Sorprendentemente, creo que esta es la época de mayor confusión interna que vive el PP.

Ha habido momentos donde hubiéramos pensado que el PP estallaría internamente debido a los numerosos casos de corrupción que, sobre todo, se “institucionalizaron” en comunidades como Madrid, Valencia, Murcia o Baleares. En estas comunidades vimos durante años solaparse los escándalos, la entrada en tribunales de forma continuada de numerosos cargos públicos, la escalada de corrupción, y como el PP parecía una caja de truenos a punto de estallar. Sería innumerable la lista de casos de corrupción que llenaron páginas y páginas de tribunales  y de medios de comunicación, empezando por el más escandaloso: las cuentas B y los tesoreros del PP.

Aquello que, sin duda, costó votos al PP, no rompió ni la disciplina interna ni la cohesión. Sorprendía el cierre de filas que se producía entre sus cargos orgánicos y públicos, capaces de defender lo indefendible. Existieron voces que, más que discordantes, eran verbos sueltos con ganas de llamar continuamente la atención y hacerse un permanente hueco mediático, como el caso de Esperanza Aguirre. Pero, con la que estaba cayendo en el PP, los trapos sucios los lavaban dentro, y apenas dejaban entrever las disidencias.

Por eso, llama más la atención lo que ahora está ocurriendo bajo el mandato de Pablo Casado.

La entrada de Vox ha modificado el panorama de la derecha española. No solo en cuanto al reparto de votos, sino en algo más preocupante. Vox está marcando la agenda política de la derecha, y lo está haciendo utilizando toda clase de mentiras y estrategias nefastas, pero que le dan buen resultado para un electorado extremo o para gente que pretende manifestar su enfado pese a quien pese.

Hasta ahora, las impertinencias de Vox y su mal estilo, especialmente ideológico, lo ubicaban fuera de unas reglas democráticas, porque su primer grito de guerra era hundir el propio juego democrático y parlamentario. Vox se sirve de la democracia para intentar menoscabarla.

El asunto más grave es cuando el PP aparece dispuesto a “blanquear” esta estrategia, esta ideología, y a este partido, jugando a ser su rival, cuando apenas le llega para ser su sombra. Pablo Casado está realizando unas maniobras peligrosísimas de acercamiento y confusión con la extrema derecha, que lo alejan de ser un partido institucional, de consensos parlamentarios, y con ciertas líneas rojas que no deben pasarse.

Al PP le hubiera correspondido abstenerse en la investidura de Pedro Sánchez. No solamente no hubiera sido descabellado, sino que todo el mundo lo hubiera entendido como en su momento correspondió con Rajoy.

Ya sabemos el interés del PP y Casado en el Tribunal Constitucional, pero su bloqueo supera todos los límites. Jamás había sucedido algo similar.

Pero lo más descabellado es sumarse ahora al “pin parental” en educación, cuando estamos todavía con la ley educativa de Rajoy, cuando está implantada en comunidades gobernadas por su propio partido (como Andalucía, Madrid, o Galicia), cuando además tal problema NO EXISTE y está siendo provocado intencionadamente por Vox, ensuciando la educación pública y a sus profesionales, al tiempo que genera una fake news dentro de la agenda política.

Esto está provocando el desconcierto dentro del PP. Porque lo que Casado parece que no entiende es que, además de ser oposición al PSOE a nivel estatal, también es partido de gobierno a nivel autonómico. Por tanto, su equilibrio, su compromiso con España y el Estado autonómico no es el mismo que Vox.

Ciudadanos ya cayó en la trampa de querer ser más de derechas que la propia derecha, cuando su crecimiento fue al manifestarse como un partido de centro liberal, capaz de hablar y negociar con el PSOE. El PP y Vox se lo comieron. Y no creo que Arrimadas tenga más salida política que terminar sus días en el PP.

Pero el PP no puede dejarse arrastrar por Vox de esta manera. ¿Sabe realmente Casado lo que hace? ¿Ha contemplado bien su estrategia?

Lo que no consiguió la corrupción, parece que lo conseguirá Vox: romper internamente la cohesión del PP.

Mientras, España está huérfana de un partido de centro derecha. Ciudadanos malogró su opción, y Pablo Casado no es capaz de representar ese espacio. Pero existe gente capaz y sólida de ofrecer un proyecto democrático, liberal, sin extremismos, ni insultos, ni mentiras, capaz de confrontar opciones políticas y sociales, que representen a una parte importante de la ciudadanía española.

Y si el PP no recupera la senda del centro-derecha, Vox se alimentará de los descontentos, con la amenaza democrática que representa.