En Octubre de 2016, Christine Lagarte, directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI) declaró que “el crecimiento solo ha beneficiado a unos pocos… La globalización debe ser diferente, no puede ser ese impulso por el comercio como hemos visto históricamente, debe tenerse en cuenta la inclusión, la determinación de que funcione para todos, debe prestarse atención a aquellos en riesgo de quedarse atrás”. Bonitas palabras, que contrastan con el fracaso social, político y económico que supone que haya miles de millones de personas en la miseria, mientras se intensifica una tendencia de acumulación de la riqueza en muy pocas personas.

Por primera vez, en la lista anual de Forbes de mil millonarios hay más de dos mil integrantes. Concretamente, 2043 personas que acumulan una riqueza de 7,67 billones de dólares, la mayor jamás conocida. Ante semejantes datos, cobran gran relevancia las palabras de Warren Buffett, que este año asciende a la segunda posición en la lista de milmillonarios, cuando afirmó que “hay una guerra de clases, es cierto; pero es mi clase, la clase de los ricos, la que la libra, y la estamos ganando”.

Es cierto que empieza a existir cierta preocupación entre las elites económicas y políticas a cerca de las graves consecuencias que están provocando el incremento exponencial de la desigualdad y la exclusión en el mundo. Pero, la cuestión es saber si es una preocupación real, que llevará aparejada la corrección de las desigualdades, o es una mera pose dialéctica que surge no del desvelo por el sufrimiento de la gente, sino del temor que pueden tener al incremento de posiciones políticas populistas en muchos países.

El ritmo de acumulación de la riqueza en pocas manos, al que se ha llegado, era inimaginable hasta hace relativamente poco tiempo. Y sus consecuencias, son tan destructivas para la sociedad, que de no corregirse pueden acabar no solo con el crecimiento económico sino con la propia democracia como sistema político. Porque hay que tener presente que la democracia es un camino hacia la igualdad, y si éste se destruye también se acabará con la democracia.

En este momento de la historia de la humanidad, donde la información fluye rápidamente, miles de millones de personas, que sufren penurias, se preguntan ¿cómo es posible que desde el año 2009 hasta hoy se haya multiplicado por 2,6 el número de mil millonarios, de 793 a 2043? ¿Cómo es posible que hayan multiplicado por más de tres sus riquezas, pasando de  2,4 billones de dólares a 7,64 billones? Y quieren no solo respuestas y declaraciones institucionales, sino hechos que mejoren su bienestar diario.

Ha llegado el momento de cambiar las prioridades sobre las que se asienta el modelo económico de las últimas cuatro décadas. Y hacer real los deseos nunca satisfechos de Naciones Unidas con acciones concretas, presupuestos y evaluación. Si como se dice, estamos en la determinación de cambiar y promover niveles de vida más elevados, trabajo permanente para todos, y condiciones de progreso y desarrollo económico y social, es preciso combatir las prácticas de evasión y elusión de impuestos que realizan las grandes fortunas para aumentar su riqueza. Es preciso poner fin a la carrera por bajar los impuestos sobre los beneficios empresariales. Es preciso un acuerdo internacional para evitar la competencia desleal impositiva entre países. Y al mismo tiempo, poner la dignidad de las personas y su bienestar en el centro de las decisiones.