Cuando se cumplen diez años desde el estallido de los bonos hipotecarios en los Estados Unidos de América, la Eurozona registra una tasa de crecimiento moderada pero positiva, una inflación muy reducida y el nivel de desempleo más bajo desde 2009, con el 8,9 por ciento de la fuerza de trabajo dispuesta a trabajar pero sin posibilidad de hacerlo. Al mismo tiempo, el Banco Central Europeo (BCE) se ha convertido en la institución europea más relevante en el marco de las políticas anti-crisis, al menos desde la llegada de Mario Draghi a la presidencia de la institución en 2011.

En efecto, la recuperación económica en la zona del euro se ha debido fundamentalmente a la caída de los precios del petróleo y a la política monetaria del BCE, caracterizada por tipos de interés nominales nulos o negativos, y el programa de compras de títulos de deuda pública. De paso, el ente emisor del euro ha evitado la deflación. La política fiscal, en cambio, ha jugado a la contra y últimamente se ha comportado de manera neutral, como consecuencia del ajuste presupuestario a ultranza impuesto por el centro-derecha europeo.

Con todo, esta política monetaria denominada “no convencional” no ha logrado todavía que la tasa de inflación se sitúe en el objetivo informal de cerca pero inferior al 2 por ciento anual. De hecho, en el conjunto de 2016 los precios crecieron en la Eurozona un 0,3 por ciento[1]. De acuerdo con el último dato mensual disponible, correspondiente a junio de 2017, el Índice Armonizado de Precios al Consumo de la unión monetaria aumentó en un 1,3 por ciento, lo que supone una bajada respecto a mayo del mismo año, en el que se registró un incremento del 1,6 por ciento[2]. En cuanto al conjunto de 2017, los precios subirían un 1,6 por ciento, lo que es significativamente superior a la tasa de crecimiento observada en 2016, pero la estimación de la Comisión Europea para el 2018 es del 1,3 por ciento, por lo que la trayectoria de la inflación en la Eurozona no está siguiendo una tendencia clara o inequívocamente ascendente.

Uno de los factores que explican la debilidad de la inflación es el moderamiento salarial, tal y como pone de relieve el propio BCE[3], a pesar de que la baja inflación ha erosionado en menor medida el poder adquisitivo de los trabajadores. El congelamiento de los salarios durante los primeros años de la crisis permitieron en algunas empresas mantener el empleo, así como mejorar la competitividad de las exportaciones, pero seguramente esté en este momento deprimiendo el consumo interno y por tanto el crecimiento del Producto Interior Bruto de la Eurozona, cuyo tasa está estancada en un modesto 1,8 por ciento para el conjunto del período 2016-2018, al menos de acuerdo con las previsiones de primavera de la Comisión Europea. Unos salarios más elevados facilitarán además el proceso de desendeudamiento de los hogares, en marcha desde el principio de la crisis económica, aparte de mejorar las condiciones de vida la clase trabajadora, la cual en países como España ha visto reducido su salario indirecto en forma de servicios públicos.

En todo caso, el cuadro inflacionario descrito más arriba, al menos mientras no se reformule el actual umbral del BCE del 2 por ciento como un tope más que como un objetivo, aun entendido como un ídem de medio término, supone que el crecimiento de los precios sigue requiriendo del apoyo de la política monetaria en sus términos actuales, si es que no se amplía en algún momento a otras modalidades como las transferencias directas a los hogares de la zona del euro. En otras palabras, mientras la inflación no alcance un nivel cercano pero inferior al 2 por ciento anual, lo que no se espera que suceda ni en 2017 ni en 2018, no es razonable una retirada prematura de los estímulos monetarios, particularmente en lo que respecta al programa de compra de activos financieros. En cuanto a la política de tipos, cabe esperar que se mantenga inalterada al menos en los meses que restan de 2017, si bien un tipo de interés nominal marginalmente positivo, del orden del 0,1 por ciento, apenas tendría efectos en el tipo de interés real, la liquidez y el crédito, pero al menos los bancos comerciales no obtendrían financiación a coste cero.

[1] Véase Eurostat: http://ec.europa.eu/eurostat/tgm/table.do?tab=table&init=1&language=en&pcode=tec00118&plugin=1

[2] Véase http://ec.europa.eu/eurostat/web/hicp/overview

[3] Véase el Informe Anual 2016: https://www.ecb.europa.eu/pub/pdf/annrep/ar2016es.pdf?24da2916b47d6f43dcffaedfb6e0a87b