En septiembre de 2016, Barack Obama, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, resumió en una frase el mayor desafío al que se enfrenta la humanidad en estos momentos: “Un mundo en el que el 1% de la humanidad controla tanta riqueza como el 99% más pobre nunca será estable”. Ante semejante realidad, las élites económicas y políticas tienen dos opciones. Una, en la que pueden decidir no darse por aludidas, y continuar con una acumulación de la riqueza que llevará al desastre social, político y económico. En este escenario, la pregunta no es qué ocurrirá, sino cuándo y dónde estallará esta situación insostenible.

La otra opción es enlazar su respuesta con la de los primeros utilitaristas. De este modo, con la información que poseen, pueden actuar en su propio beneficio y también en el del resto de la humanidad. Esto significa que, siendo conscientes como son que la mejor herramienta para el crecimiento económico es el trabajo decente con salarios dignos, actúen en consecuencia. Con ello, se conseguirá incrementar los ingresos de amplias capas de la población cuya principal, o única, fuente de ingresos proviene del trabajo. Al tiempo que se reduce la desigualdad.

Esta ecuación, debería extenderse a todos los niveles económicos y tendría que ser uno de los principales objetivos de la denominada Responsabilidad Social Corporativa en las empresas, independientemente de su tamaño. Salarios más altos es igual a mayores ingresos. Unos mayores ingresos, para amplias capas de la población, son equivalentes a un mayor crecimiento del PIB.

Conseguir que las rentas salariales aumenten su porcentaje de PIB en el reparto de la riqueza nacional es una política inteligente y económicamente responsable, si se quiere competir y generar un crecimiento económico sostenible. Hacer que el crecimiento económico beneficie al mayor número de personas también. Y en esta tarea, aparte de los gobiernos, tienen que tener protagonismo las grandes empresas.

A nivel interno, mejores condiciones laborales y salariales aumentarán la productividad, al tener trabajadores más comprometidos y alineados con los objetivos de unas empresas que en muchos casos han suscrito los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Cuyos objetivos ocho y décimo hablan respectivamente de trabajo decente y crecimiento económico, y de reducción de las desigualdades.

A nivel externo, las grandes empresas tienen que servir de ejemplo y apoyo para la sociedad en su conjunto. Pero además, deben realizar una política activa con todos los proveedores con los que trabajan, independientemente de su tamaño, para que vayan adoptando estas políticas de trabajo decente y salarios dignos.

Este cambio de rumbo, no son ensoñaciones ni utopías. Son la respuesta adecuada para garantizar un futuro en paz y en libertad. Y tan evidente es la exigencia de cambiar el rumbo actual, que hasta el Fondo Monetario Internacional (FMI) lo ve necesario.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) en su informe, de junio de 2015, sobre las causas y las consecuencias de la desigualdad de ingresos en el mundo, establecía una estrecha relación entre ingresos y crecimiento económico. Los datos del informe, no dejaban lugar a dudas en cuanto a la tendencia de acumulación de la riqueza en pocas personas: casi la mitad de la riqueza mundial está en manos del 1% de la población, mientras la clase media reduce su número al mismo ritmo que sus ingresos, que provienen fundamentalmente del trabajo.

Junto a la constatación de la acumulación de la riqueza, el FMI realizaba dos afirmaciones. La primera, es que la concentración de ingresos en las personas más ricas lastra el crecimiento. Es decir, el FMI señalaba que el PIB es sensible a la distribución de los ingresos ¿Cómo? Cuando aumenta la renta del 20% de las personas más ricas, el crecimiento del PIB tiende a caer. Por el contrario, el aumento de la renta del 20% más pobre está asociado con un mayor crecimiento del PIB. La segunda, venía a demostrar que el incremento de renta de las clases medias y pobres potencia el crecimiento. Si el 20% de los más ricos incrementan sus rentas un punto porcentual, el crecimiento del PIB sería casi un 0,1 por ciento menor en los siguientes cinco años. Sin embargo, un crecimiento similar en la renta del 20% más pobre está asociado a un impulso de la riqueza nacional del 0,38%.

Se conoce la dirección correcta. Es momento de ponerse en marcha hacia ella.