La incomparecencia de la ex–Diputada del Parlamento catalán Anna Gabriel ante el Magistrado instructor del Tribunal Supremo puede parecer una pequeña anécdota dentro de la categoría de la rebelión independentista catalana. Pero también merece alguna reflexión.

En primer lugar, como ocurrió hace unos días con la también ex–Diputada Mireia Boya, las CUP están rompiendo la estrategia de defensa penal de los dirigentes de la rebelión que proceden de Esquerra y del PDCat. Por cierto cálculo político, los dirigentes de Esquerra y del PDCat se han vestido de corderos, niegan efectos jurídicos a sus actos de rebelión y casi, casi, los reducen a una charla de café. Pero las CUP, por el contrario, y al socaire de que no tenían encarcelados ni fugados, adoptaron una actitud aparentemente más decidida y “honesta” que, hoy, con la escapada de Gabriel, revela su finalidad. Con la declaración de la ex–Diputada Boya pretendieron poner en un compromiso a Esquerra y al PDCat, mostrarles como tibios o traidores, emergiendo como los “puros” e incorruptibles. Táctica muy fácil porque no tienen a ningún dirigente encarcelado. Además, con esa táctica aparecen ante los catalanes como los verdaderos revolucionarios, que están dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias.

En términos políticos, el único dato a retener es que estamos ante un nuevo enfrentamiento entre los independentistas. Uno más. Hay enfrentamiento entre Esquerra y el grupo (que no partido) de Puigdemont. Hay enfrentamiento entre Puigdemont y su antiguo partido, el PDEat. La tensión subió muchos escalones cuando el día 19 la dirigente de Esquerra Marta Rovira acusó a Puigdemont por no haber detenido la celebración del pseudo-referéndum aunque sería interesante conocer lo que podría decir Puigdemont de la conducta de la Diputada Rovira en la noche del 25 al 26 de octubre pasado y de cómo ésta presionó para que el ex–Presidente no convocara elecciones. Y tras estos enfrentamientos (que tienen paralizada la política catalana), las CUP se enfrentan a todos a la vez.

Como la táctica de las CUP de enfrentamiento touts azimuts no tenía mucho recorrido, los cuperos se han sacado otro conejo de la chistera, que es la no comparecencia de la ex–Diputada Anna Gabriel ante el Magistrado Instructor. Tras la puesta en libertad, sin siquiera fianza, de Mireia Boya, la no comparecencia de Gabriel no puede ampararse en evitar la prisión. Es más bien otro paso en la escalada para diferenciarse del resto de los rebeldes independentistas. Si el conjunto de formaciones rebeldes tiene a su exiliado, Puigdemont (aunque cada vez más alejado de Esquerra), las CUP querían tener uno propio y han mandado a Anna Gabriel a Suiza después de cambiarle el look. Con ello tienen un mártir propio, no prestado, y además, como sugiere parte de la prensa, dan un paso más para internalizar la rebelión.

La consecución de un mártir siempre tiene cierta influencia propagandística, pero es difícil que compita en publicidad con Puigdemont que es el Presidente derrocado y expulsado. En cuanto a la seguridad de su regreso a España, cuando no parecía que su libertad personal estuviera en riesgo, es un acto sorprendente de entrega vital a un proyecto político irrealizable. En las historias de las revoluciones hay muchas utopías, pero forzar las cosas para hacerse la mártir que nadie persigue, denota una mente compleja que no casa con la cotidianidad gris de la democracia. La internacionalización de la rebelión que pretende, a poco que el Estado español actúe con inteligencia, la señora Gabriel no pasará de ser una turista más que disfruta del Lago Lemán. Por de pronto, es inteligente la decisión del Magistrado Llarena de no dictar orden internacional, que evita convertirla en mártir.

No obstante llama la atención el efecto alienante de la rebeldía independentista. La señora Gabriel no es una adolescente. Debe tener montada y ordenada su vida en Cataluña y marchar a Suiza, sin tener motivos penales para la fuga, parece más bien un acto de manipulación en beneficio de la propaganda independentista.