Ya no se puede mirar al país vecino para confiar en que la socialdemocracia puede gobernar con mayoría absoluta como ocurría con Antònio Costa. Sino todo lo contrario, hay que estar alerta sobre lo que está ocurriendo a nivel global desde hace tiempo: el auge de la extrema derecha.

Lo ocurrido en Portugal indica varias cosas preocupantes:

  • Que la justicia debe tener mucho cuidado con no cometer errores que se entrometen en la democracia. Es lo que ha sucedido en Portugal. Un error de la fiscalía señalando al primer ministro Antònio Costa como posible corrupto ha desencadenado unas elecciones y la pérdida del partido socialista.
  • Es cierto que, respecto a la corrupción, ningún partido está libre de pecado, ya que depende de las actuaciones individuales, salvo en el caso del PP que ha sido el único partido condenado como organización, aunque el PP quiera obviarlo.
  • Ante los casos de corrupción, lo mejor es actuar rápido y de forma contundente, para que no se manche la institución y la ciudadanía pueda confiar en su gobierno. Eso es lo que hizo el socialista Costa: dimitió de inmediato por verse investigado, aunque él afirmaba ser inocente, y posteriormente se demostró que fue un error. Ahora bien: ¿su dimisión razonada, responsable y comprometida con el cargo ha sido comprendida y premiada por la ciudadanía?
  • Todo lo contrario. Lo que ha ocurrido en Portugal es lo que está ocurriendo globalmente: un giro hacia las políticas conservadoras con un auge de la ultraderecha, lo que se definen además como “antisistemas”, como críticos con la democracia, y mucho más críticos con la Unión Europea.
  • Estos cambios electorales nos demuestran: que ya no hay voto fiel por parte del electorado, que es capaz de pasar de una mayoría absoluta de la izquierda a un voto favorable a la extrema derecha; que las medidas sociales en ayudas, subsidios, becas, … no acaban de ser recompensadas por la ciudadanía; que existe una insatisfacción cada vez mayor respecto a la democracia, a la que se contempla como un sistema ineficaz, y especialmente a la política, con una creciente desconfianza; que el voto a la ultraderecha es un voto de protesta y de reacción negativa; que se premia más la radicalidad, la emotividad, la mala educación, la confrontación que el diálogo, las buenas maneras, la prudencia o la gestión.

Leo un artículo del amigo Juan Torres quien alerta, “La extrema derecha viene para quedarse” https://juantorreslopez.com/la-extrema-derecha-viene-para-quedarse/

Y señala: “se puede caer en la ingenuidad de creer que la extrema derecha que se extiende por el mundo es tan solo algo estrafalario, un momento de locura a iniciativa de un grupo de chalados y payasos, una exageración pasajera que se irá desvaneciendo poco a poco. Pero no es así.

Detrás de estos insultos a la razón, brutalidades y mentiras hay un proyecto de dominio en favor de grupos de interés muy poderosos, financiados por grandes capitales y con unas ideas muy claras sobre lo que necesitan y cómo lo pueden conseguir

Vemos a Trump abrazando a Milei, Abascal con Meloni, Viktor Orban adulado por Trump, y ellos con muchos más estableciendo redes de comunicación permanente, haciéndose fuertes, al tiempo que nos hacen retroceder con declaraciones machistas, homófobas, racistas, provocadoras

Lo cierto es que los partidos conservadores de la Unión Europea miran de reojo lo que pueda pasar si llevan de muleta a los ultras. El dilema: ¿mantener la identidad como conservadores-liberales o caer en las garras de la ultraderecha con tal de gobernar?

Hasta el propio Feijóo declara que está muy preocupado por el auge de la ultraderecha. Sin embargo, su partido gobierna con Vox en cinco CCAA, en muchos municipios y, si no, ahí tiene a Isabel Díaz Ayuso que resulta más ultra que los propios de Vox, tanto en sus declaraciones, en su ideología, en sus provocaciones como en sus formas de hacer política.