de determinados dirigentes y la conducta social de muchos ciudadanos, se ha instaurado una especie de ley de la selva, sálvense los fuertes, los jóvenes y vigorosos.

Todas estas paradojas podemos preguntarnos si son circunstanciales o van a ser una realidad y tendencia en los próximos años. Si la mayoría social deseamos un sustento y/o reforzamiento del estado de bienestar (empezando por el sector público sanitario); si vamos a premiar el populismo y la irresponsabilidad suprema en nuestros responsables políticos; si mantenemos y/o desarrollamos mayores cuotas de cohesión social, solidaridad individual y colectiva.

Entre la Arcadia feliz y la ley de la selva puede existir una sociedad que sobre las bases de la que tras la Segunda Guerra Mundial ha dado calidad de vida y esferas de libertad (con sus limitaciones y altibajos) a millones de personas en el mundo occidental, alcancemos, si cabe, mayor profundidad en libertad y calidad de vida individual y social. Está por ver, y en ello los ciudadanos siempre podemos ejercer nuestra libertad de pensar y actuar, si la sociedad actual vamos en uno u otro sentido. Pero no está de más recordar que en la evolución humana, los neardentales se extinguieron pese a sus mayores cualidades de fortaleza física y robustez, frente al homo sapiens que fruto a su mayor sociabilidad y solidaridad grupal ¡sobrevivió…!

Sociedad cohesionada, solidaria con los más débiles, con valores democráticos, buscando como línea de horizonte mayores campos de democracia, libertad y nivel de vida, o una amalgama de individuos egocéntricos, incapacitados  para la visión de las necesidades sociales en su conjunto, configurados intelectualmente por algunos medios de comunicación y sectores políticos que se articulan como voces sutiles de una minoría que impone soterradamente su voluntad a los intereses de las mayorías sociales. ¿Y usted qué opina?

 

Fotografía: Carmen Barrios