Finalmente hay gobierno.

Se ha conseguido pese a la compleja aritmética y, sobre todo, pese a los obstáculos que la derecha en todas sus variantes ha puesto en el camino.

Es normal y coherente que Vox no facilite la investidura, ni sería conveniente que lo hiciera, puesto que su concepto de Estado y de España está en las antípodas de la posición del PSOE. Es comprensible que el PP no quiera abstenerse, pero también hubiera sido comprensible que hiciera lo contrario por dos razones: por sentido de Estado y porque el Psoe lo hizo anteriormente con Rajoy, y pese a lo duro que fue para el partido internamente, facilitó un gobierno. No obstante, ni lo que resulta comprensible ni coherente es la posición de Ciudadanos. Arrimadas sigue la estela dejada por Rivera y que le costó el descalabro personal y colectivo de su organización. No solo parece que Arrimadas no ha aprendido nada de lo que le ha ocurrido a su partido, y que definió tan magníficamente bien Adriana Lastra con un solo concepto: “la irrelevancia”, sino que está perdiendo el fuelle conseguido en Catalunya, pues su discurso hace aguas por muchos puntos.

De todo el conjunto de la derecha, Ciudadanos representa la posición actualmente más ridícula y menos comprensible y compartida por el conjunto de españoles y de partidos políticos en el Parlamento. Incluso hoy, o quizás con muchos más motivos después del descalabro electoral, la abstención hubiera sido la posición más respetada en todo el arco parlamentario. Además, los “chistes e ironías” de Arrimadas no encajan bien en el parlamento.

El gobierno echa a andar. Y eso ya es un gran logro. Sobre todo, ofrece esperanza de gestión, capacidad de diálogo y negociación, posibilidad de solución política de los graves problemas que tiene España, … y parlamentarismo, o lo que es lo mismo, democracia.

No obstante, no será fácil por dos razones. La primera, porque todo lo que está gestándose es completamente nuevo, y bien lo señaló Aitor Esteban en un magnífico discurso, sólido y riguroso, señalando la necesidad de tener arrojo y valentía porque se están removiendo las costuras de las costumbres, de los poderes establecidos, del orden inalterable. Nuevo es disponer de un gobierno de coalición; nuevo que esa coalición sea de izquierdas; nueva es la extraordinaria fragmentación del Parlamento; nuevo el estrechísimo margen que divide a dos los bloques políticos.

Pero el mayor problema no está en la novedad. Sino en la gravedad de la exageración, la hipérbole del insulto, la confrontación sin tregua, las amenazas frente a las votaciones, las mentiras que todo lo valen, el acoso para que cuanto peor mejor, la patrimonialización de España por la derecha, … ya lo han dicho otros, el primero de ellos el actual Presidente del Gobierno: a la derecha no le duele España, sino le duele no gobernar España. Es ese sentimiento de poder absoluto, de arrasar con lo que haga falta con tal de ejercer el dominio y machacar al contrario.

La verdadera dificultad está en que la derecha sin máscara no es liberal ni, en muchos aspectos, democrática.

No estamos ante el mejor gobierno, como tampoco ha existido anteriormente ningún gobierno perfecto, en algunos casos, han sido peor que imperfectos, pues sus defectos han sido delitos.

Estamos ante el mejor gobierno posible. Y eso es lo que supone la política. La capacidad de hacer posibles las utopías y de solucionar problemas.

Será difícil. Muy difícil. Pero no por la falta de capacidad del gobierno, sino por la gravedad de los problemas que hoy tiene España, empezando por el que ustedes quieran: desde Catalunya, al desempleo, a la desigualdad, o al cambio climático.

Lo que ahora necesitamos es que el conjunto de poderes fácticos de España, desde los económicos a los mediáticos, dejen que el gobierno pueda trabajar. Tan solo eso. Que se pongan en marcha, y que la crítica se realice sobre lo hecho, sobre la gestión, y no se prejuzgue previamente procurando su hundimiento. Porque eso supondría no la caída de Pedro Sánchez, no la caída de un gobierno de coalición, sino el fracaso, una vez más, del voto de la ciudadanía y, por consiguiente, el fracaso de la democracia española.