Los clásicos de la Ciencia Política dicen que las elecciones en el Estado democrático sirven, ante todo, para que los ciudadanos decidan sobre quien va a gobernar un país. Eso es cierto como principio general, pero en ocasiones unas elecciones sirven para decidir sobre el futuro del propio Estado democrático. Sin referirnos a las elecciones a un Parlamento constituyente, que afectan directamente al modelo de Estado, en ocasiones unas elecciones ordinarias pueden provocar un quiebro en el sentido de la marcha del Estado, alejándolo del sistema democrático. Las elecciones alemanas de 1933 son un ejemplo y también lo fueron, salvadas las distancias, las elecciones españolas de febrero de 1936, pues el Bloque Nacional se planteaba laminar la democracia republicana (y al fracasar, recurrieron al golpe de Estado).

Las elecciones del próximo 28 de abril no suponen un riesgo tan grande para la democracia como las elecciones en que venció el Frente Popular, pero el riesgo existe. Y existe porque uno de los partidos que concurre, Vox, es un partido FASCISTA, contrario a la democracia. El programa electoral de Vox no es fascista ni contrario a la Constitución, salvo en unos pocos puntos (Estado unitario, supresión del Tribunal Constitucional, y poco más), pero su discurso real, el que difunde en sus actos electorales, sí contiene una filosofía contraria a la Constitución y a la democracia, como expresaron sus dirigentes en el mitin de Las Rozas (Madrid) el 23 de abril pasado. Pero el peligro para la democracia no viene de que concurran a las elecciones uno o varios grupos fascistas, pues ya concurrieron Fuerza Nueva y Falange Española. El peligro a la democracia viene de otras dos circunstancias, a saber:

  • que el partido Popular y Ciudadanos han “comprado” elementos importantes del programa antidemocrático de Vox;
  • que en ningún momento estos dos partidos conservadores han afirmado que no se apoyarán en Vox si lo necesitan para gobernar. Este tema es particularmente importante, pues ya se apoyan en Vox para gobernar en Andalucía y además porque llama la atención que el “cordón sanitario” que Ciudadanos ha trazado alrededor del PSOE no se extienda, en cambio, hacia Vox (es decir, Ciudadanos explica por activa y por pasiva que nunca gobernará con un partido democrático como el PSOE, pero no lo dice respecto a un partido de extrema derecha).

Podemos afirmar sin error que Partido Popular y Ciudadanos gobernarán con el apoyo de Vox si lo necesitan. Más aún, dada la deriva ultraderechista de ambos partidos en las últimas semanas, gobernarán, casi con seguridad, en clave de extrema derecha, aunque no necesiten a Vox (algunas propuestas económicas del Partido Popular coinciden con las del nuevo partido fascista).

¿En qué se traduciría esa alianza de Partido Popular, Ciudadanos y Vox? Es de temer que en un intento de reformar el sistema político que emana de la Constitución de 1978 en un sentido opuesto al principio democrático, y, en segundo lugar, en tratar de sacar al PSOE del propio sistema, como insinúan ambos partidos al meter al PSOE en el mismo saco que PdCat, Esquerra y Bildu. Quieren igualar al socialismo democrático con el independentismo y con el terrorismo y algo de eso apuntó la deslenguada y agresiva candidata del partido Popular Álvarez de Toledo.

En conclusión, con estas elecciones no nos jugamos sólo el sentido político del Gobierno de la Nación. También nos jugamos la pervivencia de la democracia, porque si ganaran las tres derechas existe el riesgo cierto de que empiecen a desmontar el Estado democrático que nace de la Constitución.