La violencia de género no cesa. Es una lacra que sigue matando a las mujeres por el hecho de ser mujeres, cuya solución no se vislumbra fácil, pues la potestad patriarcal impera en todos los resquicios de la sociedad, sin que a veces seamos conscientes de cómo combatirla.

En nuestro haber, contamos con legislación, visibilización del problema gracias al compromiso de los medios de comunicación, y concienciación de una gran parte de la población. Pero como vemos no es suficiente.

En nuestra contra, aparecen nuevos elementos que nos hacen retroceder. La crisis económica ha sido un elemento crucial, que ha generado amargura en las familias, frustración, falta de oportunidades para la mujer, dificultad para el empoderamiento, desigualdad social creciente, recortes en el sistema básico del Estado de bienestar, siendo de nuevo la mujer la “sustituta gratuita” del trabajo social y de cuidados, y un aumento de la pobreza que afecta cada vez más a la infancia.

El segundo elemento sigue siendo la capacidad social de la mujer para ser “aceptada” con todas las mismas oportunidades que el varón: no hay compatibilidad de lo personal y lo laboral, porque la maternidad sigue considerándose una carga económica que perjudica al negocio y a la economía, en vez de considerarse como lo que realmente es: el futuro del ser humano; el “techo de cristal” solo se resquebraja sin que se produzcan grietas, apareciendo mujeres como cuentagotas en los puestos de representación (da igual si hablamos de la empresa, la cultura, la ciencia, la universidad, el sindicato, … ); siguen existiendo diferencias salariales, contratos precarios, mujeres “becarias”, y el llamado “oleoducto con fugas” que se produce cuando la mujer, después de adquirir su formación, ha de “optar” por detener su actividad profesional y retirarse al ámbito privado.

El tercer elemento, en mi opinión, francamente preocupante, es la involución de valores culturales que se está produciendo en las sociedades avanzadas. Ya no me refiero tan solo al peligrosísimo radicalismo del Islam, el cual está avanzando más de lo que nos parece, sino que me sumo a las reflexiones de Almudena Grandes cuando se posiciona contra el uso del velo, no por motivos religiosos, sino porque llevar “la cabeza cubierta ha sido tradicionalmente un símbolo de dominación y sometimiento machista en las dos riberas del Mediterráneo”, da igual si la obligación es un velo o un sombrero.

En esa involución de valores aparece la imagen triunfadora del misógino, machista, homófobo, racista de Donald Trump. No solo por lo que él representa, sino por lo que representa “ella”, su mujer, la mujer de Donald Trump. Los estereotipos y las imágenes que se muestran son importantes. Y, frente a Michelle Obama aparece la mujer de Donald Trump (así, sin nombre propio, porque no lo ejerce ni le interesa hacerlo).

Eso da alas y fortaleza a los ultraconservadores de cualquier rincón que se atreven a sacar un autobús “del odio”, para enseñarnos dónde debemos ubicarnos cada uno de nosotros y nosotras, “sin confusiones”, ¡por Dios!, no sea que acabemos sin saber lo que es una manzana y una pera.

Hace 35 años comencé mi compromiso político en el socialismo, y a través de él, llegué al feminismo, compartiendo complicidades con las mujeres socialistas, progresistas, y de izquierdas para defender medidas, leyes y acciones.

Hoy, no puedo reencontrar al socialismo sin el feminismo.

No hay oportunidad de cambiar los valores sociales y culturales del neoliberalismo, [el que ha traído esta crisis que no cesa, el que genera una sociedad de miedo y desconcierto, el que fomenta la exclusión y la discriminación, el que ha situado la economía por encima de la supervivencia de las personas], sin modificar los roles sociales, sin hablar de soluciones bajo otro punto de vista, sin entender que no se trata de “dejar espacio” a las mujeres, sino que hemos de “revolucionar” la socialdemocracia de nuevo.

Ese neoliberalismo cultural y político es el que, durante las últimas décadas, se empeñó con uñas y dientes en desacreditar al feminismo, a la labor realizada por tantas mujeres para conseguir igualdad de oportunidades y visibilidad social. Comenzó a circular el mensaje de que “el feminismo ya estaba superado”, “que no hacía falta ser feminista”, “que era una posición radical”. Porque el miedo se apoderaba del sistema, al ver que la “revolución de la mujer” iba en serio.

Hoy, hemos de hablar de medio ambiente, de la crisis del planeta, de los derechos de los pueblos, de los derechos individuales por encima de cualquier rezo o filosofía, de una economía al servicio de la gente, de la política como actividad práctica de la sabiduría, de una educación para la convivencia, ….. y no podemos hacerlo como los anteriores veinte siglos, bajo el prisma patriarcal, corrigiendo medidas para que “nosotras” tengamos un trocito de justicia, para evitar que las reglas de juego no salten por los aires, para hacer la política del “gatopardo” y que todo cambie para que todo quede igual.

Los problemas de la mujer no son hoy un apartado más de una ponencia o de un programa. Son el problema. Son la base de lo que nos está pasando. Son la forma de entender una sociedad. Son la cultura del neoconservadurismo.

Sinceramente, hoy ya no creo que pueda entender una socialdemocracia sin el feminismo. Hoy debo invertir los términos. Llegaremos a defender una buena socialdemocracia, cuando entendamos el abc del feminismo.