El deseo de paz es una constante en la humanidad. Pero no aludo a una paz impuesta, o a cierto buenismo, sino a una paz practica y alcanzable, que haga crecer la esperanza y el bienestar de todas personas. No tiene sentido seguir gastando miles de millones en armas, cuando algo invisible demuestra la vulnerabilidad en la que ya vivimos.

La guerra es una construcción humana, y como tal la propia humanidad la puede resolver. Lo mismo pasa con la desigualdad, es una construcción humana y como tal la propia acción del hombre y la mujer la puede resolver si existe voluntad. Esa es la clave, la voluntad.

Más de 3,5 millones de personas infectadas, más de 251.000 muertes, convierten el COVID-19 en el mayor problema de salud pública del mundo. Ante semejante catástrofe sanitaria, económica y social, que también traerá consecuencias políticas impredecibles dependiendo de como se hagan las cosas, el mundo entero debe unirse en la búsqueda de una vacuna accesible para todos, lo más rápidamente posible.

Mientras esto sucede, y se sigue luchando las 24 horas del día por salvar vidas, quiero poner el foco en la propuesta más importante para el mundo que se ha hecho recientemente, y que no ha tenido mucho eco ni en la opinión pública, ni en la realidad de lo que sucede en el mundo.

Es la petición que, a finales de marzo, hizo el Secretario General de Naciones Unidas, Antonio Guterres, para un alto el fuego mundial ante la grave crisis que estamos viviendo. La pretensión de poner fin al mal de la guerra y luchar contra un virus que está devastando el mundo.

Concretamente, señaló que “La agresividad del virus ilustra la locura de la guerra. Por eso, hoy pido un alto al fuego mundial inmediato en todos los rincones del mundo. Es hora de ‘poner en encierro’ los conflictos armados, suspenderlos y centrarnos juntos en la verdadera lucha de nuestras vidas»

Esta petición de silenciar las armas, de detener la artillería y poner fin a los ataques aéreos, la relacionaba con la necesidad de crear corredores humanitarios para que pueda llegar la ayuda necesaria a quienes son doblemente vulnerables.

Aquellos que sufren las guerras y al vivir en territorios asolados por conflictos armados no cuentan con sistemas sanitarios o están colapsados. Y aquellos millones de refugiados que huyendo de esas matanzas se encuentran, en estos momentos de confinamiento, en tierra de nadie.

El secretario general de la ONU hacía un llamamiento a la comunidad internacional para que apoyase esta medida. Y, además, resaltaba que, si se deja que el coronavirus se extienda como un incendio forestal, especialmente en las regiones más vulnerables del mundo, matará a millones de personas.

¿Cuál ha sido la respuesta? Pues no la deseada, aunque si la esperada. Muchos actores internacionales y nacionales continúan haciendo la vista gorda, o mirando hacia otro lado, en una medida que tarde o temprano la movilización ciudadana a nivel mundial conseguirá.

Entre los que han dado la cara, merece la pena destacar al Papa Francisco, que, en el rezo del Ángelus, señaló que se une a todos los que han aceptado este llamamiento e invita a todos a detener toda forma de hostilidad bélica, promoviendo la creación de corredores para la ayuda humanitaria, la apertura a la diplomacia con atención a aquellos que se encuentran en una situación de mayor vulnerabilidad.

El Papa resaltaba la necesidad de “fortalecer los lazos fraternales como miembros de una única familia humana”. E instaba a los jefes de Estado y de gobierno a un “compromiso” para superar las rivalidades a través del diálogo. “¡Los conflictos no se resuelven a través de la guerra! Es necesario superar los antagonismos y contrastes, mediante del diálogo y la búsqueda constructiva de la paz”

El coronavirus puede servir para acabar con las guerras. Entre otras cosas, porque ha demostrado que un acontecimiento inesperado puede provocar cambios increíbles en las relaciones y los objetivos de los distintos países e incluso de nosotros mismos con nuestros propios vecinos.

Acabar con las guerras es una cuestión de voluntad. Y esa voluntad que existe de manera mayoritaria en la población mundial debe trasladarse a la acción de sus gobiernos.

No es cuestión de buenismo. No significa que nos queramos todos mucho, sino que en sociedades tan plurales como las actuales vivamos juntos tolerándonos mutuamente. Y cuando existan discusiones, litigios o polémicas, éstos se resuelvan de manera justa y pacífica.

El coronavirus ha traído muerte. Pero también solidaridad. Ahora hay que tener VOLUNTAD, VOLUNTAD, VOLUNTAD, para regalarnos y regalar a las generaciones futuras un mundo en paz y sin guerras.

Alto el fuego, Paz mundial