El reciente debate sobre el estado de la Nación ha dejado como residuo una nítida fotografía de las políticas de los distintos partidos ante los graves desafíos a los que se enfrenta el país y el mundo en general. En esa fotografía, aparece un preocupante hueco donde deberían figurar las políticas del PP. ¿Alguien conoce cuáles son?

Empezando por los desafíos, se nos ha venido encima una galopante inflación como consecuencia, tras la pandemia, de la rotura de las cadenas de suministros y el encarecimiento, a raíz de la guerra de Putin, de los combustibles fósiles en los mercados internacionales. Su impacto en Europa ha puesto de manifiesto nuestra falta de autonomía energética en un periodo histórico en el que se había iniciado, pero no completado, la transición hacia las energías renovables para combatir el cambio climático. También se ha puesto en evidencia la dependencia europea de los mercados globales y su falta de autosuficiencia en la producción de ciertos bienes, tales como los semiconductores o los cereales.

Ante estos desafíos, las políticas de los partidos de la izquierda son bastante reconocibles: por un lado, acelerar la transición energética, favoreciendo el despliegue de las renovables e incentivando el autoconsumo, y llamar al ahorro para disminuir la dependencia del gas y del petróleo; por otro, redistribuir el coste de la inflación, otorgando ayudas a las capas más vulnerables de la población y estableciendo impuestos a las empresas que se están enriqueciendo extraordinariamente con el aumento de precios.

Las políticas de la extrema derecha también son reconocibles: negar el cambio climático, votar en contra de todo tipo de políticas redistributivas y prometer derogar todas las leyes del actual gobierno si algún día llegaran a gobernar ellos. Es lo que corresponde a un populismo de derechas: criticar todo lo que se hace y no aportar ninguna solución.

Pero lo más descorazonador para nuestra democracia es encontrar al principal partido conservador, al Partido Popular, sin ninguna idea que aportar ante la inmensa crisis que España y Europa tienen sobre sus cabezas. La intervención de la señora Gamarra en el mencionado debate consistió, a partes iguales, en agitar el terrorismo de ETA y los, según ella, indecentes pactos del Gobierno con EH Bildu, y en achacar al Gobierno todos los males derivados de la inflación. No se entendió muy bien qué papel jugaba ETA en la crisis actual, pero tampoco se pronunció sobre ninguna de las medidas propuestas por el Presidente Sánchez e insistió en la idea de que el problema no era la crisis sino Sánchez. Su única solución para afrontar una encrucijada que trae de cabeza al mundo occidental es sencilla: que se vaya Sánchez. Por otro lado, su única receta económica para paliar los efectos de la crisis también es sencilla: bajar todos los impuestos. En concreto, mencionó el de hidrocarburos, el IRPF y el IVA.

Otros gobiernos conservadores europeos, como el del Reino Unido y el de Italia, ya han establecido impuestos extraordinarios a las empresas energéticas y esa es también una de las recomendaciones de la Comisión Europea. Tampoco esta recomienda bajadas de impuestos generalizadas, que no harían sino alimentar la inflación. No se entiende por qué el PP está tan desconectado de lo que hacen y proponen sus homólogos europeos.

Mi opinión es que el PP, a diferencia de otras corrientes conservadoras europeas, tales como los partidos demócrata-cristianos o los liberales, carece de un ideario político. Por la forma en que se produjo la Transición, el Partido Popular recogió, por un lado, la herencia de la antigua Alianza Popular —es decir, la de los políticos franquistas reconvertidos apresuradamente al nuevo marco democrático— y, por otro, los restos del naufragio de UCD —el partido de Adolfo Suárez—, donde estaban representadas varias corrientes conservadoras y centristas. El resultado fue un partido de aluvión en el que no predominó ninguna ideología concreta. Su único nexo común fue conseguir la unión de todas las fuerzas a la derecha del PSOE con el fin de conquistar más fácilmente el poder.

De hecho, las dos veces que el PP ha accedido al poder —con Aznar en 1996 y con Rajoy en 2011— no fueron debidas a la brillantez de sus propuestas sino más bien a un desgaste del adversario: en 1996, Felipe González llevaba gobernando 14 años y a Rodríguez Zapatero le tocó lidiar con la crisis financiera internacional, y la Gran Recesión que vino después, que empezó en 2008 y había alcanzado su punto álgido en 2011.

Cuando está en la oposición, el PP ha estado en contra de todas las políticas que han promovido, primero el PSOE, y luego el actual gobierno de coalición. Así, se han opuesto a la regulación del aborto, al matrimonio homosexual, a la ley de muerte digna y han asumido con frecuencia el discurso negacionista sobre la violencia de género. También han negado el cambio climático y tienen alergia a las energías renovables. En materia económica, están en contra de un sistema fiscal progresivo y piden constantemente bajadas de impuestos.

Cuando están en el gobierno, en general, no revierten las leyes aprobadas por la izquierda sobre los mencionados derechos, pero, en materia económica, se comportan como depredadores del Estado del Bienestar: todas sus políticas se orientan a disminuir los recursos de la educación y la sanidad públicas y a extraer recursos públicos para financiar la educación y la sanidad privadas. También, y en contra de lo exigido cuando están en la oposición, suben los impuestos.

Su política de oposición consiste esencialmente en hacer ruido, agitando sobre todo los temas emocionales, como son el terrorismo de ETA y la unidad de España. Es difícil saber cuáles son sus políticas ante crisis como la actual porque eluden debatir sobre los problemas concretos. Su discurso de oposición va, frecuentemente, no contra las medidas que propone el Gobierno, sino contra quienes las apoyan y contra el supuesto precio que paga por dichos apoyos. Otras veces se apuntan a las guerras culturales de la extrema derecha contra el feminismo, la inmigración o el colectivo LGTBI. La razón de fondo de esos discursos es la competencia por el electorado que comparten.

En definitiva, todo ello evidencia que el PP carece de políticas propias y por eso oscila entre la crítica desmesurada, el discurso emocional de las esencias patrias y el plagio a la extrema derecha.

Sus únicas políticas, si se pueden llamar así, son impedir que la izquierda llegue al poder, cuando esta está fuera de él, y acelerar su caída por todos los medios cuando lo está ejerciendo. Pero un país maduro como España, se merece algo más que el “quítate tu, que me pongo yo”.