Cuando a los ciudadanos se les pregunta si hace cinco años tenían más, menos o igual confianza que ahora en los partidos políticos, los sindicatos, el gobierno de España, el Parlamento, los medios de comunicación, la justicia o la Constitución de 1978, la mayoría se decanta por señalar que igual que ahora, menos en el caso de los partidos políticos donde un 44,7 por ciento afirma que antes tenían más confianza que ahora.

Esta afirmación, nos da pistas, pero no nos indica cual es el grado de satisfacción de los ciudadanos, si no tenemos en consideración cual es el grado de confianza que tienen en estos momentos hacia esas instituciones.

Cuando los ciudadanos no perciben la utilidad en sus vidas cotidianas de la democracia y sus instituciones, comienza un camino de desafeccion ante ellas que va creciendo según lo hacen las desigualdades en el día a día. Es cierto que una cosa es el grado de satisfacción con la democracia y otra su legitimación como sistema político. Pero el incremento de la desconfianza de los ciudadanos hacia sus instituciones políticas es una seria advertencia que debilita la democracia, y ante la que hay que reaccionar.

Se tendría que enseñar en las escuelas, y algunas formaciones políticas de la oposición tendrían que aprender, que el diálogo entre los representantes de los ciudadanos es una obligación, y el acuerdo una necesidad para mejorar la vida de las personas a las que representan. Por tanto, hay que desterrar y condenar la crispación, la intolerancia y el insulto en toda la sociedad, pero especialmente en las instituciones. Los representantes de los ciudadanos tienen que dar ejemplo.

Nos hallamos en un momento político, social y económico muy delicado en toda Europa. Y es necesario que tanto la UE como cada uno de sus Estados miembro reaccione con más democracia y más bienestar para todos sus ciudadanos. De no hacerlo, o hacerlo a medias, la democracia como sueño civilizatorio de libertad e igualdad puede tener una temprana fecha de caducidad.

¿Una exageración? NO. Solo hay que recordar que los derechos políticos y las libertades civiles han disminuido en todo el mundo durante los últimos 16 años, y solo dos de cada diez habitantes del planeta viven en países libres, lo que plantea la posibilidad de que la autocracia pueda superar a la democracia como modelo de gobierno que guíe los estándares internacionales de comportamiento.

Cuando a los ciudadanos se les pregunta: “En general, ¿podría valorar de 1 a 10 la confianza que Ud. tiene en estos momentos en cada una de estas organizaciones políticas e instituciones, entendiendo que el 10 representaría ‘la máxima confianza’ y el 1 ‘la mínima confianza’? las respuestas son significativas.

Un 27,2 por ciento señala que tiene mínima confianza en los partidos politicos, es decir, se situa en el uno. Pero esta mínima confianza tambien afecta a los sindicatos, 31,8 por ciento; al gobierno de España, 31,6 por ciento; al Parlamento español, un 21,4 por ciento. Y en menor medida a los medios de comunicación, un 17,3 por ciento;  a la justicia, un 14,2 por ciento; y a la Constitución de 1978, un 7,8 por ciento.

Si analizamos las medias. La confianza en los partidos políticos se sitúa en el 3,7. En los sindicatos, en el 3,66. En el gobierno de España, en el 4,04: En el Parlamento español, en el 4,28. En los medios de Comunicación , en el 4,24. En la justicia, en el 4,78. Y en la Constitución de 1978, en el 6,36.

Hay descontento. Y acabar con él y mejorar la democrática no se va a conseguir ni con populistas ni con tecnócratas. Se necesita la política y la participación de los ciudadanos, porque los peores errores que pueden cometer, en estos momentos, algunos gobiernos son dos: olvidar la importancia que en términos políticos, sociales y económicos tiene la cohesión social, y plantear salir de la crisis recortando aspectos básicos del Estado de Bienestar.

Afortunadamente en España, contamos con un gobierno cuya agenda coincide mayoritariamente con la de los ciudadanos. Un gobierno que amplia derechos, en un contexto complicado y con cada vez más ruido. Un gobierno que aparte de transformar España, debe explicar más en profundidad esos cambios que garantizarán el bienestar de los españoles las próximas décadas.

El camino es claro: fortalecer las instituciones para avanzar en democracia; unidad de los demócratas para plantar cara a los autoritarios; y apoyo constante a unos derechos humanos que deben hacerse realidad en la vida cotidiana de la gente.

Si se hace, dentro de cinco años las cosas irán mejor para España y para los españoles, aunque le pese a ciertos partidos de la oposición que van de patriotas, pero nunca arriman el hombro.