Viví siete años en Barcelona durante la década de 1980 y tuve ocasión de observar de cerca la sociedad catalana. Por fortuna, en esos años el virus independentista no estaba apenas extendido, tal vez en menos de un 10% de la población. Descubrí una sociedad sobre todo laboriosa y poco dada a perder el tiempo. Comparando con algunas desafortunadas experiencias en Madrid, me sorprendió comprobar que los enfrentamientos personales nunca se llevaban hasta el extremo de poner en riesgo la eficacia del trabajo común. Las discrepancias se negociaban y eso hacía que, en general, las instituciones públicas funcionaran competentemente. También las empresas privadas mostraban signos de gran vitalidad. En aquellos años, Cataluña daba la sensación de ser una sociedad viva, culta, despierta y a la vanguardia de muchas áreas, en comparación con el resto de las regiones españolas.

Después de diez años de hegemonía independentista, el panorama actual es muy distinto: pérdida de competitividad, mayor pobreza y desigualdad, profunda división entre sus ciudadanos, parálisis de las instituciones, etc. Sólo estos datos deberían ya hacer reflexionar a los más sensatos —la inmensa mayoría de los catalanes— ante las elecciones del próximo domingo.

El independentismo es, en principio, un posicionamiento político tan respetable y defendible en democracia como cualquier otro. En mi opinión, se trata de una ideología reaccionaria, pero eso lo argumentaré más adelante. Lo que descalifica a los partidos independentistas catalanes no ha sido su ideología sino, sobre todo, su praxis antidemocrática:

  • La democracia es el imperio de la Ley y ellos la han violentado desde las propias instituciones que la democracia amparaba. De una ley —la Constitución— que también Cataluña votó en su día.
  • La democracia es respeto a la mayoría —también a las minorías— y ellos han tratado de imponer la independencia a la mayoría de su población, que no la deseaba.
  • La democracia es preservar el pluralismo de los medios de comunicación públicos y ellos han usurpado TV3 y otros medios, convirtiéndolos en correas de transmisión de su causa.
  • La democracia es defender las posiciones propias por medio de la argumentación y ellos han utilizado sistemáticamente la mentira y el insulto (“España nos roba”, “España es paro y muerte”).

Han preferido la épica a la gestión. Durante 10 años han gestionado unos presupuestos por encima de los 40.000 millones anuales, casi el mayor de todas las comunidades autónomas y, a pesar de ello, sus listas de espera en la sanidad y en la dependencia son de las mayores de España y su gasto en educación por habitante, de los menores. La razón de estos resultados hay que buscarla en sus gobernantes, que han malgastado casi todas sus energías en confrontar con el Gobierno español y en mantener activo un cuaderno de agravios con el Estado que nunca parece tener fin.

Han empleado su tiempo en discriminar entre ciudadanos fieles y traidores a su causa, extendiendo esa discriminación a negocios y empresas, han confeccionado listas negras de estas últimas y han provocado la salida de muchos miles de ellas de Cataluña. Han acosado a sus rivales políticos, han enfrentado a familiares entre sí y, en definitiva, han creado una fractura social de enormes proporciones.

Esto en cuanto a las formas, de las cuales no puede decirse que hayan sido muy democráticas (si bien ellos no dejan de repetir que el déficit democrático está del lado del Estado español). ¿Y en cuanto al fondo? ¿Qué hay detrás de la ideología independentista?

Todos los nacionalismos tienen una componente de supremacismo con respecto a sus vecinos, sea este económico, étnico, religioso o de cualquier otro tipo. En el caso catalán, es de tipo económico. Su PIB es el segundo en importancia entre las CC.AA. y representa el 19% del PIB español. Su PIB per cápita está entre los cuatro primeros y muy por encima de la media española. Para entender el origen real del nacionalismo catalán basta con ver la distribución del voto independentista: escaso en los barrios populares de las grandes ciudades y muy abundante en los barrios ricos residenciales y en el medio rural. Los anhelos de independencia son sobre todo un problema de las élites económicas catalanas, que desearían gestionar su propia riqueza y no compartirla con otras regiones menos afortunadas de España. Claro, dicho así de crudo, no es fácil plantearlo a los ciudadanos. Por eso, el mensaje independentista se envuelve en una épica en la cual Cataluña es una nación oprimida y España, aparte de más atrasada e inculta, es descrita como un estado autoritario que viola los derechos democráticos de los catalanes. En ese imaginario, a los políticos que violan las leyes se les convierte en presos de conciencia y a los que escapan de la justicia en exiliados. Las sentencias de los tribunales, si les favorecen, son justicia y, si no, represión. Así, todo resulta más digerible.

Resulta muy descorazonador que estos mensajes engañosos hayan cautivado las mentes de tantas personas y, muy especialmente, de tantas personas jóvenes. Pero el populismo tiene, por desgracia, ese efecto: cuando las personas pasan dificultades y alguien les señala un culpable verosímil, muchas de ellas compran ese género. Lo hemos visto con el Brexit del Reino Unido, donde el enemigo era Europa; o en los Estados Unidos de Trump, donde el enemigo eran los inmigrantes mexicanos; o cuando el Podemos original dividía a los españoles entre “casta” y “pueblo”. Señalar culpables es siempre más rentable electoralmente que gestionar los problemas y la crisis de 2008-2012 golpeó muy duramente en todas partes. Pero, mientras en el resto de España la crisis era parte de la confrontación política entre el Gobierno y la oposición, en Cataluña el independentismo señaló a España como la máxima culpable. Al mismo tiempo, prometió una Arcadia feliz en la que todos los problemas desaparecerían mágicamente cuando Cataluña se liberara del yugo español.

Solo una épica como esta es capaz de saltar las barreras de clase y aunar en un mismo propósito a partidos de extracciones sociales tan diferentes como JxC, PDCat, ERC y la CUP: la burguesía, los trabajadores y los antisistema, todos reunidos en su lucha contra el enemigo común: la opresora España. El nacionalismo ha terminado con las clases sociales y con la confrontación izquierda-derecha. ¿Es esto progresismo? ¿Es esto defendible desde la izquierda? Al parecer, sí. Hay todavía fuerzas políticas, dentro y fuera de Cataluña, que se dicen de izquierdas que se siguen adhiriendo a esta visión de las cosas. Amigos catalanes de izquierdas, no os dejéis embaucar.

 

Fotografía: Carmen Barrios