Durante los próximos 10 años, se automatizarán 50 millones de empleos en Europa. Lo que equivale a que más de 90 millones de trabajadores de toda Europa, aproximadamente el 40 por ciento de la fuerza laboral, tendrán que desarrollar nuevas habilidades dentro de sus funciones actuales, según el informe de McKinsey Global Institute, «El futuro del trabajo en Europa. Automatización, transiciones laborales y geografía cambiante del empleo».

Otras estimaciones, como las del Foro Económico Mundial en su informe sobre el futuro del empleo 2020, señalan que para 2025,85 millones son los trabajos que pueden ser desplazados por un cambio en la división del trabajo entre humanos y máquinas, mientras que 97 millones de nuevos trabajos pueden surgir en la nueva división del trabajo entre humanos, máquinas y algoritmos.

Si a lo anterior, le añadimos que el informe del Foro Económico Mundial dice que el 43 por ciento de las empresas encuestadas indican que están listas para reducir su fuerza laboral debido a la integración de tecnología, se puede afirmar que, independientemente de las cifras, lo que es evidente es el cambio acelerado hacia una nueva era tecnológica/digital en la humanidad.

Una nueva era, donde es preciso un debate público global, desde ya, para replantear el factor trabajo, ver como se hace efectivo el derecho al trabajo vigente en nuestros ordenamientos constitucionales y el pleno empleo como objetivo político, social y económico. Es momento de debatir y tomar decisiones públicas, para que no sean las grandes compañías las que continúen trazando el camino a seguir.

La automatización está suponiendo la destrucción de empleo, y pese a las creencias de que pasará lo mismo que en otras etapas como la revolución industrial, donde se destruyeron determinados puestos de trabajo para generar crecientes oportunidades en otros sectores, eso por ahora no es así.

Lo que obliga al desarrollo de un nuevo contrato social, donde lo principal sean las personas y garantizar unas condiciones dignas de vida para toda la humanidad. ¿Por qué hacerlo? Porque a lo mejor estamos ante lo que Keynes dijo en 1930. Cuando afirmó que era posible que, en un plazo de cien años, es decir, 2030, el progreso tecnológico llevara a la humanidad a resolver su problema económico, que identifica con la lucha por la subsistencia.

¿Nos encontramos en la fase de desajuste de la que hablo Keynes donde estamos siendo castigados con una nueva enfermedad llamada paro tecnológico? En sus propias palabras “esto significa desempleo debido a nuestro descubrimiento de los medios para economizar el uso del factor trabajo sobrepasando el ritmo con el que podemos encontrar nuevos empleos para el trabajo disponible”.

¿Nos encontramos ante unos incipientes cambios morales que se producirán al resolverse el problema económico de subsistencia y cuando la acumulación de riqueza ya no sea de gran importancia social?

Ya veremos, aunque lo importante y urgente es ir tomando ahora las decisiones colectivas hacia el modelo de sociedad en el que queremos vivir. Porque si no se ponen ahora las bases del tipo de cambio tecnológico que queremos, puede suponer un tsunami laboral y social que incrementará la desigualdad, la dualización social y la inestabilidad democrática.

Durante el último año, la automatización, la nube, el big data, el comercio electrónico, la inteligencia artificial han dado un paso de gigante como consecuencia de la pandemia. Junto a ello, la desigualdad se ha visto agravada, y no afecta a la población por igual. Otra vez, son más castigados los trabajadores, los jóvenes, las mujeres, las personas con menos nivel educativo.

En este contexto, el ritmo de adopción de la tecnología va a seguir incrementándose en todos los ámbitos de nuestras vidas, y especialmente en el ámbito laboral donde se están produciendo rápidas transformaciones en nuestros trabajos, en nuestras tareas y en las habilidades que se precisan para realizarlo.

Lo digo de manera más clara, se aproxima un tsunami en forma de desigualdad y brecha digital. Sí. Se está incrementando la brecha de habilidades tecnológicas en los grupos más afectados por la desigualdad y más expuestos a la automatización de sus trabajos.

Una brecha que es preciso corregir ante la rapidez de unos cambios que todavía agudiza más esta situación. ¿Cómo hacerlo? Redefiniendo completamente la formación para el empleo y la formación para la recapacitación y actualización de conocimientos y competencias de las personas que buscan empleo y de los trabajadores, como consecuencia de la automatización y los cambios en los sistemas productivos.

Si como señala McKinsey Global Institute, más de 90 millones de trabajadores de toda Europa, tendrán que desarrollar nuevas habilidades dentro de sus funciones actuales, hay que actuar ya. Porque además muchos de estos cambios deben ir acompasados de una mejora de la educación y el sistema de formación en todos los periodos vitales de los ciudadanos, incluyendo decididamente en esa formación el aprendizaje y la formación online.