Aún a riesgo de caer en uno de los tópicos, quizás, más genuinamente españoles, hay que recordar la costumbre de levantarnos cada mañana a la orilla de nuestro particular Mediterráneo y escribir un WhatsApp a nuestros allegados para trasladarles un alborozado ¡Eureka! por el descubrimiento recién hecho.

Ese ejercicio adopta múltiples formas, desde la emisión de ingenuas explicaciones archisabidas como si se trataran de novedosas ideas (como las presentes líneas) hasta el más grosero plagio intelectual o la copia más burda de cualquier manifestación artística. En todos esos casos el autor recicla viejas ideas y las presenta como estrenos mundiales y, si lo hace, es porque espera que alguien se lo crea y, sobre todo, que nadie se lo reproche.

El circo es un escenario natural para esta práctica. El mundo de ¡Lo nunca visto! es el sitio donde, cada día, y a veces en doble sesión, se presentan números, efectivamente, siempre vistos pero que, acompañados por un efectista redoble de tambor, aparecen como extraordinarios.

Pero es en la política donde esta actividad alcanza el estatus de arte. Y, sobre todo, en la nouvel politique. Es ahí donde, ocultando el cordón umbilical que les une con el pasado, abundan los personajes que presentan, en los albores de su carrera, sus propósitos de redimir al mundo de sus males, al hombre, y últimamente también a la mujer, de sus enfermedades y a la propia política de sus usos más desagradables. Y todo ello, sin redoble de tambores, pero con el mismo énfasis de un circense cuádruple salto mortal.

Sin embargo, debería haber un terreno vedado para el adanismo: la monarquía dinástica. En pleno, ya, siglo XXI, se basa esta institución en la descendencia entre miembros de una, por lo general, misma familia que se transmiten de unos a otros la jefatura del Estado correspondiente. En este sistema debería ser difícil practicar el adanismo, y, sin embargo, es fácil encontrar ejemplos. Como, sea dicho con el mayor de los respetos, tanto a la propia familia como a la historia, con la dinastía borbónica.

Por brevedad literaria ahorraré al lector el detalle desde que el primer Borbón reinó en España tras una guerra civil, pero sí recordaré la dificultad que han tenido en sucederse de padres a hijos sin guerras o conflictos de distintos tipos, salvo en contadísimas excepciones. Casi cada nuevo monarca ha podido reinaugurar la institución como modernos adanes refundadores de la corona.

Hasta nuestros tiempos: Don Juan Carlos I, hijo de Don Juan de Borbón, en realidad heredó la corona, no de su padre, sino del recientemente recordado dictador Francisco Franco. Su sucesión en su hijo Don Felipe VI parecía un ejercicio de continuidad dinástica que no ofrecía margen para la práctica del adanismo, más allá de una puesta al día formal, más basada en la diferencia generacional que en otra cosa.

Pero ha bastado una efemérides, la celebración de un aniversario redondo de nuestra democracia, para poder ver la imagen virtual de un Rey, el actual, como si no tuviera nada que ver con el anterior.

Hasta hace bien poco, la historiografía más convencional presentaba a Don Juan Carlos como una de las personas que hicieron posible la consolidación de la democracia en España. Y, sin embargo, parece que un elefante, una señora alemana y algunas amistades prescindibles han borrado su figura de las efemérides de esa democracia.

Seguro que tiene alguna explicación pero, por el bien de la propia Monarquía, deberían darla. Si no es así, y aunque lo sea, seguro que habrá quien se pregunte: Si cada Jefe de Estado no va a tener nada que ver con el anterior, ¿por qué no elegirlo cada vez?