En toda democracia hay momentos en los que surgen demagogos y extremistas que, por las circunstancias sociales, políticas y económicas, consiguen cierto protagonismo e incluso apoyo de sectores de la población. Cuando eso ocurre, es importante que la ciudadanía, pero sobre todo los partidos políticos perciban primero el peligro que suponen para la convivencia y la democracia. Y segundo, les impidan llegar al poder aislándoles y derrotándoles; incluso haciendo causa común con el resto de partidos, aunque sean opuestos ideológicamente, en apoyo de candidatas o candidatos democráticos. No hacerlo, normalizándoles en el espacio público e institucional, o aliándose con ellos para acceder al poder es un grave peligro para la democracia.

Esta evidencia, que se agudiza en situación de fragmentación electoral, es la que en España no están queriendo entender ni ver el PP y Ciudadanos, que por ceguera de poder y oportunismo político están cometiendo errores, con sus decisiones, que ya están plenamente estudiados en los libros de historia. Y que recientemente, en Suecia, sus homólogos políticos no han cometido, como tampoco con anterioridad en Francia. Alguien se puede imaginar en Alemania a Merkel aliándose con Alternativa por Alemania, o a Macron aliándose con Marine Le Pen. Pues eso es lo que han hecho en España Casado y Rivera con Vox.

Hay que aprender de la historia, y decirlo no es acusar a nadie, es simplemente intentar que no se repitan errores que luego tuvieron consecuencias trágicas. Un ejemplo significativo, por su trascendencia histórica, sucedió en la República de Weimar, donde nadie quería que Hitler ascendiera al poder, pero acabó ocurriendo.

En las elecciones de 1928 en Alemania, el SPD (Partido Socialdemócrata alemán) gana las elecciones y logra formar un gobierno de coalición con el Partido de Centro, el Partido Popular de Baviera, el Partido Democrático Alemán, y el Partido Popular Alemán, con Hermann Müller como Canciller. En marzo de 1930, el gobierno se desmorona y ante el escenario de bloqueo político, el Presidente Hinderburg utiliza el artículo 48 de la Constitución, que señalaba que “el presidente del Reich podrá tomar las medidas necesarias que lleven a restablecer el orden, interviniendo con la asistencia de las fuerzas armadas, de ser necesario”, para nombrar a cancilleres si el Parlamento no lograba nombrar a un gobierno de mayoría.

Aprovechando esta circunstancia, el presidente Hindenburg, designó Canciller a Heinrich Brüning, del Partido de Centro, en un gobierno minoritario sin el SPD que había ganado las elecciones de septiembre 1930. Éste, se mantuvo en el poder de marzo de 1930 y mayo 1932. Después, es nombrado Canciller Franz Von Papen, un ultraderechista que es expulsado del Partido de Centro, y desarrolla una actuación autoritaria hasta la convocatoria de elecciones en julio de 1932.

Las elecciones de julio de 1932 son ganadas por los nazis, seguidos del SPD y los Comunistas. Unos nazis que poco antes, en 1928 solo contaban con 12 diputados. Pero los nazis no pueden formar un gobierno mayoritario, por lo que Hinderbug vuelve a nombrar a Von Papen. Tras el intento de una moción de censura por parte de los nazis, se convocan de nuevo elecciones en noviembre de 1932. Los nazis bajan en representación, aunque continúan siendo la primera fuerza del parlamento sin mayoría, seguidos del SPD y los Comunistas.

En estas, el general Schleicher es nombrado Canciller tras convencer a Hindenburg para dejar fuera a Von Papen. Pero Von Papen, se revuelve e intensifica sus contactos para que Hinderburg nombre canciller a Hitler, con él de Vicecanciller. En este ambiente, las élites políticas y económicas de Alemania abdicaron de su responsabilidad de mantener fuera del poder a los extremistas. Y consideraron, que poniendo a Hitler, el recién llegado, en el poder podrían contenerle. El sería el canciller, pero la mayoría del gabinete estaría en manos de los políticos de la derecha convencional, lo que creían que les volvería a dar el control de la situación. Von Papen, llegó a manifestar, justificando su maniobra, que “dentro de dos meses tendremos a Hitler acogotado en un rincón”. Hindenburg nombra canciller a Hitler el 30 de enero de 1933. La estrategia de contención fracasó, como es bien sabido.

Todos querían evitar el ascenso de Hitler al poder, todos se creían más listos e inteligentes que él, todos querían llegan al poder a toda costa. Pero finalmente, con sus actuaciones, primero allanaron y luego abrieron las puertas del poder de par en par a los nazis. El resto de la historia es ya bien conocida.

Esta historia, pero hay más historias, enseñan que a los demagogos y extremistas hay que dejarlos al margen del poder. Aislar a los extremistas que quieren acabar con la democracia exige valentía política. Una valentía política que ha existido en Suecia, en Alemania y en otros países, pero que desgraciadamente brilla por su ausencia en España, donde Casado y Rivera solo quieren el poder a cualquier precio. En este escenario, es preciso pedirles que analicen las consecuencias que estas decisiones están teniendo ya en Andalucía y pueden tener en el futuro próximo en el resto de España.

La democracia es un sistema político frágil, cuyo mantenimiento y eficacia depende mucho de unos partidos políticos que con sus decisiones pueden mejorar la convivencia, el bienestar y la libertad. O, por el contrario, pueden abocar a la democracia a su colapso si se producen alianzas fatídicas. Para evitar lo segundo, es bueno que desde la humildad, la prudencia y el sosiego se aprenda de otros momentos de la historia para no repetirlos. Y para ello, hace falta análisis, calma y lectura, mucha lectura, que algunos dirigentes políticos parecen no practicar en demasía, inmersos en la inmediatez de un pensamiento político que deja espacio en un tuit.

El otro día, un diputado de Vox, en la tribuna del Parlamento de Andalucía, llamó “buscadores de Huesos” a los defensores de la ley de la memora histórica. En esa intervención se dejaron algunas perlas más: “una ley política no es el mejor método para hacer las cuentas con la historia; el deseo de controlar no solo el presente sino también el pasado es una característica común de las dictaduras, que actúan a través de la propaganda falsa, de la distorsión de la idea y de la supresión de los hechos«; «la esencia de la Transición fue un pacto para el olvido, y de ahí su eficacia política, social y moral«; la Ley de la Memoria Democrática supone «la supresión del olvido en un ejercicio morboso y sin beneficio para nadie«. Y a continuación recordó al PP que gobierna gracias a ellos, que el acuerdo suscrito entre PP y Vox, en su punto 33, les obligaba a «promover una Ley de Concordia que sustituya a la Ley de Memoria».

La intervención de este señor fue un despropósito. Pero ¿Qué hicieron el resto de grupos parlamentarios cuando utilizó la palabra “buscadores de huesos”? El PSOE, pidió a la Presidenta del Parlamento, de Ciudadanos, que actuara ante la barbaridad de llamar «buscadores de huesos» a los que quieren «buscar la verdad y reparar a las víctimas».

Y ante la sorpresa general, lo más grave estaba aún por llegar, cuando tanto Ciudadanos como PP dieron normalidad a los postulados de la ultraderecha que les ha llevado al gobierno, con esa alianza fatídica para la democracia. La presidenta del Parlamento, Marta Bosquet, llamó al orden al portavoz del Grupo Socialista, Mario Jiménez, y pedía «calma y respeto» a la bancada socialista, no a quien había dicho la barbaridad. El PP se limitó a decir que va a presentar en el Parlamento una Ley de Concordia, e instó a Vox a poner «día y hora» para hablar sobre ella. Y remató la faena, Francisco Serrano, líder de Vox en Andalucía, defendiendo al diputado y recomendando a los que se molestaron que usen el mismo chubasquero que usa él: «Con el que me resbala todo«.

Los partidos democráticos deben aislar y derrotar a los extremistas y demagogos. No se les puede ni normalizar ni llegar a acuerdos con ellos para conseguir el poder. Eso es estar comprometido con mantener y mejorar el orden constitucional democrático. Lo otro es poner en peligro la democracia y la convivencia. Casado y Rivera deben rectificar. Y los ciudadanos deben enseñarles el camino.