Once meses después de que una combinación de golpe de Estado y confusa denuncia de fraude electoral forzara al exilio a Evo Morales y pareciera acabar con la experiencia socializadora en Bolivia, un heredero heterodoxo del presidente cocalero ha triunfado con gran claridad en las urnas. Luis Arce será el nuevo presidente tras conseguir el 52% de los votos, es decir, más de la mitad de los sufragios y una ventaja superior a veinte puntos sobre el siguiente candidato.

Arce fue el ministro de Economía de Morales durante los trece años al frente del país (excepto en los meses finales cuando tuvo que dejar el puesto para tratarse de un cáncer de riñón). Es considerado el artífice del extraordinario desarrollo experimentado por Bolivia, sobre todo en la lucha contra la pobreza (disminución del 60 al 37 % y reducción de la indigencia del 38 al 13 por ciento) y de fortalecimiento del sector público (nacionalización de los hidrocarburos y otros recursos energéticos).

Difícilmente podría encontrar el MAS (Movimiento al Socialismo) un candidato con mejores credenciales para recuperar el poder y dejar atrás este intervalo ominoso, en el que la derecha boliviana ha dejado ver su cara más rancia, racista y represiva. La desastrosa gestión de la pandemia (con evocaciones trumpianas, como la infección de la propia presidenta interina, la ultra Jeannine Áñez) ha dejado en ridículo las proclamas de eficacia y gobierno inteligente que las clases acomodadas bolivianas predicaban en otoño pasado, en oposición al “sectarismo ideológico, indigenista y autoritario” de Evo Morales (1).

Ni siquiera la candidatura de Carlos Mesa, un historiador y periodista liberal y por lo general moderado, presidente entre 2003 y 2005, en pleno auge de Evo, ha conseguido siquiera forzar una segunda vuelta, que hubiera puesto muy difícil la victoria del MAS.

Arce presenta, no en vano, un perfil bien distinto al de Evo. Aunque ha militado siempre en organizaciones de izquierda y socialistas, sus orígenes, estudios y trayectoria profesionales contrastan con los del presidente cocalero. Hijo de profesores, el presidente electo se formó en la Universidad de San Andrés de los Andes y realizó sus estudios de posgrado en Gran Bretaña, antes de ingresar en el Banco Central de Bolivia. Para algunos, era un tecnócrata que Evo Morales necesitaba con el objetivo de dar consistencia a su proyecto de socialismo nacional e indigenista.

Algunos analistas políticos bolivianos menos lastrados por el radicalismo ideológico anti-Evo se han centrado más en discutir los matices de la gestión de Arce en la década larga de 2006-2019 que en aspectos doctrinarios. Algunos impugnan o al menos cuestionan el llamado “milagro económico” boliviano de esos años. Los brillantes resultados obtenidos se deben, en gran medida, al boom de las materias primas de la primera década del siglo en toda la región latinoamericana, tanto energéticas (petróleo y gas) como agrícolas (soja), debido al espectacular crecimiento de la demanda en China y otras potencias emergentes (2).

Luis Arce tendrá que gestionar un panorama muy distinto al de 2006. Bolivia sufre una depresión sobresaliente, que la pandemia global ha agravado considerablemente. Se cree que el PIB caerá un 6% este año y el desempleo en las grandes ciudades no bajará del 10%. Arce se ha mostrado confiado en la relativa fortaleza de la economía nacional, debido en gran parte a lo conseguido durante su gestión como ministro. Pero las reservas de divisas se han reducido notablemente, aunque debe decirse que cuando Morales se vio obligado a dejar el gobierno el nivel era el de 2007 y el país se encuentra bajo la depresión de la pandemia del COVID-19.

Bolivia soporta unos datos menos alarmantes que otros países de la región, con menos de 140.000 muertos casos, frente al millón que ha alcanzado esta misma semana Argentina, o los cinco millones largos de Brasil. Pero el país dispone de un sistema sanitario más endeble, pese a las mejoras de los años de inversión social. Además, se produjo un fraude escandaloso en la compra de respiradores artificiales, que ha debilitado la atención de los casos más graves.

La gran pregunta ahora, no obstante, es cómo será esta segunda oportunidad del socialismo boliviano (3). Arce sea mostrado cauto y moderado, pese a los intentos de la derecha de presentarlo como una “marioneta de Morales” (en esto, Mesa coincidía con los ultras de Santa Cruz, liderados por Camacho). A medida que avanzaba la campaña y se consolidaba la impresión de una victoria de Arce en primera vuelta, el candidato del MAS ha ido tomando algunas distancias con el expresidente en el exilio, pero más de tono que de fondo.  En efecto, el propio Morales ha adoptado un discurso pragmático y ha defendido en todo momento al candidato de su partido.

Arce no tendrá mucho tiempo para resolver el dilema que ha planeado sobre estas elecciones: si se limita a cerrar el paréntesis e impone el continuismo del primer ciclo progresista, como quiere un sector importante del partido y sus bases sociales y sindicales, o si profundiza en las políticas más pragmáticas de la etapa anterior, como la apertura al capital exterior y el control fiscal. Es posible que la coyuntura lo conduzca por la segunda vía.

¿OTRO GIRO A LA IZQUIERDA EN AMÉRICA LATINA?

La “plata dulce” proveniente de las exportaciones en la primera década del siglo favoreció la consolidación en el poder de los partidos de izquierda o centro-izquierda en el sur del continente americano durante la segunda mitad del decenio (Argentina, Chile, Brasil, Uruguay, sobre todo), lo que creó la sensación de un cambio de paradigma en toda la región, tutelada muy cerca por Estados Unidos durante decenios para prevenir o, en su caso, hacer fracasar experiencias progresistas en la región.

El ciclo resultó más corto de lo esperado y deseado y, cuando los efectos de la crisis financiera internacional se dejaron sentir en aquellas latitudes, el margen financiero que proporcionaban las exportaciones abundantes del sector primario se agotó, los fondos disponibles para políticas sociales se redujeron o extinguieron y las fuerzas conservadoras airearon reales y ficticios episodios de corrupción para provocar la secuencia de derrotas electorales de la izquierda y el centro izquierda durante la pasada década.

Pero la derecha volvió a fracasar y apunta una nueva oportunidad de cambio en el sur del continente. Después de Argentina y Bolivia, se habla del posible regreso de Lula en Brasil (aunque esto sea aún prematuro) y el más que probable éxito este mismo fin de semana en Chile de la iniciativa para derogar la Constitución heredada del pinochetismo. En este último caso, la campaña por el cambio viene precedida por una movilización sin precedentes de los sectores populares contra el gobierno de Piñera. Pero el malestar social se viene acumulando durante décadas, porque el consenso centrista que gobernó el país tras el abandono de los militares no superó la pavorosa desigualdad social ni acabó con los privilegios de las élites (4).

De confirmarse el giro a la izquierda, sería imperativo aprender de los errores y fijar una agenda estable de transformación. Ya no hay tanto maná que repartir. Habrá que  abordar reformas estructurales. Pero antes hay que salir del agujero negro de la pandemia.

 

NOTAS

(1) “Bolivia after Morales”. SANTIAGO ANRIA y KENNETH ROBERTS. FOREIGN AFFAIRS, 21 de noviembre de 2019.

(2) “Présidentielle en Bolivia: la victoire de Luis Arce, fidèle d’Evo Morales mais socialiste modéré”. ANGELINE MONTOYA. LE MONDE, 20 de octubre.

(3) “Bolivia’s socialists may revive Latin America’s ‘pink tide’”. ISHAAN THAROOR. THE WASHINGTON POST, 20 de octubre; “Will Bolivia’s elections Usher in a new wave of socialism in Latin America? JAIME APARICIO-OTERO. FOREIGN POLICY, 16 de octubre.

(4) “Will Chile set an example for true democracy?”. MICHAEL ALBERTUS. THE NEW YORK TIMES, 19 de octubre; “Chile brace for constitutional referendum in the wake of violent clashes”. THE WASHINGTON POST, 21 de octubre.