Cuando se hace política con un objetivo imposible es muy fácil deslizarse en una pendiente que acaba fuera del principio de realidad. Está ocurriendo con el independentismo catalán y muy especialmente con el Presidente de la Comunidad Autónoma, Carles Puigdemont. Si repasamos sus últimas actuaciones parece obligado preguntarse por la capacidad de análisis político de este personaje, llegado a la Presidencia de la Comunidad Autónoma de carambola.

Si recordamos a vuela pluma, hemos de señalar, en primer lugar, la conferencia del Presidente Puigdemont en una pequeña sala de la Universidad Harvard. La comparación de España con Turquía, la total descalificación de la democracia española y la comparación del independentismo catalán con el movimiento por los derechos civiles de Estados Unidos, obliga a preguntarse por el equilibrio mental del Presidente de la Comunidad Autónoma catalana. ¿Se creía Puigdemont lo que dijo en Harvard? ¿No se lo creía pero sobreactuó? Si el Presidente catalán se lo creía sinceramente, es para preocuparse sobre las alucinaciones de, nada menos, el representante de España en Cataluña y no vendría mal que sus compañeros de Gobierno consultaran a un médico. Pero, como yo creo, si Puigdemont sobreactuó, la situación es igualmente preocupante pues una persona que es capaza de utilizar tan gruesas mentiras puede tener también rasgos psicóticos graves.

Después de la gloriosa conferencia en Harvard, Puigdemont acudió con engaños (en un gobernante, la ocultación puede ser un engaño) y previo pago a una breve entrevista con el ex Presidente Carter. Otro gesto ridículo cuando se sabe que ha sido comprado con el dinero de los españoles y que, además, el antiguo presidente se ha desentendido de toda operación secesionista. ¿Cuánto ha costado la operación? ¿No ha podido incurrir Puigdemont en un delito de malversación?

La tercera operación ridícula ha sido el manifiesto que Puigdemont y Junqueras han obligado a formar en público a todos los altos cargos de la Generalidad. Es un gesto tercermundista donde los que reciben su sueldo de la Administración autonómica expresan en público su vasallaje a los principios del Gobierno secesionista. ¿Para qué sirve que el artículo 103.1 de la Constitución proclame que la Administración pública sirve con objetividad los intereses generales si en un acto politizado como pocos todos los altos cargos autonómicos se presten a expresarse en favor de una de las opciones políticas presentes en la Comunidad Autonómica? Si sonrojantes fueron los propósitos vertidos en Harvard, ver a todos los altos cargos autonómicos participar en un acto de afirmación partidista es algo tan nuevo y tan vergonzoso en la democracia española que nos conduce a los países de los Tiranos Banderas.

Finalmente, al celebrarse la fiesta de Sant Jordi (con misa incluida a la que asistió el Presidente Puigdemont a la cabeza de su Gobierno) el Presidente autonómico aprovechó la ocasión para lanzar nuevos mensajes independentistas y difamantes contra el Gobierno español y contra el partido que lo apoya.

Puigdemont ya se ha convertido en una figura tan patética como la de Artur Mas, que o bien ha perdido el principio de realidad o está en la situación propia de los psicópatas que repite mentiras que ni él se cree. Ya es un peligro para Cataluña.