Suele ser usual definir el maltrato infantil como cualquier forma de abuso o desatención que afecte a un menor de 18 años. Abarcando todo tipo de maltrato físico, afectivo, abuso sexual, desatención, negligencia y explotación comercial o de otra índole, que vaya o pueda ir en perjuicio de la salud, el desarrollo o la dignidad del menor o poner en peligro su supervivencia en el contexto de una relación de responsabilidad, confianza o poder. Así es generalmente definido y asumido también por la Organización Mundial de la Salud (OMS) dependiente de las Naciones Unidas. No cabiendo duda alguna de que se trata de un problema de enorme magnitud, de ámbito mundial y con muy graves consecuencias personales para quien lo sufre, y que arrastrará probablemente a lo largo de toda su vida.

Pese a ello, hoy por hoy, no podríamos circunscribirlo a unos u otros países, de modo apriorístico; pues aunque se han llevado a cabo encuestas públicas y privadas en todo tipo de Estados, fundamentalmente en los de renta baja y media, todavía faltan datos sobre este grave problema en la mayoría de las naciones, que pudieran extrapolarse como verídicos porcentajes o hechos certeros a nivel de las diversas organizaciones internacionales, fundamentalmente la propia OMS.

Ahora bien, pocas dudas alberga el hecho de que el maltrato infantil es un problema complicado y muy difícil de analizar, pues los cálculos que actualmente se manejan, así como las cifras tan variables según los países, unido a los métodos estadísticos utilizados, no hacen sino acrecentar las dificultades de un examen certero o ni siquiera fiable. Es más, la propia definición del maltrato infantil es tan amplia como compleja. Intentando ser omnicomprensiva, pero sin poner un énfasis singular en aquella parte de este fenómeno, como para considerarla prioritaria, accesoria o simplemente concomitante. Tan es así que los mismos análisis estadísticos varían notoriamente de unos países a otros, en función por ejemplo,  de que el condicionante se coloque en la explotación sexual, frente al maltrato psicológico o la desatención sistemática del niño afectado

De ahí que el tipo de maltrato infantil diste enormemente de un país a otro, precisamente en función de ese diferente examen o de esa prioritaria o accesoria atención a un aspecto u otro. Por eso, quizá deberían los técnicos (sociólogos y estadísticos básicamente), distinguir al menos la importancia, la prioridad en suma, de un tipo de maltrato infantil sobre otro, en función de esa esquematización consistente en priorizar, por ejemplo, el factor o resultado físico, sexual, sobre el psíquico o viceversa.

Estimando que cuanto acabamos de señalar, resulta extensivo a las encuestas oficiales y privadas, que sobre el fenómeno del maltrato infantil se llevan a cabo en los diferentes países. No habiendo unas reglas básicas, unos temas preferentes, ni unos esquemas idénticos o análogos, para analizar el fenómeno. Un ejemplo del día a día nos lo va a aclarar : en los países democráticos, con un nivel de vida alto y un elevado grado de escolarización infantil, probablemente el maltrato de los niños se ciñe al abuso sexual, más que a la trata de personas, prioritaria en los países, por ejemplo, del África subsahariana. Lo que redundará en que la cobertura y la calidad de las encuestas en que se solicita información a las propias víctimas, a sus padres, familiares y cuidadores, tienen que anotar conclusiones bien diferentes en estos países. Lo que redundará en la complejidad añadida de atender a tan amplios espacios sociales, como englobables en el maltrato infantil.

Llegados aquí, deberíamos preguntarnos por los factores de riesgo vinculados al maltrato infantil. Distinguiendo estos cuatro: 1.º Los ligados al propio niño. 2.º Los dependientes de sus progenitores o cuidadores. 3.º Los vinculados al tipo de relación. Y, 4.º Los comunitarios y sociales.

Comenzando por los ligados al propio niño, siempre como víctima, tendríamos el ser menor de 4 años o adolescente. Ser un hijo no deseado o no cumplir las expectativas de los padres. Tener necesidades especiales, como llorar sin tregua o tener características físicas anómalas. Presentar una discapacidad intelectual o un trastorno neurológico. E identificarse o ser visto como lesbiana, gay, bisexual o transgénero.

En cuanto a los factores ligados a los progenitores o cuidadores, debemos destacar: la dificultad para establecer un círculo afectivo con el recién nacido. El hecho de no cuidar al niño. Haber sufrido maltrato en la infancia. Carecer de conocimientos sobre el desarrollo infantil o albergar expectativas poco realistas. Consumo nocivo de alcohol o drogas, incluso durante el embarazo. Tener nula o poca autoestima. No controlar los impulsos. Presentar un trastorno psicológico o neurológico. Participar en actividades delictivas. Y estar en una difícil situación económica.

Los factores vinculados al tipo de relación atenderían a : ser una familia desestructurada. Existir violencia entre sus miembros. Falta de una red de apoyo o existencia de un claro aislamiento dentro de la comunidad familiar. Y falta de ayuda de la familia para poder criar al niño.

Por último, los factores comunitarios y sociales harían referencia a: desigualdades sociales y de género. Falta de vivienda adecuada. Elevados niveles de desempleo no subsidiado. Fácil acceso al alcohol y drogas. Políticas deficientes para prevenir el maltrato infantil. Existencia de normas que ensalcen el ejercicio de la violencia. Y la pervivencia de políticas sociales que generen malas condiciones de vida o desigualdad e inestabilidad socioeconómica.

Ahora bien, ¿cómo prevenir todo esto?, ¿cómo contribuir a la aminoración, al menos, del maltrato infantil?

El abordaje debe ser necesariamente multifactorial. Partiendo de que cuanto antes se intervenga a estos efectos en la vida del niño, mejor resultará para conseguir los beneficios perseguidos. Tanto a nivel singular, como social: mejor desarrollo cognitivo, mayores capacidades sociales, más elevado nivel de instrucción, menos delincuencia…

Son, sin duda, programas e intervenciones eficaces, y por ello necesarios, los siguientes: 1.°–Apoyo institucional a los padres y cuidadores (sesiones de formación y capacitación para lograr una crianza cariñosa y sin violencia). 2.°–Dispositivos de formación y preparación para la vida (mayores niveles de matriculación en una enseñanza de calidad, que aporte a los niños conocimientos y aptitudes que fortalezcan su resiliencia y reduzcan los factores de riesgo de violencia). 3.°–Programas de prevención de los abusos sexuales, que sirvan para sensibilizar a los niños y adolescentes y para aportarles conocimientos y aptitudes prácticas que los ayuden a integrar la noción de consentimiento, a evitar y prevenir los abusos y la explotación sexuales y a pedir apoyo y ayuda. 4.°–Intervenciones encaminadas a generar un clima escolar positivo y un entorno sin violencia y a reforzar las relaciones entre alumnos, el profesorado y la Administración. 5.°–El trabajo sobre normas y valores (programas destinados a transformar las restrictivas y dañinas normas sociales y de género que se aplican a la crianza de los hijos, la disciplina infantil y la igualdad de género y a promover el papel nutricio de los padres). 6.°–Aplicación y cumplimiento de las leyes (legislación que prohíba los castigos violentos y proteja a los niños de los abusos y la explotación sexuales). Y, 7.°–Servicios de respuesta y apoyo (detección precoz de los casos, anudada a una atención continua de los niños que padecen malos tratos y de las familias, para evitar en lo posible que el maltrato se produzca y paliar sus consecuencias.

Para favorecer que todo cuanto antecede surta el máximo resultado, la OMS recomienda inscribir las intervenciones en un planteamiento de salud pública que se declina en cuatro pasos: 1.°–Definir el problema. 2.°–Determinar las causas y los factores de riesgo. 3.°–Concebir y experimentar intervenciones encaminadas a reducir al mínimo los factores de riesgo. Y, 4.°–Difundir información sobre la eficacia de las intervenciones e implantar a mayor escala aquellas que revistan probada eficacia.

Con todo, hay datos espeluznantes, generales, pero reales y concretos, que evidencian la extrema gravedad del problema que analizamos. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, hay 1.000 millones de menores entre los 2 y los 17 años que son víctimas de abusos físicos, sexuales, emocionales o de abandonos[1]. Según el informe Estado global sobre la prevención de la violencia contra los niños 2020[2], de estos 1.000 millones, 300 tienen entre 2 y 4 años. Refiriendo que cada año mueren por homicidio 40.150 personas (hombres y mujeres) menores de 18 años. Bastantes de ellos como consecuencia de previos o sistemáticos malos tratos. Avala este informe que casi 3 de cada 4 niños de entre 2 y 4 años sufren con regularidad castigos corporales y violencia psicológica de la mano de sus padres, familiares o cuidadores; así como que una de cada 5 mujeres menores de 18 años y uno de cada 13 hombres en esa misma franja de edad declaran haber sido objeto de abusos sexuales en la infancia. Tratándose, se dice, de una estadística que claramente subestima la verdadera magnitud del problema, dado que una importante proporción de las muertes debidas al maltrato infantil es atribuida erróneamente (por negligencia o de modo consciente) a caídas, accidentes, ahorcamientos u otras causas aparentemente no derivadas de maltrato.

Los conflictos armados y los asentamientos de refugiados derivados de las guerras son muy proclives a que las niñas que allí perviven estén especialmente expuestas a la violencia en sus múltiples vertientes, a la explotación y sobre todo a los abusos sexuales y mutilaciones genitales por parte de combatientes, cuidadores oficiales, fuerzas militares y de seguridad, miembros de las mismas comunidades donde residen o trabajadores y voluntarios de las organizaciones de atención humanitaria.

En España, según figura en el sistema de Registro Unificado de Maltrato Infantil (RUMI)[3], en 2021 hubo 21.521 casos de maltrato (10.473 niñas y 11.048 niños).  El 70,7% de las víctimas fueron españoles; más del 50% adolescentes entre los 11 y los 17 años y el 32% contaba con una edad entre los 11 y los 14 años. La violencia que se inflige a los más pequeños (entre los 0 y los 6 años) es la más difícil de detectar.

La negligencia supuso el 42,75% de las notificaciones recibidas por el RUMI, constatándose 2.940 casos de maltratos físicos sobre niñas (en menor medida que en los varones: 2.717), 1.847 notificaciones de abusos sexuales a niñas y 1.359 a niños. Y se consignó un 3,02% de menores maltratados con discapacidades, tanto físicas, sensoriales, como psíquicas, si bien no se dispone de información para confirmar si es que efectivamente existe una limitada representatividad u obedece a las dificultades de detección y consecuente denuncia ante las autoridades.

Respecto a los niños, niñas y adolescentes huérfanos por violencia de género, el Ministerio de Igualdad consignó en 2020: 26 casos. Para ese mismo año el Instituto Nacional de Estadística recogió que 62 personas menores de 20 años se suicidaron y 17 fueron asesinadas. Además, uno de cada 3 pequeños valoró que podría ser víctima de acoso escolar (según UNICEF España, la tasa de victimización por acoso asciende al 33,6%).

Por otra parte, según el informe Trata y explotación de seres humanos en España. Balance estadístico 2018-2022 del Ministerio del Interior, en 2022 : 10 menores fueron víctimas de explotación sexual (4 niñas) y 6, empleados para criminalidad forzada y explotación laboral[4].

Para la Organización Mundial de la Salud, aquellos que tienen 4 o más episodios de este cariz durante su infancia tienen 7 veces más de probabilidades de ser víctimas o reproducir estos comportamientos lesivos en la adultez y 30 veces más de suicidarse. Los que son objeto de abusos sexuales en estas tempranas edades, tienen 14 veces más de probabilidades de hacerlo con sus parejas en la adultez y 16 veces más de probabilidades de ser de nuevo “carne” de abusos. Por último, los menores que sufren acoso escolar tienen 13 veces menos de probabilidades de graduarse que los que no los experimentaron.

Todo ello es evidente que resulta extraordinariamente grave. Y no sólo en el momento más o menos fugaz o prolongado en que ese maltrato se consuma, sino, y sobre todo, por los efectos, a veces muy largos y hasta vitalicios e insuperables, que ese maltrato deja en quien lo sufre.

El maltrato infantil, múltiple y heterogéneo, como hemos visto, conlleva también muy a menudo daños estrictamente físicos. Existiendo evidentes e irrefutables casos de trastornos craneoencefálicos, graves discapacidades físicas, sobre todo en los niños más pequeños, estrés postraumático, ansiedad persistente y anquilosante, depresión e infecciones de transmisión sexual (ITS), incluida la infección por el VIH. A lo que hay que añadir, en el caso de las chicas, que pueden sufrir, y se les ocasionan con frecuencia, trastornos ginecológicos y embarazos no deseados.

En otro ámbito, es claro y no controvertido que, además de cuanto hemos expuesto ahora, el maltrato infantil puede llegar a mermar considerablemente el rendimiento cognitivo y académico, guardando una muy estrecha relación con el abuso del alcohol, uso indebido de drogas prohibidas y tabaquismo, que a su vez se convierten en factores de riesgo de enfermedades no transmisibles, como las dolencias cardiovasculares o el cáncer. No cabiendo duda del efecto multifactorial desencadenante del maltrato infantil sobre el amplio desarrollo de la persona en casi todos los sentidos. Pues a cuanto antecede no podemos dejar de añadir y referirnos a que ese maltrato es causa casi ineludible de estrés, asociado a su vez con alteraciones, a veces graves, del desarrollo temprano del cerebro. Cualquier neurólogo avalaría aquí nuestra opinión acerca de que ese maltrato infantil puede en múltiples ocasiones ir aparejado de alteraciones neurológicas e inmunitarias. En condiciones de estrés extremo o significativo (perdurable o enquistado), el desarrollo de los sistemas nervioso e inmunológico puede verse perjudicado; por lo que un adulto que haya sufrido maltrato en su infancia presenta un mayor riesgo de sufrir problemas físicos y psicológicos, tales como actos de violencia (como autor o como víctima), depresión, tabaquismo, obesidad, comportamientos sexuales de alto riesgo, embarazos no deseados, consumo nocivo de alcohol y drogas…

La Declaración de los Derechos del Niño[5], aprobada en 1959, dice en el Preámbulo que “… la humanidad debe al niño lo mejor que puede darle”. Pero a pesar de lo antedicho estos son objeto, como hemos detallado, de violencia y malos tratos en sus familias, escuelas, comunidades…

Desde aquella fecha hasta nuestros días se ha avanzado notablemente en la prevención de esta patología social para responder a las diversas modalidades de malos tratos y de violencia contra los más pequeños y los adolescentes. Los Estados han ratificado acuerdos internacionales para protegerlos y asegurar sus derechos y muchos países han reformado leyes y promovido planes de acción nacionales. Recientemente, en la meta 16.2 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible se propone : “poner fin al maltrato, la explotación, la trata y todas las formas de violencia y tortura contra los niños”.  Sin embargo, una de las mayores dificultades para enfrentar esta vergüenza como humanidad es que las leyes se apliquen efectivamente, pues, aunque un 88% de los países disponen de ordenanzas que protegen a los menores, tan sólo un 47% admite que las cumple adecuadamente.

Ante tan cruel escenario, la Organización Mundial de la Salud promovió en 2016 siete estrategias para poner fin a la violencia contra los niños y las niñas: 1.ª Implementar y vigilar el cumplimiento de las leyes. 2.ª Producir cambios en las normas y valores de acuerdo con los cambios y necesidades que surjan. 3.ª Garantizar la seguridad de los pequeños. 4.ª Asegurar que sus padres, madres y cuidadores reciben apoyos. 5.ª Promover el fortalecimiento económico de sus comunidades y familias. 6.ª Dar respuesta de los servicios de atención y apoyo dispuestos para atender sus demandas y, 7.ª Facilitar su educación, potenciándoles en sus aptitudes para la vida.

En España, en 2021, se aprobó la Ley Orgánica 8/2021, de 4 de junio, de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia frente a la Violencia (LOPIVI). Ley que procura garantizar los derechos de los niños, las niñas y los adolescentes frente a cualquier modalidad de violencia. Conllevando medidas de protección integrales hacia los mismos, que van desde la detección de los casos concretos, hasta su atención y recuperación, puesta la mirada en permitirles disfrutar de una infancia y adolescencia felices.

Esta estrategia legislativa incluye los años 2023-2030 y cuenta con cinco áreas básicas de actuación: “1.ª Conocimiento de la realidad de la violencia contra la infancia. 2.ª Cultura del buen trato y tolerancia cero a la violencia. 3.ª Entornos seguros. 4.ª Atención especializada y multidisciplinar y, 5.ª Abordaje multidisciplinar, coordinado y eficaz de la violencia”[6].

Todo ello, con la finalidad de erradicar, o disminuir al menos, dramáticas situaciones como las denunciadas en estas líneas:

a.- Que unos 300 millones de niños sufran actualmente castigos corporales o violencia psicológica de la mano de sus padres, familiares o cuidadores. Niños de entre 2 y 4 años.

b.- Que una de cada 5 mujeres y uno de cada 13 hombres estén padeciendo abusos sexuales entre los cero y los 17 años.

c.- Que 120 millones de niñas y mujeres jóvenes, menores de 20 años, estén sufriendo alguna forma de relación sexual forzada.

d.- Que el maltrato infantil, en general, esté causando, entre otras cosas, problemas de salud física y mental, que a veces duran de por vida, sin olvidar que sus consecuencias sociales y laborales pueden, a la larga, ralentizar el desarrollo económico y social de los países.

e.- Evitar que con frecuencia el maltrato quede oculto, pues sólo una parte de los niños maltratados recibe en algún momento el apoyo de los profesionales de la salud, aflorando su problema.

f.- Impedir, añadidamente, que un niño maltratado pueda en el futuro convertirse en un maltratador de otros, con mecanismos para evitar que la violencia se transmita de generación en generación. Siendo crucial por ello romper ese ciclo violento. Y

g.- Establecer una prevención eficaz para apoyar a los padres y formarlos en la crianza de los hijos, recomendando a los legisladores nacionales la derogación de las leyes sobre castigos físicos y velando en general por la erradicación de la violencia infantil.

Finalizamos esta reflexión con la Recomendación 4 del Informe de las Naciones Unidas sobre violencia contra los niños, niñas y adolescentes, de octubre de 2006, que dice así:

“Recomiendo que los Estados y la sociedad civil procuren transformar las actitudes que aceptan o consideran normal la violencia contra los niños, niñas y adolescentes, incluidos los papeles de género estereotipados y la discriminación, la aceptación de los castigos corporales y las prácticas tradicionales dañinas. Los Estados deberían garantizar la difusión y comprensión de los derechos de los niños, inclusive por parte de los niños. Se deberían utilizar campañas de información para sensibilizar al público sobre los efectos dañinos que tiene la violencia en los niños. Los Estados deberían alentar a los medios de difusión a promover valores no violentos y aplicar directrices para garantizar un pleno respeto de los derechos de los niños en toda cobertura informativa”[7].

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[1] Véase, https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/violence-against-children

[2] Véase, https://news.un.org/es/story/2020/06/1476222

[3] https://www.mdsocialesa2030.gob.es/derechos-sociales/docs/EstrategiaErradicacionViolenciaContraInfancia.pdf

[4] Véase, https://www.interior.gob.es/opencms/export/sites/default/.galleries/galeria-de-prensa/documentos-y-multimedia/balances-e-informes/2022/BALANCE-ESTADISTICO-2018-2022.pdf

[5] Véase, https://www.observatoriodelainfancia.es/ficherosoia/documentos/33_d_DeclaracionDerechosNino.pdf

[6] Véase, https://www.mdsocialesa2030.gob.es/derechos-sociales/docs/EstrategiaErradicacionViolenciaContraInfancia.pdf

[7] Véase, https://violenceagainstchildren.un.org/sites/violenceagainstchildren.un.org/files/document_files/world_report_on_violence_against_children_sp.pdf