Decía José Saramago que “hay que recuperar, mantener y transmitir la memoria histórica, porque se empieza por el olvido y se termina en la indiferencia”. No escribió esta frase pensando en Albert Rivera, porque este político desconcertado (por adjetivarlo con elegancia) no ha merecido todavía que alguien como Saramago le dedique una sola palabra. Pero seguramente la escribió pensando en muchos otros que, como Rivera, serían capaces de repetir la historia por ignorancia, indiferencia o estupidez.

Dice Albert Rivera, con prepotencia (los más necios suelen hablar con mayor contundencia y simplismo), que no le interesa nada “los huesos” de Franco, porque “él nació en democracia”. Y ahí es donde ya me deja pasmada.

Justamente un político nacido en democracia debería tener la responsabilidad de saber lo que vale, lo que cuesta tenerla, cuánto  sufrimiento de veinte siglos ha costado para conseguir un Estado de Derecho. Y, en el caso de España, la democracia se ha creado sobre “los huesos” de mucha gente honesta, decente y demócrata.

Lo dice además alguien que ha cursado la carrera de Derecho, que seguramente le enseñarían el origen y evolución de los pensamientos que ha ido conformando la jurisprudencia que hoy nos regula.

¿Acaso somos seres ahistóricos? ¿Acaso la humanidad nace y muere en cada persona? ¿Acaso no somos lo que somos por todo lo vivido?

Rivera, con su demagogia habitual que le está conduciendo al naufragio, ha eliminado de un plumazo la importancia de la Memoria, como elemento distintivo del ser humano. Sin historia somos náufragos (como el propio Rivera), sin memoria somos ignorantes (como el propio Rivera), sin conocer nuestro pasado y de dónde venimos, resulta imposible construir un futuro sólido y estable (como le ocurre al propio Rivera). Sin recordar, somos capaces de cometer los mismos errores de antaño, y eso es lo que está haciendo el propio Rivera, cuando, de forma frívola, gobierna con Vox, pone líneas rojas al PSOE, y ruge contra todo aquel que no piensa como él.

Nacer en democracia no es ninguna cualificación. Es una bendición que, por cierto, no la ha conseguido Albert Rivera, sino todos aquellos que le precedieron.

Sin memoria, no hay historia, ni respeto, ni aprendizaje, ni tampoco reconciliación y perdón.

El problema de un político que presume de ser “eternamente joven” no es lo que ignora (puesto que todos debemos aplicarnos el “solo sé que no sé nada”), es la soberbia de creer que todo lo sabe o sabe suficiente.

¿Alguien como Albert Rivera está preparado para gobernar España? Creo que él mismo contestó esta pregunta con sus últimas declaraciones.