Ese fue el grito de muchos españoles en 1814, cuando Fernando VII daba el golpe de estado que abolía la Constitución elaborada por las Cortes de Cádiz en 1812. Dicha constitución establecía que la soberanía residía en el pueblo, y aunque reservaba un cierto papel al Rey, su aplicación hubiera supuesto el fin de la monarquía absoluta, según la cual la soberanía residía en el Rey, y este a su vez la recibía directamente de Dios.

Fernando VII, y su padre Carlos IV, traicionaron al pueblo español, dejándolo sin gobierno tras la invasión napoleónica y su posterior huida a Bayona, y abdicando la corona en un hermano del Emperador. El pueblo tuvo que auto-organizarse y combatir por su cuenta a los franceses durante largos años hasta conseguir expulsarlos. Se dotaron de unas Cortes y elaboraron una constitución. Y en lugar de reaccionar contra el Rey a la vuelta de su exilio voluntario, le recibieron con las muestras de alegría y de sumisión indicadas.

¿Por qué el pueblo apoya con tanta frecuencia a aquellos que le quitan sus libertades y sus derechos? Es un fenómeno que merecería algún estudio psicológico o sociológico. Lo hemos visto hace muy poco con la elección del Presidente de los Estados Unidos. Un perfecto fascista, que no cree en la democracia, que intenta doblegar a sus contrapesos imprescindibles como son los jueces y la prensa, que humilla a las mujeres, y que fomenta el odio, el racismo y la xenofobia, ha sido votado por casi la mitad de los electores de su país.

En la virulenta lucha por el poder que hemos presenciado en Podemos, se dirimía no solo el liderazgo, sino sobre todo la forma de ejercerlo. En los documentos presentados por Pablo Iglesias, se dotaba al líder de todos los poderes (consultar a las bases cuando lo estimara oportuno, destituir a cargos electos, etc.), mientras que en los de la corriente de Íñigo Errejón, dichos poderes estaban moderados por los órganos del partido. Los respectivos documentos políticos también diferían en la política de pactos. Para el primero, Podemos está en una orilla (en la buena) y el resto de los partidos está en la otra (en la mala). Es la vieja teoría de las dos orillas que ya practicó aquel preclaro líder de la izquierda que fue Julio Anguita, y que tuvo como consecuencia llevar a Izquierda Unida a la irrelevancia que hoy tiene. En los documentos de Errejón, en cambio, se admitía que solo pactando con la otra parte de la izquierda (el PSOE) se podría desalojar a la derecha del poder. También abogaban por una mayor apertura hacia las capas sociales que hoy no se ven representadas en Podemos. Pues bien, los inscritos en ese partido han decidido darle todo el poder precisamente a quien no está dispuesto a compartirlo con nadie, al menos plural, al más autoritario. ¿Es realmente eso lo que más le conviene al partido? ¿No es también ese el camino hacia su futura irrelevancia?

Otro ejemplo, proveniente en este caso del ámbito universitario, lo tenemos en la elección del nuevo Rector de la Universidad Rey Juan Carlos. A pesar de saber fehacientemente que el anterior Rector es un descarado ladrón de ideas y de textos ajenos, a pesar de que es indigno de llamarse siquiera profesor universitario, los estamentos de esa universidad, exceptuando a los alumnos, han votado mayoritariamente al candidato continuista, al que apoyaba el dimitido Rector, cuando tenían a su disposición una alternativa que representaba la ruptura con ese pasado. De nuevo, los electores han preferido al que les roba la dignidad y los derechos, frente a quien se los podía restituir.

Y tenemos finalmente el caso del Partido Popular. Sin entrar en el tema de la corrupción, que por sí solo debería ser suficiente para alejar a muchos electores de ese partido, es obvio que objetivamente el PP no representa los intereses de la mayoría de sus votantes. Sus políticas están en contra de los servicios públicos, erosionan los derechos de los trabajadores, y sus decisiones fiscales benefician a los más pudientes. Es entendible que aquellos que ganan lo suficiente para pagarse su sanidad, la educación de sus hijos y sus pensiones, estén interesados en votar a ese partido, ya que les promete continuamente bajar los impuestos. Pero, ¿hay en España 7 millones de personas en esas circunstancias? Es claro que no. Luego al PP le votan sistemáticamente muchas personas de las clases medias y populares que dependen del Estado del Bienestar para vivir. ¿Por qué lo hacen, si claramente no les convienen sus políticas?

Los ilustrados del siglo XVIII trataron de introducir la razón en la política, frente a otros atributos humanos menos controlables como la fe religiosa y el apego a la tradición. Razonaron sobre la soberanía del pueblo, sobre los derechos humanos, sobre la igualdad, sobre la necesidad de controlar al poder, y sobre muchas más cosas que hoy están en la base de nuestras democracias. Pero no previeron que el pueblo también se podría equivocar al elegir a sus dirigentes, y que no siempre se guiaría por la razón. Otras pulsiones deben pues explicar su voto, para poder entender ejemplos como los mencionados en este artículo. ¿Cuáles podrían ser esas pulsiones?

La sociología y la psicología no son mi especialidad, pero creo vislumbrar que emociones humanas como la rabia, la frustración, el miedo y el odio, y también la fe religiosa y el apego a la tradición, continúan jugando un papel relevante a la hora de guiar el voto de muchas personas. A veces se usa este como un medio para expresar un estado de ánimo. Recuerdo aquella vez que Herri Batasuna se presentó en toda España a unas elecciones europeas y cosechó cientos de miles de votos fuera del País Vasco. O cuando lo hizo el empresario corrupto Ruiz Mateos. ¿Por qué les votaron tantas personas? Probablemente porque eso era lo que más daño hacía a la democracia en aquel momento, y esa rabia era la que esos votantes deseaban poner de manifiesto.

La izquierda tiene que hacer un mejor trabajo para detectar estos estados de ánimo y para tratar de conseguir que la racionalidad presida la política. Los políticos que manipulan las emociones humanas son muy hábiles con el lenguaje, e introducen eslóganes como “el derecho a decidir”, o “la casta frente a la gente”, o “queremos que América vuelva a ser grande”, que van directamente al estómago y al corazón de los votantes sin pasar por su cerebro. Los que creemos que la razón es la única guía segura para organizar la convivencia humana tendremos sin duda que esforzarnos un poco más.