Cuando la minoría más poderosa económicamente se siente desvinculada del contrato social y del resto de la sociedad, y solo la utiliza para su propio beneficio individual y para proteger sus privilegios, hay un periodo de anestesia social, donde se sufren e incrementan las desigualdades, sin ningún tipo de respuesta o con una respuesta minoritaria.

Pero llega un momento, al cual nos estamos acercando, que de no ser corregida la insoportable desigualdad que padecen cada vez más ciudadanos, la ruptura del sistema es inevitable. Y con ella, el conflicto social, y quien sabe si el fin del mundo de privilegios en los que esta minoría ha vivido las últimas décadas. ¿Porqué? Porque si estas elites no respetan la parte del contrato social que les vincula, la mayoría, que solo quiere vivir dignamente, puede decidir que ellos tampoco se sienten vinculados. Con lo cual, el desastre está servido.

Esta realidad es vista por todo el mundo. El 1 por ciento más rico de la población, fundamentalmente hombres, posee más del doble de riqueza que 6.900 millones de personas. Los 22 hombres más ricos del mundo tienen más riqueza que todas las mujeres de África. Y mientras, aproximadamente 735 millones de personas siguen viviendo en la pobreza extrema.

En la nueva era tecnológica en la que vivimos, la información fluye rápidamente, y miles de millones de personas, que sufren penurias y ven cómo viven en la opulencia unos pocos, se preguntan ¿Cómo es posible que desde el año 2009 hasta hoy se haya multiplicado por 2,6 el número de mil millonarios, de 793 a 2095? ¿Cómo es posible que hayan multiplicado por 3,3 sus riquezas, pasando de 2,4 billones de dólares a 8 billones? Y quieren no solo respuestas y declaraciones institucionales, sino hechos que mejoren su bienestar diario.

Desde hace varios años, ha crecido la preocupación entre las elites económicas y políticas a cerca de las graves consecuencias, que están provocando el incremento exponencial de la desigualdad y la exclusión en el mundo. Pero se necesitan cambios ya. Hace falta ir dando los pasos, a nivel global, nacional y local para corregir la desigualdad.

Aunque muchos se oponen, cada vez más voces demandan reducir la desigualdad para generar oportunidades. Y aquí, hay que destacar el cambio de rumbo que empieza a tener, por ejemplo, el FMI, donde su directora gerente, Kristalina Georgieva, manifestaba recientemente que:

“En la última década, la desigualdad se ha convertido en uno de los problemas más complejos y desconcertantes de la economía mundial. Lo bueno es que contamos con las herramientas para abordar estos problemas, siempre y cuando tengamos la voluntad para hacerlo. Ejecutar estas reformas es difícil desde el punto de vista político, pero los réditos en materia de crecimiento y productividad valen la pena.

Para abordar la desigualdad es necesario replantear el problema. Antes que nada, en lo que se refiere a políticas fiscales y tributación progresiva. La progresividad de los impuestos es un aspecto fundamental de una política fiscal eficaz. Nuestras investigaciones muestran que en el segmento superior de la distribución del ingreso es posible elevar las tasas marginales de impuesto sin sacrificar el crecimiento económico…

En segundo lugar, las políticas de gasto social revisten cada vez mayor importancia a la hora de combatir la desigualdad. Cuando están bien concebidas, pueden ser fundamentales para mitigar la desigualdad del ingreso y sus efectos negativos en la desigualdad de oportunidades y la cohesión social.”.

O Bill Gates, cuando a principios de este año volvía a pedir más impuestos para los millonarios: «Los ricos deberían pagar más de lo que pagan actualmente, y eso nos incluye a Melinda y a mí” Los impuestos deben utilizarse para «construir un mundo más saludable y equitativo para todos»

Ya lo he repetido en otras ocasiones. El ritmo de acumulación de la riqueza al que se ha llegado era inimaginable hasta hace relativamente poco tiempo. Y sus consecuencias, son tan destructivas para la sociedad, que de no corregirse pueden acabar no solo con el crecimiento económico sino con la propia democracia como sistema político. Porque hay que tener presente que la democracia es un camino hacia la igualdad, y si éste se destruye también se acabará con la democracia.

Antes del COVID-19 y ahora mucho más, resulta urgente cambiar las prioridades sobre las que se asienta el modelo económico de las últimas cuatro décadas, y poner la dignidad de las personas y su bienestar en el centro de las decisiones, junto con la conservación del planeta.

Si como se dice, se pretende promover niveles de vida más elevados, trabajo decente, y condiciones de progreso y desarrollo económico y social, es preciso combatir las prácticas de evasión y elusión de impuestos que realizan las grandes fortunas para aumentar su riqueza. Es preciso, poner fin a la carrera por bajar los impuestos sobre los beneficios empresariales. Es preciso, un acuerdo internacional para evitar la competencia desleal impositiva entre países.

En definitiva, es preciso reducir la desigualdad para generar oportunidades.

 

Fotografía: Carmen Barrios