El País del pasado 20 de marzo ha publicado un artículo de Carles Puigdemont y de Oriol Junqueras, Presidente y del Vicepresidente de la Generalidad de Cataluña, titulado “Que gane el diálogo, que las urnas decidan”, que debemos glosar. En concreto, debemos examinar qué pretenden sus autores con este artículo, cuál es el trasfondo de la iniciativa y, en tercer lugar, cuál es el problema político real que hay detrás de la celebración de un referéndum de independencia en una Comunidad Autónoma.

Antes de entrar en estas tres materias hay que referirse a algunas de las ideas que contiene el artículo de los dos gobernantes independentistas. Con la usual langue de bois de éstos, Puigdemont y Junqueras salen al paso de uno de los reproches más constantes que se hace a los secesionistas, que es la rotunda fractura social e ideológica que la independencia ha producido en Cataluña (por todos, Javier García Fernández: “El oasis desecado”, El País, 18 de noviembre de 2016) y reivindican las diferencias que, dicen, robustecen la democracia. Los dos gobernantes catalanes deben vivir al margen de la sociedad porque si estuvieran inmersos en la sociedad catalana se darían cuenta que en las familias y en los reuniones de amigos ya no se habla de política para evitar la fractura existente. Pero eso es democrático y sano para Puigdemont y Junqueras. A continuación defienden el referéndum escocés sin pararse a reflexionar sobre la enorme frivolidad de un gobernante como Cameron, que por afianzarse dentro de su partido no le importó jugar con la unidad trisecular del Estado británico y con su permanencia en la Unión Europea. Cameron ha sido para su país un político tan destructivo como Artur Mas para Cataluña pero estos dos secesionistas de salón que hablan mucho pero les aterra la condena penal sólo se quedan con el espejismo del voto permanente, como si los ciudadanos catalanes no votaran.

Tras las alabanzas a la fractura social y al desastre referendario británico, los dos gobernantes catalanes, insisten en que “no vamos a renunciar a ejercer ese derecho [al referéndum]” y repiten los tópicos usuales que emplean los independentistas para justificar la secesión:

  • Que el Estado ha abandonado a los catalanes (frase cuyo carácter incierto nos evita glosar).
  • Que es la hora de “escuchar y hablar” (que es lo que no hacen los secesionistas que imponen su hegemonía gracias al aparato político y administrativo del Gobierno catalán).
  • Que el Gobierno ha delegado en los Tribunales la resolución conflicto, “comprometiendo la labor e independencia del poder judicial” (que es un Poder del que se han mofado los independentistas presionándolo en la calle). Mentiras y falacias que los secesionistas repiten sin parar.

Pasando a los temas que subyacen bajo este artículo, veamos en primer lugar qué pretenden sus autores con este artículo. No es difícil ver que el texto se inserta en la nueva estrategia del Pacto Nacional del Referéndum que busca explicar en Madrid su reivindicación del referéndum. Y por eso, al día siguiente del artículo de Puigdemont y Junqueras, Artur Mas habla en Madrid en un desayuno de los que tanto abundan en la capital y al día siguiente se tiene noticia de que Puigdemont quiere dar una conferencia en el Senado, como si éste fuera un aula académica o la sala de la Librería Blanquerna. Los cerebros tácticos del independentismo quieren vender la independencia en Madrid pero salvo para su aliado y cómplice, Podemos, las campañas independentistas tendrán el mismo éxito que tendría quien quisiera convencer a una persona que se dejara cortar un brazo. En el plano político, la nueva táctica publicitaria de los secesionistas no lleva a ninguna parte.

Ahora bien, ¿cuál es el trasfondo del artículo de El País? A mi juicio, que Puigdemont y Mas son conscientes de que no van a poder celebrar el referéndum a pesar de que lo han prometido y por ello, para no hacer el ridículo, mendigan del Gobierno de la Nación una negociación que les salve del fracaso. Es una circunstancia que apunta a la debilidad del secesionismo a pesar de los constantes golpes de pecho que se han como si fueran gorilas machos. El artículo refleja también el miedo de estos secesionistas de salón que no quieren afrontar las penas de inhabilitación que puede poner en marcha el Tribunal Constitucional.

Este giro aparentemente dialogante de quien, como el Presidente Puigdemont, ha hablado del “referéndum, sí o sí”, sería positivo y loable si no fuera porque los secesionistas sólo quieren dialogar sobre el referéndum por la independencia. Y eso es lo único que el Estado democrático no puede aceptar. Admitir un referéndum vinculante sobre la independencia de Cataluña comporta la posibilidad real de romper España por una mayoría mínima de catalanes. Aunque los sondeos y los resultados electorales últimos señalan que no hay mayoría de independentistas, el férreo control que tiene el Gobierno secesionista catalán sobre todos los medios de comunicación (autonómicos y locales) hace pensar que, con trampas electorales variadas, podrían incluso triunfar por la mínima. Y un Estado que nació como unión personal en el siglo XVI no puede estar a mercede de mayorías coyunturales pero de resultados irreversibles.

En conclusión, el Gobierno de la Nación puede (y debería) dialogar sobre la eventual reforma del Estatuto de Autonomía, sobre la bilateralidad (aunque a la larga me parece inviable), sobre un hipotético concierto económico y hasta incluso sobre un posible indulto a los delincuentes Mas, Homs, Ortega y Rigau. Lo que no se puede dialogar es la sobre la unidad nacional de España y sobre unas posibles vías de ruptura. Es decir, lo que exigen Puigdemont y Junqueras en su artículo es un brindis al sol porque saben que política (antes que jurídicamente) no se puede negociar lo innegociable.