Ha comenzado el año 2018, y todas las formaciones políticas están ya preparando, elaborando y planificando lo que será una larga campaña electoral, con la celebración de las elecciones europeas, autonómicas y municipales en 2019. Todo ello, con la vista en el retrovisor, por si hay que ir a las urnas de nuevo en Cataluña o si se adelantan las elecciones generales.

En un panorama con tantas incertidumbres, una cuestión electoral parece evidente. La fragmentación electoral seguirá presente en nuestro país. Y dependiendo del grado de la misma, se verá afectada o no la gobernabilidad de algunas instituciones, especialmente los ayuntamientos.

Junto a lo anterior, una pregunta está en el aire, ¿a quién favorecerá o castigará esta fragmentación? Viendo la situación política actual, se puede señalar que se va a afianzar el cambio que se ha venido produciendo en la sociedad española en los últimos años, y que supuso la pérdida de la hegemonía política e institucional que el PP había tenido en las últimas décadas en algunas comunidades autónomas y ayuntamientos.

Esta disminución de los apoyos al PP ha tenido su último resultado en Cataluña, donde se ha convertido en un partido residual. La consecuencia, es una formación política a la defensiva. Con un presidente del Gobierno y del partido con la más baja aceptación de los ciudadanos españoles.

Dos ejemplos. El primero es que a un 78,2 por ciento de la población Mariano Rajoy les inspira poca o ninguna confianza, según el Barómetro del CIS de enero de 2018. El segundo es que un 55 por ciento de los ciudadanos califican la gestión que está haciendo el Gobierno del PP como mala o muy mala.

Hay que añadir, además, que esto le sucede a un Partido Popular acosado por los escándalos de corrupción, asustado con los resultados de Ciudadanos en Cataluña y su subida en las encuestas, y sin discurso político para el presente y futuro de España, tras haber agotado el que utilizó en las últimas elecciones generales, donde se presentó a la sociedad como el único partido político capaz de sacar a España de la crisis.

Otra cuestión. que se afianzará en los próximos procesos electorales en el lado de la derecha. es que después de mucho tiempo este espacio ideológico se va a repartir entre dos formaciones políticas: PP y Ciudadanos. El resultado se verá en las urnas, pero este novedoso escenario, después de tanto tiempo, está afectando negativamente ya al conjunto de los españoles, porque tanto PP como Ciudadanos han comenzado una guerra por ser hegemónicos, que trae ya como consecuencia la paralización política de España.

En este punto, y pese a lo que dicen las encuestas, creo que el PP seguirá siendo la formación más votada de la derecha. Pero de su capacidad de reacción dependerá que Ciudadanos consiga más apoyo electoral o menos. Y, sobre todo, que se pueda llegar posteriormente a algún tipo de acuerdo entre ambas formaciones políticas para gobernar en algunas instituciones.

Por el lado de la izquierda, la fragmentación electoral ha venido siendo una tónica habitual en nuestro sistema político. Aunque este año 2018 presenta algunas novedades. La primera, es que frente a la pujanza de hace cuatro años de Podemos y sus confluencias, que incluso disputaban la hegemonía al PSOE, ahora esta formación política se encuentra en un claro descenso electoral, fruto de sus vaivenes políticos en cuestiones de estado importantes, y por las guerras internas tanto dentro de Podemos como entre Podemos y sus confluencias. La consecuencia más evidente es que Podemos se está convirtiendo en la nueva Izquierda Unida.

A pesar de ello, la incógnita fundamental es si podrán mantener los gobiernos de las grandes ciudades que consiguieron en el 2015 y si el PSOE podrá en algunas de ellas recuperar parte del apoyo electoral que perdió hace cuatro años.

En cuanto al PSOE, los próximos procesos electorales son una buena oportunidad para recuperar poder municipal y autonómico como primer paso para volver al gobierno de la nación, después de una etapa de conflictos internos que le han ido lastrando electoralmente. Y la clave estará en la cercanía y en la unidad interna.

En este sentido, el PSOE, que es la formación política que más ciudades mayores de 100.000 habitantes gobierna en España, tiene la ocasión de visualizar sus políticas en estos municipios para afianzar estos gobiernos locales, que en la mayoría de los casos están en precario por la fragmentación institucional. Pero, también, el deber de intentar recuperar sus apoyos electorales en ciudades como Madrid y Barcelona para recuperar estas alcaldías que, después de estos años de gobierno de Podemos y sus confluencias, corren el peligro de volver a tener gobiernos de derechas por la nefasta gestión realizada.

La persistencia de la fragmentación institucional no tiene porqué abocarnos a una inestabilidad institucional que afecte negativamente a los ciudadanos. Se necesitan políticos y políticas para este nuevo espacio obligado de diálogo y de responsabilidad de las distintas fuerzas políticas, ya sean más nuevas o no, para garantizar gobiernos que se encarguen de las necesidades de los ciudadanos. Del grado de responsabilidad y acuerdo dependerá el bienestar de la población, pero también el futuro castigo o apoyo hacia lo que hagan las distintas formaciones políticas con representación institucional de cara a las elecciones generales.