Parecía que no llegaría nunca, pero esta semana se termina la angustia, pues el domingo es el día del referéndum.

¿O no acabaremos con ello la incertidumbre?

Sea lo que sea, y pase lo que pase el 1-0, las cabezas ya están pensando en el día siguiente, porque, en realidad, será difícil que alguien gane con lo que ocurra en ese simulacro.

Llegamos al 1-0 con un Gobierno central que cree “sacar pecho” con la unidad de España, pero que no se equivoque, porque eso no significa aceptar a Rajoy y su política nefasta que, como muchos dicen, ha sido una parte causante de este incendio; tenemos el parlamento catalán tomado por el independentismo, mientras los catalanes, con la emoción y los ánimos a flor de piel, se debaten entre qué hacer el próximo domingo (ir o no a votar); y lamentablemente ocurre lo peor que podría pasar y es que las redes y las calles se llenan de gente exaltada (da igual de cualquier bando) que chillan “fascistas” a quienes han sido valientes demócratas mucho antes de que estos críos nacieran, y otros gritan “a por ellos, oe, oe” como si se tratara de una competición, por calificarlo suavemente.

Pero no habrá referéndum ni legal ni legítimo. Porque no todo el pueblo catalán lo acepta e irá a votar, y porque la mitad del parlamento legítimo está en contra de tal decisión.

Lo que se producirá es un simulacro que no servirá para declarar de forma unilateral la independencia. Y aquí es donde se produce el cambio de escenario.

Resulta significativo el tímido comentario de “apertura de diálogo” que se produce por parte del PDCat, sin que sus socios de gobierno lo supieran.

Creo que a ellos les ha salido la estrategia redonda. Han resistido hasta el final, han sido los promotores del referéndum, han construido su nuevo discurso político en torno al independentismo, lo que ha hecho que el pueblo catalán se olvidara (o minimizara) la oscura trayectoria de la antigua Convergencia. No ha habido ningún debate tóxico que pudiera ensuciarles en esta nueva etapa, que se han erigido en “salvadores” de la patria. Eso sí, el trabajo de “agitación y propaganda”, el mensajero útil que ha servido para inflar a las masas, para convertirse en los enloquecidos de este proceso, son los socios de la CUP.

Pero, ¿puede seguir adelante el PDCat con la CUP como aliados para realizar una independencia unilateral, y después intentar formar un nuevo gobierno catalán con estos protagonistas?

Aquí es donde creo que la CUP se equivocó pensando que todo independentista caía rendido ante sus pies.

El día 2-0 parece que se abrirá un nuevo escenario. Se insinúa que habrá diálogo. Probablemente porque el PDCat ha conseguido exactamente lo que quería: llevar contra las cuerdas a España para conseguir votar (aunque no sea legal y suponga un fraude democrático incluso para los propios catalanes), ha conseguido reorganizarse en torno a un discurso único del que ahora el Estado español ya no puede mirar hacia otro lado, y para sentarse en la mesa de la negociación ya no necesita a “unos radicales”.

PDCat suelta el lastre de la CUP.