Cuando parece que las ideologías han muerto y que las diferencias entre partidos políticos se sitúan más bien en formas de postmodernidad, vuelve la necesidad de ubicarse debajo de un paraguas que ofrezca identidad.

Eso es lo que le ha ocurrido ahora a Ciudadanos.

Desde su nacimiento, Albert Rivera ha intentado ubicar a Ciudadanos como un partido nuevo al que no le importaban las ideologías, sino la modernidad (estética). E intentó algo fundamental, pero no suficiente: presentarse como un partido que no está manchado por la corrupción como le ocurre al PP.

Por ello, en su nacimiento figura tanto el liberalismo como el socialismo, en un intento de apropiarse de lo bueno de ambas partes que le permitiera ubicarse en el “centro político”, como si esto fuera un espacio neutral, sin señas de identidad.

Le ha fallado el ser una “marca blanca” del PP, cuyo valor estaba en que, al ser “novatos” no podían haber cometido irregularidades. Pero, el fracaso en las urnas, lo ha dejado en un rincón del Parlamento, donde no son necesarios para apuntalar al PP y exigirle un cambio de rumbo, pero tampoco se les ve como la alternativa al modelo clásico de la derecha, que sigue manteniendo el suelo de sus votantes, pase lo que pase, o acaben en el banquillo hasta la cúpula completa del aznarismo.

Por eso, ahora ha necesitado redefinir su espacio ideológico. Porque, aunque se empeñen en negar una y otra vez, que esto de las ideologías pertenece al pasado, la realidad es que hay que presentar un rumbo por donde caminar. Y, como si se tratara de una refundación, ha renunciado a postulados socialdemócratas que lo alejaban de su votante natural, ubicado en el espacio del conservadurismo político, y ha buscado otras fuentes.

Lo sorprendente es que la presentación de Ciudadanos, después de su congreso, es la vuelta al pasado. Como dice Albert Rivera: “los ciudadanos de Cádiz han vuelto para gobernar”. ¿Ha vuelto la constitución de 1812 para una sociedad del siglo XXI?

Y si Ciudadanos anda en un espiral del tiempo, entre el pasado y el futuro, Podemos se enfrenta a una espiral de espacios, entre la organización interna y el voto externo.

Ya predije (y no es mérito sino obviedad) que, cuando Podemos tuviera que constituir un partido político de verdad, surgirían los problemas.

Podemos entró en la vida política española por ser algo diferente al clásico PSOE. Y mucho debería aprender el PSOE de la frescura y la novedad que representó Podemos para el votante progresista.

Ahora bien, cuando hay que dejar la pancarta, la crítica, la manifestación, y los mensajes grandilocuentes que llegan al corazón de la ciudadanía, y se trata de organizar una estructura para las reglas políticas es cuando comienza el dolor de cabeza. Y esto no es tan fácil.

Eternos debates como el papel preponderante y presidencialista de un secretario general, el control de las listas, lealtades y afinidades, grupos y grupúsculos, libertad de expresión y representación política, democracia versus eficacia, idearios frente a estrategia, poderes y liderazgos.

En definitiva, nada nuevo que no se conozca desde el origen y creación de una formación política, o de cualquier organización humana que debe tener una estructura, un poder, un liderazgo y una democracia representativa.

Lo único que hemos descubierto es que no es tan fácil llevar adelante una organización política, donde el inicial “buenismo” de Podemos hizo suponer.

En mi opinión, son bienvenidos los partidos nuevos a este parlamento español, aunque todavía los mismos partidos, “nuevos y viejos”, no sepan cómo relacionarse mutuamente. Pero la política española todavía está como la plastilina: moldeándose sin saber cómo se asentará el futuro más inmediato.