Desde el principio de la pandemia o sindemia, nos habían avisado: solo descubrir la vacuna podrá parar a esta emergencia sanitaria, social y económica.

No podemos hacernos de nuevas al decir que desde el minuto uno los equipos de investigadores de medio mundo establecieron una carrera enloquecida para conseguir la tan ansiada vacuna.

Inmediatamente los institutos de investigación virológica e inmunológica empezaron a recibir financiación, como nunca anteriormente habían recibido. Los institutos Universitarios recibían, también, una inyección presupuestaria de organismos privados. Importantes laboratorios e industrias farmacéuticas como Pfizer y Janssen se ponían a la cabeza de esta especie de carrera por ver quién o quiénes eran los primeros en conseguir el reto, un reto que los elevaría a la fama y, sin duda, al bienestar económico. Hasta en la fantasía de estos grupos se encontraba, legítimamente, la obtención del Nobel de Medicina.

Frente a muchas afecciones infecciosas se ha venido buscando este remedio de la vacuna, desde que Edward Jenner descubriera, en 1796, lo que se vendría en denominar como la vacuna de la viruela, una definición científica de una observación realizada, unas decenas de años antes, por Lady Montagu, una escritora británica que, en una estancia en Turquía, observó que mujeres que ordeñaban vacas no contraían la viruela, esos animales estaban infectados con la enfermedad, pero de una variedad más leve que, al contagiarse a las granjeras, las hacía inmunes incluso a las manifestaciones más virulentas de la patología. Lady Montagu impregnó agujas con el pus de la viruela que tenían las vacas e inoculó el virus a su propio hijo, después lo hizo incluso a herederos de monarcas europeos, pero su técnica acabó siendo rechazada y muchos médicos en Inglaterra no confiaron en su método. Decenas de años después, no sin controversia, Jenner consiguió dar “forma científica” a esta experiencia empírica y así se estableció el inicio de las vacunas. La viruela era una enfermedad que llegaba hasta un 30% de mortalidad y, en todo caso, dejaba señales cicatriciales indelebles en aquellos que la habían padecido. La generalización del uso de la vacuna ha sido de una eficacia indudable, pues el último caso de viruela fue en Somalia en el año 1977.

En España existe un dato histórico de singular relieve con la vacuna de la viruela. Los avances de Jenner llegaron a oídos de un cirujano llamado  Javier de Balmis, que tuvo la posibilidad de contárselo al rey Carlos IV. Con esta noticia organizaron la denominada “Expedición Filantrópica de la Vacuna”, que partió de La Coruña en 1803 con destino a Centroamérica. Balmis viajó con 22 niños huérfanos, que “transportarían” la vacuna a través de su propia inmunización. La viruela de las vacas se inoculaba en uno de ellos y a los 10 días le salían unos pocos granos que producían el llamado “fluido vacunal”. Este fluido se inoculaba en otro niño, así se mantenía la cadena. Aunque se perdieron vidas por el camino, se estima que más de 500.000 personas fueron inmunizadas directamente por la Expedición Balmis y que millones de personas fueron salvadas de morir gracias a la vacunación pública que se realizó en los lugares por los que pasaba la Junta Sanitaria y las Casas de Vacunación.

En 1979  los 19 miembros de la Comisión Mundial para la Certificación de la Erradicación de la Viruela de la OMS corroboraron que la enfermedad había desaparecido en todo el mundo. Este hecho constituye el primer éxito mundial de una vacuna: la erradicación de la primera enfermedad infecciosa en la historia de la humanidad.

En la actualidad, la poliomelitis tiene una certificación cerca del 99% de descenso de la incidencia mundial. Igualmente, gracias a la utilización generalizada de la vacuna antipoliomelitis, puede ser, probablemente, la segunda enfermedad que sea erradicada por la acción de una vacuna.

A lo largo de este tiempo las vacunas también han tenido sus detractores que, en nuestros días, forman los denominados como “colectivos antivacunas”, que acusan a las vacunas de todo tipo de males y se oponen a que se lleven a cabo lo que se denomina como “calendario vacunal”, que en España se pactó siendo Ministra de Sanidad, Consumo y Bienestar Social, Luisa Carcedo, quien con su equipo consiguieron pactar un acuerdo entre Sociedades Científicas y las Administraciones Sanitarias del conjunto del Estado Español.

Los colectivos antivacunas aducen, entre otras razones, que algunas vacunas podrían desencadenar la aparición de autismo infantil. En el año 1998 se publica un trabajo, por el gastroenterólogo británico Andrew Wakefield, en el que vinculaba la administración de la vacuna triple vírica (MMR), que protege del sarampión, las paperas y la rubeola, con el autismo. El trabajo provocó una gran controversia y miles de niños en todo el mundo dejaron de recibir la vacunación, lo que originó un repunte epidémico en la infancia de sarampión de cierta importancia. Esto facilitó que se realizaran estudios con criterio científico en varios lugares del mundo sobre la relación entre vacuna triple vírica y la producción de autismo infantil. Incluso hubo demandas por parte de familias de niños agrupadas en torno a una asociación denominada: Justice Awareness and Basic Support, grupo de apoyo a los niños perjudicados por las vacunas como ellos mismos se denominan. En el año 2003 existe el primer fallo judicial en contra de las demandas presentadas por estas asociaciones a las que se siguieron otras. Un año después, en 2004, la revista publicó una retractación parcial de todos los autores, excepto de dos, y se añadió un comentario del editor jefe de The Lancet, Richard Horton, donde reconoce que en 2004 seguramente no hubieran publicado tal cual el artículo al que nos hemos referido, lo hicieron entonces (1998) convencidos de que disponer de foros donde puedan exponerse libremente ideas nuevas, a pesar de que a menudo resulten chocantes, es vital para la medicina y la salud pública.

Wakefield se embarcó en una campaña contra la vacuna triple vírica en aras de potenciar las que sólo presentaban un antígeno como la vacuna simple del sarampión. Pero la opinión pública ignoraba que en 1997 el propio Wakefield había solicitado una patente para una vacuna contra el sarampión de un solo antígeno. Su interés económico en desacreditar la triple vírica era evidente, había ocultado su conflicto de intereses y terminó por ser inhabilitado para el ejercicio de la medicina.

The Lancet se retractó públicamente en febrero de 2010 por haber publicado ese artículo con resultados “falsificados”. Otra revista señera en el ámbito médico, el British Medical Journal analizó meses más tardes el escándalo científico al que tildó, directamente, de fraude. Al final de toda una peripecia legal y científica se concluyó en 2019: No existe evidencia científica de que la vacuna antisarampionosa esté implicada en la etiopatogenia ni en la fisiopatología del autismo.

Tras más de veinte años de debate e investigaciones científicas y varias sentencias judiciales, se finalizaba con criterios de evidencia científica a favor de la vacunación, pero esas discrepancias iniciales han perdurado en la actualidad, con la difusión de posturas anti-vacunas de relativa aceptación en varias capas sociales, aunque sus razonamientos no se puedan sostener con ningún tipo de evidencia científica documentada.

Estos antecedentes son los que sustentan los dos criterios fundamentales que deben reunir las vacunas en la actualidad: su fiabilidad en la prevención de la afección (protección frente a la infección, creación de respuesta inmunitaria adecuada y persistencia en el tiempo) y, en segundo lugar, la seguridad, es decir la ausencia de secuelas y efectos secundarios de importancia que superen los beneficios que pudieran aportar. Desde el campo de la bioética consiste en dar cumplimiento a dos de sus principios definitorios claves: el de beneficencia (obtener mejores resultados que la libre evolución de los acontecimientos) y el de no maleficencia (que los posibles efectos secundarios no superen cuali-cuantiativamente a los producidos por la libre evolución del proceso que se pretende atajar).

Para establecer estos criterios se precisa que la investigación se realice con consistencia y fiabilidad por equipos reputados en procesos de investigación. Así existe un consenso internacional, científico y ético, que comporta cumplir una serie de requisitos, que se denominan como “Fases de la investigación”: en la primera, se investiga sobre el producto (medicación o vacuna); en la segunda, se establece el mecanismo de acción con animales de laboratorio; y, en la tercera y cuarta fase, se investiga sobre humanos en las poblaciones seleccionadas al efecto, primero de forma directa y luego con metodología de “doble ciego” (de forma anónima un grupo recibe la vacuna y otro no, pero ni los sujetos ni el grupo investigador conoce quiénes son unos u otros, hasta el final del proceso).

Es evidente que en el caso de covid-19 se han quemado etapas, primero porque hubo una gran inversión económica, unido a la gran alarma mundial y al interés de los sectores políticos y económicos en la rápida desaparición de la pandemia.

Una pandemia que ya ha evolucionado a sindemia por sumarse multitud de factores a la mortalidad y a la morbi-mortalidad general, con factores directos de la pandemia y otros que se suman provenientes de la crisis sanitaria general, social y económica que se ha producido.

La conjunción e interacción de estos factores ha originado que industrias farmacéuticas de primer nivel e institutos punteros de investigación hayan colaborado para realizar investigaciones en varias líneas de vacunas: virus atenuados, virus muertos, segmentos virales de ADN o RNA, con el fin de aportar una línea de acción determinada o varias, que pudieran aportar, en el periodo más corto posible, una vacuna eficaz y segura de forma suficiente y consistente.

A lo largo de este proceso se nos iba informando de los avances que se producían y de la distancia existente entre las investigaciones y la realidad de obtener ese preciado tesoro denominado vacuna. Las informaciones iniciales situaban en siete grupos de investigaciones que despegaban con fuerza, en una carrera frente al tiempo y de cara al prestigio profesional internacional.

Los grupos de China y Rusia parecía que llegaban a la meta, así lo anunciaban, pero no publicaban sus resultados en revistas científicas de suficiente impact factor (IF), de tal suerte que la confianza en sus resultados no obtenía la suficiente fiabilidad.

La OMS señalaba que sería a lo largo del año 2021 cuando se obtendrían los primeros resultados de vacunas con efectos consistentes y fiables, tanto en eficacia como en seguridad.

La vacuna conocida como de Oxford, promovida por laboratorios Janssen, alcanza su estadío 3-4 de investigación, aunque sufre algún parón por posibles efectos secundarios que luego no se confirmaron como debidos a la acción directa o indirecta de la propia vacuna. Queda el análisis de los resultados finales y, por consiguiente, la posibilidad de solicitar su aceptación, por parte de las agencias reguladoras internacionales, para su producción y comercialización.

Estábamos en estas cuando laboratorios Pfizer adelanta sus resultados de fiabilidad al 90% de su vacuna y, por lo tanto, aparenta que se adelanta en esta carrera desenfrenada. Dos consecuencias derivadas de este anuncio: la subida espectacular de las bolsas en todo el mundo y, en segundo lugar, el engranaje de la Unión Europea se pone en marcha para la compra de más de mil millones de dosis que, con posterioridad, repartirá entre sus Estados miembros.

La distribución, una vez adquirida, será realizada por la propia compañía farmacéutica, debido a que no se puede romper la cadena de frío en la conservación, pues precisa de -81ºC para preservar sus condiciones. Esta dificultad añadida no ha sido dificultad para que las dos circunstancias, anteriormente citadas, se constataran de forma simultánea.

Este hecho nuevo nos trae varias reflexiones: la primera es que ninguna de las líneas de investigación sobre vacunas frente al Covid-19 se anulan, muy al contrario, parece que se van a potenciar. La investigación de tratamientos posibles tampoco se paraliza, incluso a las pocas horas de este anuncio, otro monstruo farmacéutico, como Eli Lilly, anunciaba un tratamiento efectivo frente a Covid-19, cuyo mecanismo de acción es la producción de anticuerpos.

Ahora tenemos en juego otra serie de cuestiones, la primera logística y la segunda ética. En cuanto a la logística, consiste en el tempograma que resta por cumplir hasta que se tenga la disponibilidad de la vacuna para iniciar el “reparto” en los diferentes países y en sus distintas comunidades y poblaciones. Un tiempo que no va a ser corto y que debe estar presidido por la cautela y la prudencia, dos características fundamentales para no lanzar aspavientos de victoria y saber que, hasta que se vacune mayoritariamente a la población, se necesita la persistencia de las medidas preventivas instauradas de mascarillas, distancia física y lavado de manos.

La cuestión ética tiene que ver con las otras dos condiciones de la bioética: el principio de justicia y el de autonomía, que se suman a los dos citados con anterioridad para dar cumplimiento fiel al registro de la bioética en su conjunto. El principio de justicia se refiere a la posibilidad de acceso por parte de todo aquel que sea subsidiario de vacunarse, independientemente de su situación socio-económica, de su género, de su edad, de su ideología o de su creencia religiosa. El conjunto de la población expuesta debe tener acceso a la posibilidad de recibir la vacuna, sin distinción ninguna. Este principio incluye la priorización de determinados colectivos vulnerables para recibir la vacuna; el colectivo de los profesionales sanitarios, por la elevada exposición al contagio a la que están sometidos de forma continua, y el colectivo de personas mayores y enfermos crónicos, por la vulnerabilidad biológica contrastada, serían, por lógica clínico-epidemiológica y por ética, los primeros en acceder a esa prioridad en la vacunación.

El principio de autonomía se basa en la capacidad de los sujetos para ser vacunados o para rechazar recibir la vacuna. Tiene su fundamento en la seguridad individual y en la capacidad de solidaridad de cada sujeto con el conjunto de su comunidad. En este principio se van a pretender basar los colectivos anti-vacuna. Las administraciones sanitarias deben realizar un esfuerzo de información, veraz y correcta, frente a las falsas informaciones que se van a generar y difundir profusamente desde estos colectivos. Se debiera aportar la suficiente información de las evidencias científicas para neutralizar a lo que se viene denominando como “negacionistas”, que han tenido tanta difusión en los últimos meses.

Para concluir, hemos de señalar la esperanza que se abre frente a la pandemia/sindemia, pues al parecer dispondremos de una vacuna eficaz y segura en un relativo corto plazo de tiempo.

Ante todo, se precisa prudencia en el plano general, pues llegar a un resultado no significa aplicación directa y falta constatar ese anuncio en una publicación científica seria y rigurosa. También necesitamos cautela en el plano más individual a la hora de lanzar, como se dice coloquialmente, las “campanas al vuelo”. Necesitamos más información y de forma más precisa.

Ahora bien, no se debe perder ni un minuto. Las administraciones sanitarias, tanto la Estatal como la Autonómica, deben elaborar sus prioridades para el inicio y el desarrollo del proceso vacunal. La Administración Central, además, tiene una responsabilidad inmediata: elaborar la distribución de las vacunas adquiridas, a través de la Unión Europea, en todas y cada una de las Comunidades Autónomas. El Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud deberá realizar un claro y rotundo comportamiento ético y equitativo, evitar el clientelismo y el cortoplacismo para actuar con miras estatales y solidarias con el conjunto de la población y no dirigirse a la potencialidad de sus votos en exclusiva.

Debemos clarificar en vez de oscurecer. Recuerdo algo que vengo repitiendo durante toda la pandemia/sindemia: en épocas de crisis las personas inteligentes buscan soluciones, las mediocres y torpes buscan problemas.

Simplemente refiero un deseo: seamos inteligentes, todos y todas.

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José Luis Pedreira Massa es Psiquiatra y Psicoterapeuta infancia y adolescencia. Prof. Psicopatología, Grado Criminología. Prof. Salud Pública, Grado Trabajo Social. UNED