El mayor riesgo que tenía la sesión constitutiva del Parlamento catalán era que su nueva Mesa fijara para mañana la sesión de investidura del Presidente de la Generalidad. Ese riego parece al menos conjurado pero hay factores que hacen temer que dentro de unos pocos días ese Parlamento elegirá Presidente de la Comunidad Autónoma al huido Puigdemont. Ahora veremos las consecuencias de esa pseudo-elección pero antes señalaremos unas reglas que parecen ya consustanciales a la política independentista de Cataluña.

En la Cataluña del “procès” hay tres reglas o principios que se están cumpliendo desde que Artur Mas inició la carrera hacia la independencia. Esas reglas son:

  • Todo lo que ocurre en la política catalana es susceptible de empeorar en el futuro: cada paso que dan los secesionistas contribuye a crear tensión y problemas sin que, por otra parte, esté más próximo el acceso a la independencia.
  • Todo lo que hacen los independentistas es anunciado previamente por alguno de sus representantes: cada medida, grande o pequeña, que han aplicado en su senda hacia la secesión, ha sido conocida con bastante anticipación por la filtración de algún secesionista. Todos los pasos que dan se anuncian anticipadamente a modo de filtración que siempre se confirma.
  • Entre las distintas opciones que aparecen entre los independentistas, éstos siempre optan por la más radical o la que comporta más enfrentamiento con el Estado: hace dos años, cuando Mas tenía que convocar elecciones o someterse a las exigencias de las CUP, Mas prefirió perder la Presidencia antes que llevar la contraria al partido antisistema; y cuando el 26-27 de octubre pasado Puigdemont tuvo que escoger entre cumplir el compromiso electoral que había adquirido con Urkullo o ceder ante las presiones de Esquerra y de las CUP, prefirió la opción radical que le llevó a la aplicación del artículo 155 y a su vergonzante escapada.

Hemos hecho esta digresión porque, de aplicarse las reglas que hemos visto, el 1 de febrero veremos que el Parlamento catalán elige a Carles Puigdemont, esto es, una decisión que empeora la situación política, que ha sido anunciada paulatinamente por los portavoces secesionistas y que comporta la salida más radical, más irreversible.

Es cierto que (a la vejez viruelas) a Esquerra parece interesarle elegir un Presidente convencional que forme Gobierno, consiga la inaplicación del artículo 155, empiece a gobernar more soberanista y acumule fuerzas para la nueva batalla que sería quizá menos confrontada que la anterior. Eso es lo que cualquier observador neutral aconsejaría a los soberanistas pero esa solución dejaría fuera de juego a Puigdemont y éste prefiere, como Sansón, morir bajo las ruinas del templo que él mismo ha derribado. Y como los soberanistas siempre optan por la medida más radical, aunque sea inaplicable o perniciosa para sus intereses, investirán ilegalmente a Puigddemont. ¿No actuó así Esquerra la noche del 26 al 27 de octubre cuando Rovira, con la aquiescencia pasiva de Junqueras, impidió convocar unas elecciones que hubieran dado el triunfo a… Esquerra? (hoy Junqueras sería Presidente de la Generalidad)

¿Cuáles serán las consecuencias de la elección de Puigdemont? Continuando las reflexiones que formulé la semana pasada (Javier García Fernández: “Acuerdo Puigdemont–Rovira: hay 155 para rato”, Sistema Digital, 10 de enero de 2018), me atrevo a vaticinar:

  • Esquerra cederá ante Puigdemont y permitirá la elección telemática o por delegación del exPresidente huido.
  • Volveremos a ver el primer y gran conflicto con el Estado después de las elecciones, pues la elección del Presidente–prófugo será inmediatamente suspendida por el Tribunal Constitucional a requerimiento del Gobierno de la Nación.
  • Puigdemoint conseguirá otra vez ir de Presidente despojado, como pretende todo el tiempo.
  • Los independentistas perpetrarán una trampa que no triunfará: celebrarán otra sesión de investidura para elegir a Elsa Artadi u otro Diputado de Junts pel Catalunya, que el Gobierno de la Nación volverá a impugnar ante el Tribunal Constitucional porque considerará que la anterior elección no ha sido resuelta.
  • En esa batalla llegará el 2 de abril y el actual Parlamento, sin elegir válidamente Presidente, quedará disuelto y el Gobierno de la Nación volverá a convocar elecciones que se celebrarán a principios de junio.

Al final, Cataluña puede estar cerca de un año sin Gobierno y sin políticas públicas. Y todo a mayor gloria del fugitivo Puigdemont. Como el tema va para largo, sería necesario que el Gobierno, el Partido Popular, el PSOE y Ciudadanos empezaran a negociar una estrategia, porque de lo contrario Cataluña va a ser un cáncer crónico e incurable.