En medicina hay sustancias que, careciendo por sí mismas de acción terapéutica, producen algún efecto favorable en el enfermo si este las recibe convencido de que esas sustancias poseen tal propiedad. El diccionario de la lengua las describe como placebos.

El mismo diccionario aclara que el término procede del latín placebo, primera persona de singular del futuro imperfecto del verbo placere, agradar. Es decir, significa agradaré. Y de eso se trata, de agradar al que lo consume, como un caramelo, como una caricia. Pero placebo rima, asonantemente, con camelo.

También en política existen los placebos. Consisten en propuestas políticas que ofrecen la presunta facultad de resolver problemas sociales como si de verdad fueran opciones aplicables, pero que, realmente, son de uso imposible. Como los placebos farmacéuticos, tratan de agradar (placere) al consumidor y, de hecho, le infunden cierta esperanza en la solución de sus problemas, constituyendo esa sensación un efecto atenuante sobre los mismos. Para ello, así como los fármacos usan del prospecto para ejercer ese efecto de sugestión, las falsas propuestas políticas, a veces conocidas como ocurrencias, se presentan en programas electorales de amplio espectro. Suele predominar la transversalidad que, a modo de «purga de Benito», sirve para resolver todo problema humano, y a todos los humanos. Y esto es algo que, afortunadamente, sirve para distinguirlos: cuando usted vea una solución política excesivamente buena y sin efectos secundarios, desconfíe de ella. Posiblemente le resulte pesimista esta afirmación, pero es cierta.

Ambos placebos, farmacéutico y político, se distinguen en algo. Así como los primeros tratan de parecerse a las medicinas reales, presentándose con la misma forma de pastillas, etc, los placebos políticos tienden a diferenciarse de los planteamientos convencionales, y no solo, como decimos antes, por la exageración de sus efectos en los prospectos, sino por la presentación de los mismos, que pueden ir desde la utilización de niños lactantes hasta salir abrazados a un leño. Todo, con tal de tratar de señalar las diferencias que sugieran que sus propuestas son, efectivamente, posibles, y no las de los otros.

Pero el problema de los placebos no es solo moral, ya que son falsas soluciones, sino que, tambien, es real, porque los que los usan dejan de utilizar procedimientos reales que, aún menos ambiciosos en sus resultados anunciados, son más eficaces.

Y, sin embargo, estos placebos políticos están teniendo ahora un gran éxito. No es que sean un fenómeno nuevo, ya que han sido utilizados, de una u otra forma, en anteriores (en casi todas) épocas, pero ahora están teniendo, quizás, su edad de oro por la utilización de las redes sociales. Esto facilita la rápida difusión de esas promesas entre, y esta es la parte dolorosa de la historia, muchas personas, demasiadas, que han perdido la esperanza en los partidos tradicionales para resolver sus problemas.

Este éxito hace que algunos de los partidos convencionales, que antaño se movían en el arte de lo posible, o bien se pasen con armas y bagajes al placebismo, o bien pretendan adoptar formas parecidas para evitar la pérdida de sus apoyos sociales, aspirando con eso a que la fotocopia mejore el original.

No obstante, está por ver la duración de este fenómeno, al menos en sus dimensiones actuales. No hace falta citar a Lincoln para recordar la proporción inversa entre el número de gente a la que se puede engañar y el tiempo en que esa gente puede estar engañada.

Pero sí citaré a Tierno Galván. Una vez, se encontró con uno de sus concejales que quería conquistar el cielo subiéndose a él por una escalera larga, como en la letra de la canción. Le disuadió de hacerlo diciéndole, literalmente, que «cuando la práctica de la revolución es una quimera, la teoría de la revolución es una estupidez». Lo sé, porque yo era ese concejal. Pero tuve la suerte de escucharlo y aprenderlo.