Desindustrialización, bajos salarios, sanidad precaria, reducción de servicios públicos esenciales: estos elementos, solo enunciados, junto a cambios graduales en los valores, pueden explicar el mantenimiento importante de los votantes más conservadores norteamericanos, setenta millones, con Trump como buque insignia. Entre ese cambio de valores, se reivindica con mayor énfasis el papel del dinero, del enriquecimiento súbito y como sea. Se me dirá que todo eso ya estaba presente, y es cierto. Pero nos hemos adentrado en un weberianismo exacerbado, una ética que se nutre de la mitificación del triunfador, con escasa moralidad. El dinero depura cualquier error, como la confesión inhibe de la pena dramática del pecado para un católico. En un reciente trabajo, Branko Milanovic explica con mayor detalle todo esto, hasta el punto de que rubrica que lo único existente en los sistemas económicos es el capitalismo, sin alternativa, y con parámetros que reflejan lo dicho anteriormente. La tesis de Milanovic es interesante, a pesar de que esa visión de la existencia de un solo sistema económico no es nueva: economistas defensores de la teoría de la dependencia, con todas sus lagunas, hablaban de esto en los años setenta y ochenta del pasado siglo. Se asimilaba el modelo soviético a un capitalismo de Estado, un sistema económico-social que formaba parte del capitalismo genérico, sin posibilidad apenas de ponerlo en jaque, a pesar de toda la parafernalia de la guerra fría. Un sistema económico-mundo, muy en la línea de las teorías de Immanuel Wallerstein, Samir Amin, Hosea Jaffe y André Gunder Frank.

Es este contexto convulso y en ocasiones histriónico en el que debemos situar la consolidación robusta de la votación a Trump. Sus pasos fueron inequívocos. Por un lado, la política económica la puso bajo el mandato de quienes el mismo Trump criticaba en su etapa de candidato, con ácidos comentarios dirigidos a miembros del staff político y económico, todo con un discurso netamente populista. Esto ha avalado, además, la ausencia de política social –que ha regentado bajo el mandato de Trump la derecha cristiana–. Los motivos: la política social se consideraba como innecesaria y, además, generaba déficit presupuestario. Pero, también, se incidía en ese cambio de valores: ni un dólar para atajar los problemas raciales, de género o de cambio climático, vectores de gasto que no tienen viabilidad más allá de contentar a los sectores sociales más progresistas. Un cambio de moralidad que tiene sus contrapuntos: la defensa de los varones blancos, trabajadores de los “cinturones del óxido”, esos espacios antaño industrializados y ahora con enormes problemas; la guía moral dogmática, con Estados Unidos como epicentro de una pretendida regeneración mundial, asediada por los peligros de la expansión asiática, de los inmigrantes, de los científicos, de las mujeres y de los colectivos marginales. Hacer América grande, de nuevo, infiere presuponer una pérdida de posiciones que no se debe a administraciones demócratas: proviene de una evolución económica y social y del nuevo engranaje de un capitalismo que –como explica Milanovic– tiene otros posibles liderazgos.

Ante esto, la tarea de Joe Biden es titánica: retornar al multilateralismo, eliminar el proteccionismo extremo, volver a los foros esenciales –OMS, París con el cambio climático como eje, entre otros–, luchar de manera científica y efectiva contra la pandemia, sellar vínculos entre las dos mitades de Estados Unidos, des-tensionar la geografía política, etc. Una agenda nada sencilla, que se encontrará con múltiples ejercicios de resistencia ultra-conservadora.