El “debate” de investidura, por llamarlo de algún modo, ha dejado muy bien perfiladas cuáles van a a ser las estrategias y el clima que nos esperan a los españoles desde el minuto uno del nuevo Gobierno.

Las tres derechas, cada vez más indistinguibles, no le van a dar ni un segundo de respiro. Han amenazado con todo tipo de acciones judiciales, con pronunciamientos de los ayuntamientos y de las comunidades autónomas que gobiernan, y con acciones de repulsa en la calle. Tachan al Gobierno de ilegítimo y traidor, de querer romper España, de felonía y de cuantos insultos han sido capaces de encontrar en el diccionario. Han sido todo un ejemplo de anormalidad democrática, de lo que no deberían ser unas Cortes que ya tienen más de cuarenta años de existencia. Muchos españoles, que por cierto pagamos sus nada despreciables sueldos, nos avergonzamos de esta forma de “ejercer” la política.

Y lo único que realmente ha sucedido es que ocho partidos han optado por apoyar al candidato del PSOE, nueve han decidido lo contrario y dos más han decidido abstenerse. Los primeros suman más escaños que los segundos y tienen por tanto toda la legitimidad democrática para investir un Presidente. Que no les gusta a las derechas, lo entendemos. También las gentes de izquierdas sufrimos al Sr. Aznar durante ocho años, y al Sr. Rajoy durante seis, y nunca dijimos que se rompía España ni que el Gobierno del PP era ilegítimo. La democracia es lo que tiene, que unas veces ganan unos y otras lo hacen otros. Si los ciudadanos les han dado la espalda, tendrán que hacer una oposición eficaz para ganar de nuevo su favor. Y mientras tanto, pueden aplicarse el remedio que les recomendó el diputado Baldoví (la tila), o echarse unas gotas de “aguantoformo” cada mañana en el café. El resto de su teatrillo amenazante y vociferante está fuera de lugar.

Realmente, del Partido Popular y de VOX no esperaba nada distinto, porque ambos han dado suficientes pruebas de que la democracia les viene grande. El PP solo reclama altura de estado a los demás cuando gobierna, pero utiliza cualquier tema de estado (el terrorismo, la política exterior, el desafío catalán) como material inflamable contra sus adversarios cuando no lo hace. No tienen barreras ni respetan unos mínimos consensos democráticos. Su único objetivo en esas situaciones es recuperar el poder cuanto antes y al precio que sea. No dudan para ello en utilizar y embarrar las instituciones de todos, o en emplear métodos mafiosos. Como pruebas recientes, la utilización de la Junta Electoral Central para frustrar la investidura y las intolerables amenazas al diputado de Teruel Existe para que cambie su voto. Otros hechos en esta misma línea fueron el tamayazo, que impidió el gobierno de la izquierda en Madrid en 2003, la atribución a ETA del atentado islamista  de 2004 o el video oportunamente filtrado que destituyó a Cristina Cifuentes en 2017.

Pero debo decir que esperaba algo más del partido de Ciudadanos, actualmente en refundación tras la debacle electoral sufrida en noviembre pasado. A pesar de haber comprobado que su absurda competición por sustituir al PP y su alineación con la ultraderecha les han restado la mayor parte de sus pasados apoyos, parecen seguir persistiendo en el mismo error. Su posición ha sido en esta ocasión indistinguible de las del PP y VOX. La Sra. Arrimadas ha dado además muestras de bisoñez política y de patetismo al tratar de torcer el voto de algunos diputados socialistas. ¿Le parece a esta lideresa un proceder acorde a los modos democráticos y al respeto que se deben unos partidos a otros? También ha descendido a las descalificaciones personales, como hizo durante la intervención de la diputada Lastra. ¿Son estas las formas regeneradoras de ejercer la política? ¿Queda algo en Cs de ese partido del centro liberal que un día ya lejano reclamaron ser?

También me resultaron ilustrativas, por desnortadas, las intervenciones de JuntsPerCat, de la CUP y de EH Bildu. El lenguaje empleado por estas dos últimas formaciones me recordó al de la miriada de partidos marxistas-leninistas de las postrimerías de franquismo. Hablaron de explotadores y explotados, de anticapitalismo, de autodeterminación y de democracia sin saber muy bien qué se esconde detrás de estos conceptos. La representante de Bildu se permitió incluso tildar de autoritario al Rey. Ellos, los mismos que justificaron los asesinatos de ETA. Para ser diputados de las Cortes españolas se debería requerir un mínimo de formación histórica y política y no atreverse a subir al estrado para repetir cuatro recetas sacadas de un manual de “cómo hacerse marxista en cuatro días”. Lo de JuntsPerCat es más grave, porque en este caso no se trata de advenedizos a la política. Que un partido representante de la burguesía haya perdido todo atisbo de pragmatismo y se comporte de un modo tan fundamentalista debería ser objeto de futuras tesis doctorales. Quieren aparecer ante los electores catalanes como más independentistas que los independentistas de toda la vida (ERC). Afirmaron que solo investirían al candidato socialista si este les concediera su referendum de autodeterminación. La única explicación posible a su posición es que asistimos a una competición por la hegemonía dentro del independentismo.

Este es el panorama que vimos en el Congreso. Seguramente se trata de esa España plural que algunos afirman somos, pero que yo completaría como plural y cainita. Y también bisoña, infantiloide y con bastante ignorancia de nuestra historia. Releer el reinado de Fernando VII y los Episodios Nacionales de Galdós seguramente permitiría entender mejor de donde venimos y cuáles son los problemas de fondo de nuestra amada patria.

Porque lo que aquí se está librando es la sempiterna lucha de clases entre una minoría de privilegiados que no quieren renunciar a sus privilegios y una mayoría de desfavorecidos por la historia, y por la reciente crisis, que tan solo quieren recuperar una vida digna. La misma lucha que hemos arrastrado durante los siglos XIX y XX. No sorprendentemente, la derecha apenas habló de las propuestas programáticas del nuevo Gobierno. ¿Por qué? Sencillamente, porque es difícil oponerse a que se suban los salarios, se combata la precariedad, se aseguren las pensiones, se controlen los precios del alquiler, se bajen las tasas universitarias y se pongan más impuestos a los que más tienen. Y ahí es donde les duele. Les duele que la riqueza se redistribuya de un modo más justo porque, de ese modo, las clases acomodadas a las que representan tal vez se enriquecerían un poco menos. Los especuladores inmobiliarios lo tendrían más difícil y las eléctricas y los bancos nos estafarían algo menos. Y eso les escuece. Que los jóvenes no puedan emanciparse y formar una familia, o que haya 12 millones de pobres en un país con un PIB per cápita de 26.000 € y que es la 14 mayor economía mundial en PIB absoluto, les importa bien poco.

Y como no hablaron del programa, que es lo que debería importar en una investidura, hablaron de banderas, de la patria en peligro, de terrorismo, de supuestas traiciones y de cualquier otro señuelo o cortina de humo que se les ocurrió agitar para tratar de impedir que la izquierda gobernase. Pero los españoles no comen banderas ni patrias irredentas. Comen cuando su trabajo y su sueldo les permiten tener un proyecto de vida, habitar una vivienda y educar a sus hijos. Porque esa es la única patria que importa, aquella en la que todos podamos vivir con dignidad.