Es difícil cambiar las mentalidades cuando están muy arraigadas y la incertidumbre de lo nuevo, aunque sea mejor y conveniente, resulta más fatigosa que seguir haciendo lo mismo de siempre. Pero hay ocasiones, a lo largo de la historia de la humanidad, donde acontecimientos inesperados provocan sacudidas tan profundas que modifican unas estructuras económicas y sociales que hasta ese momento parecían muy sólidas. En esos momentos, es importante adaptarse rápidamente a esos cambios si se quiere sobrevivir.

¿Quién podía imaginar que una democracia como Italia iba a decretar el aislamiento de 16 millones de personas, prohibiendo las entradas y salidas en Lombardía y otras 14 provincias de ese país por el coronavirus?

¿Quién podía imaginar que la Guardia Civil iba a vigila Haro para mantener aislados a los afectados por coronavirus de un funeral de Vitoria?

¿Quién podía imaginar que, si alguno de los contagiados es descubierto saliendo de su casa en Haro, podría recibir una multa de entre 3.000 y 600.000 euros, según las nuevas medidas impuestas por las autoridades riojanas?

¿Quién podía imaginar que algunas empresas mandarían a cientos o miles de trabajadores a su casa a teletrabajar por el coronavirus?

¿Quién podía imaginar que en la Comunidad de Madrid, La Rioja y Vitoria se iban a suspender todas las clases durante quince días, de momento, una medida que afecta a un millón y medio de estudiantes solo en la Comunidad de Madrid?

Muchos ciudadanos no lo hubieran imaginado. Pero estas situaciones de crisis también son un buen momento para realizar cambios que antes, por cuestiones principalmente de prejuicios culturales, en muchas ocasiones, no se venían realizando, o se posponían atrapados en la gestión de lo urgente y no de lo importante. Me refiero al teletrabajo.

El coronavirus, que nos tiene tan preocupados, debe ser una oportunidad para construir una política de teletrabajo en las empresas y en España que cambie la cultura laboral presentista. El teletrabajo debe dejar de ser algo puntual y convertirse en un pilar esencial de las nuevas relaciones laborales en el siglo XXI.

La cultura del presentismo y del control visual en las empresas, donde se prima el estar horas y horas sobre la productividad, y sobre todo estar cuando llega el jefe y cuando se va, tiene que hacer ahora de la necesidad virtud. Y aplicar, de manera apresurada, políticas de teletrabajo que despreciaban.

Unas políticas de teletrabajo, que desde hace décadas han demostrado claras ventajas para mejorar la productividad y disminuir el absentismo laboral; para reducir los costes empresariales; para reforzar la retención de empleados; para el avance de la conciliación entre la vida laboral y personal, al eliminar el desplazamiento o adaptar las horas de trabajo a las necesidades personales; para mejorar la organización del trabajo; para disminuir el impacto ambiental y de movilidad del actual modelo laboral.

De la necesidad a la virtud apresurada, fruto de direcciones empresariales que van a remolque de los acontecimientos en lugar de adelantarse a ellos. Fruto de mentalidades no adaptadas al cambio, aunque constantemente hablan de él. Fruto de estructuras del siglo XX que ya no sirven en un mundo donde las nuevas tecnologías de la información y la comunicación han revolucionado el trabajo y la vida cotidiana.

El teletrabajo ha existido desde la década de los 70 cuando se desarrolló la teleconmutación en la industria de la información en el estado norteamericano de California (Nilles, 1975). Y en España parecía que todavía estamos en 1975, aunque tenemos una de las mejores infraestructuras de fibra y TIC del mundo. Según Eurostat, apenas un 3 por ciento de los empleados españoles trabajaba a distancia de forma habitual en 2019. Una cifra cinco veces menor a lo que ocurre en países como Suecia, Finlandia, Luxemburgo o Países Bajos con porcentajes cercanos al 15 por ciento o superiores.

Lo bueno es que esta situación va a cambiar fruto de una crisis como la del coronavirus. De momento, la necesidad y los indudables avances de las tecnologías están haciendo que el teletrabajo en casa, que ha sido factible durante décadas, aunque no se desarrollaba, se instale en la vida cotidiana de miles de trabajadores.

Ha tenido que ser el coronavirus. Da igual que la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios (Arohe) llevara tiempo incluyendo el teletrabajo al menos un día a la semana, como una de las medidas en sus diversos informes. Así, aparece recogido en el Catálogo de medidas para mejorar la conciliación y aumentar la productividad, donde en su punto segundo señala: “2. Teletrabajo. Según el departamento, al menos 1 día a la semana. Para ello, comunicación, transparencia y determinación de los parámetros son fundamentales para aplicar esta medida en unos departamentos y no en otros”. O, en el documento 10 medidas para aumentar la productividad y favorecer la conciliación, donde en el punto segundo apunta “Teletrabajo regulado de forma pactada”.

La necesidad de que miles de trabajadores teletrabajen en sus casas, puede y debe acelerar un cambio disruptivo en las relaciones laborales y en la conciliación de la vida laboral y personal que vaya acabando con una cultura presentista que se resiste ferozmente a cualquier novedad por productiva que sea para las empresas y sus trabajadores.

Aprovechemos esta oportunidad para aprender a teletrabajar, para estudiar cuantos días son los adecuados para esta modalidad, para analizar e ir incluyendo un marco regulatorio a través de los convenios colectivos donde se recojan los derechos, la voluntariedad, el respeto a la vida privada del trabajador, el cumplimiento de las normas de riesgos laborales, la formación, la mejora que supone para la movilidad y el medioambiente en las ciudades.

En definitiva, aprovechemos la oportunidad, estudiemos y analicemos los resultados para tomar las decisiones adecuadas que lleven a incluir de una vez por todas el teletrabajo en el marco de una nueva cultura laboral en España, basada en la confianza y la corresponsabilidad.