Hace aproximadamente unos 50 años, siendo MIR, publiqué mi primer artículo sobre el maltrato en la infancia y sus consecuencias. A lo largo de estas décadas he continuado con el interés en este campo científico, en cualquiera de sus tipologías aceptadas por los diferentes grupos de investigación sobre el tema.

En la segunda mitad del siglo XIX hubo un profesor de universidad en París llamado Auguste Ambroise Tardieu, procedente de una familia acomodada y burguesa, que desde su cátedra de Medicina Legal en la Universidad de París describió el síndrome de “l’enfant battu”, niño apaleado (en traducción literal). El profesor Tardieu recibía niños para hacer las autopsias y percibió que las lesiones óseas y en otras partes del cuerpo, no tenían explicación de haberse producido por causas naturales o por accidente. En estas circunstancias solo quedaba una posibilidad: esas lesiones debían haberlas producido sus cuidadores.

En 1852, profesor Tardieu publica la primera edición de su texto “Dictionnaire d’hygiène publique et de salubrité”, en el que denuncia la explotación del trabajo infantil en las fábricas y en las minas en Francia.

En 1860, en los “Annales d’hygiène et de médecine légale”, Tardieu formula la primera descripción general del “síndrome del niño apaleado”, incluyendo tanto el maltrato físico como las violencias sexuales ejercidas sobre la infancia, lo hace con el título del capítulo “Étude médico-légale sur les sévices et mauvais traitements exercés sur des enfants” (Estudio médico-legal acerca de las sevicias y malos tratos ejercidos sobre los niños). Este síndrome también ha sido conocido como “síndrome de Tardieu”, más tarde fue conocido como “síndrome de Silverman” ya con aportaciones radiológicas, pero no es hasta la década de 1950, unos cien años después de los primeros trabajos de Tardieu, que la descripción realizada por el matrimonio Ruth Kempe & Henry Kempe alcanza su aceptación real entre la comunidad científica.

En la primera publicación que realiza Tardieu, parte del estudio de 32 casos seleccionados en 18 tanatorios. En estos casos recopilados por Tardieu se trataba de niños pequeños sometidos a sevicias graves (incluyendo traumatismos cerebrales), en los casos no mortales se trataba de niños algo mayores y expuestos a maltratos físicos y a privaciones (hoy diríamos negligencias). En 1868 Tardieu publica un estudio sobre el infanticidio. A pesar de la notoriedad de su autor, los trabajos de Tardieu no han conseguido influencia en la sociedad de su tiempo. En su libro “Étude sur les blessures”, publicado el mismo año de su muerte, en 1879, donde retoma sus viejos trabajos, se muestra desolado por la falta de reacción cuando aconteció su primera publicación.

Entre sus muchas actividades profesionales, Tardieu realizó peritajes sobre niños y en varios de ellos detectó la presencia de abusos sexuales realizados por sus cuidadores, planteando la cuestión de la pederastia y siendo el primero en eliminar la culpabilización social y penal sobre la homosexualidad, aunque a fuerza de transformarla en enfermedad, como producto de su educación judeo-cristiana. Mantener estas posturas hizo que fuera denunciado ante la Academia y ante el Colegio de Médicos, sufrió ambos procesos y estuvo a punto de ser expulsado de ambas instituciones por defender estos hallazgos científicos tan innovadores. Hoy, el profesor Tardieu tiene una calle con su nombre, justo a los pies de le Sacre Coeur en París, a unos cientos de metros de le Moulin Rouge.

En la década de los años cincuenta del pasado siglo, cien años tras la primera publicación de Tardieu, el matrimonio formado por Ruth Kempe & Henry Kempe, él era radiólogo infantil y ella era pediatra en la Universidad de Colorado, alcanza el grado de proceso científicamente aceptado, creando una fundación a tal efecto (Kempe & Kempe Foundation) que amparó a la International Association for Child abuse and neglect (Asociación Internacional para la prevención de los malos tratos en la infancia) y una revista para el estudio científico de los malos tratos a la infancia de gran impacto: International Journal of Child abuse and neglect.

En España, siendo Ministra de Asuntos Sociales Matilde Fernández y Director General de Menores Juan Carlos Mato, se constituye un grupo de expertos para el estudio del tema por primera vez en nuestro país, estaba constituida por Antoni Martínez Roig (pediatra de Barcelona), Joaquín de Paul (Prof. Titular de la Universidad del País Vasco), A. Crivillé (Psicólogo en París) y José Luis Pedreira (Psiquiatra Infantil, en Principado de Asturias) y desde el Ministerio de Sanidad y Consumo se encargó, la asesora del Gabinete del Ministro Carmen Ferrero, de la coordinación con el grupo anteriormente citado. Se celebró un Congreso Internacional sobre los derechos de la Infancia, coincidiendo con la aprobación, en la Asamblea General de la ONU, de la “Declaración internacional de los derechos y deberes de los niños”, en 1989. Desde el Ministerio de Matilde Fernández se inicia, en 1990, la publicación de una Revista: “Infancia y Sociedad”, que tuvo gran aceptación profesional y científica, hasta que el conocido como “MAR”, desde el gobierno del PP, decide clausurarla, sin razón consistente alguna.

Este recordatorio pretende poner en valor que el estudio científico del maltrato en la infancia no es nuevo, lleva un trayecto importante incluso en nuestro país. Quizá no es muy generalizado este conocimiento, pero existen datos, aunque sean parciales, para tener el suficiente nivel de información profesional y científica sobre este tema. Un tema lleno de contradicciones y que remueve sobremanera a aquellos que se acercan para profundizar en el tema.

Se conoce mucho sobre los factores de riesgo para que se produzcan los malos tratos y los abusos sexuales a la infancia, los factores de riesgo se refieren tanto a la vulnerabilidad de la infancia, los factores que dependen de cada una de las figuras parentales y los referidos a la forma de interacción y comunicación en el seno de la familia. También se conoce dónde se producen estas situaciones además de la familia, como la escuela y lugares de ocio.

También se conoce el impacto en el desarrollo de las personas que han sufrido malos tratos y abusos sexuales, lo más importante consiste en la muerte o algún tipo de discapacidad como consecuencia de las lesiones producidas. Pero el impacto en la salud mental es el más importante y persistente, desde síntomas de la serie ansioso-depresiva, a lo más grave de cuadros de tipo disociativo y la consecuencia sobre la evolución de las conductas de apego y de los vínculos afectivos, puesto que no se comprende que las personas que deben darte afecto y seguridad, se transforman en las personas que te agreden y hacen daño, por lo que dan lugar a vínculos muy desorganizados, con todas las consecuencias clínicas y relacionales a las que dan lugar.

En USA se desarrolló un estudio muy relevante sobre el coste económico que representaba la atención a las personas que habían sufrido malos tratos en la infancia, el estudio se realizó con la colaboración del sistema de Salud Pública de USA, las delegaciones americanas de UNICEF y UNESCO. En ese estudio se comprobó que el coste superaba los 12 mil millones de dólares, de ellos casi la mitad de esos gastos se referían a la atención a la salud mental (la mitad de esos gastos para los efectos de los malos tratos emocionales y el abandono y el resto repartido a partes iguales entre malos tratos físicos y abusos sexuales) y la cuarta parte del cómputo total a los efectos sobre el rendimiento escolar.

En un trabajo de metaanálisis sobre de los factores de riesgo en los casos de malos tratos en la infancia (MTI), se demuestra que el impacto predictivo de cada factor de riesgo, aisladamente, es escaso. No obstante, si se van asociando varios de los factores conocidos, la probabilidad de presentar cualquier tipo de MTI puede llegar a quintuplicarse. Sin embargo, queda demostrado que los adultos que habían sufrido malos tratos en su infancia no eran obligadamente adultos maltratantes. La detección precoz y atención adecuada del niño y su familia que sufre maltrato evita la repetición transgeneracional del MTI. La repercusión de estos factores de riesgo se encuadra en una determinada dinámica relacional: Las figuras parentales precisan de organizaciones mentales complejas para la superación de los conflictos que van surgiendo en la relación con sus hijos. En determinadas circunstancias, este proceso mental se encuentra dificultado, por lo que la “actuación” pasa a ser la forma prioritaria de comunicación con la infancia; estos pasos al acto son una descarga de la tensión emocional hacia el exterior, lo que dificulta la comprensión y elaboración mental de cada situación conflictiva que se presenta, de tal suerte que, en esta situación, actos cotidianos del niño (llorar, defecar, orinar, demandas, caprichos, incidentes) pueden ser interpretados por las figuras parentales como una potencial o real agresión, por lo que su tolerancia hacia esos actos disminuye y son connotados como amenazas frente a las que es preciso responder de forma activa, es decir, “actuada”. Así mismo los factores de riesgo se pueden inscribir en un funcionamiento familiar en el que prima el “aislamiento” social, con una dialéctica aislarse-ser aislados (p.e. alcoholismo, migraciones, marginación de cualquier tipo, pobreza) y que dificulta las interacciones sociales y los procesos de mentalización, perpetuándose los esquemas relacionales precedentes. Al aislamiento se puede unir el “encerramiento” relacional (p.e. vivienda en condiciones de hacinamiento, escasa superficie, roces frecuentes), por lo que revierten en el núcleo familiar las dificultades relacionales y de verbalización. Esto unido a la dificultad de canalización externa de la agresividad, hace que dicha agresión explote dentro de este encerramiento, siendo los integrantes familiares los que se van a ver sometidos a permanentes pasos al acto.

Esta importancia de los factores sociales como determinantes del MTI ha sido confirmada por estudios recientes y, en particular, la deprivación social (incluyendo la estabilidad económica, la situación de la vivienda y la existencia de ayudas sociales), junto con la situación laboral de las figuras parentales y la estabilidad y riqueza de la red social. En definitiva, en la presencia de los MTI son más importantes los factores que dependen de las figuras parentales que de los que son dependientes del propio niño.

En este orden de cosas debemos enmarcar la conocida como “violencia vicaria” a la que se somete a la infancia por parte de una de las figuras parentales para agredir a la otra figura parental. No obstante, la mayor parte suele ser la figura paterna machista y violenta contra la mujer, por eso era preciso aclarar estos extremos del MTI, con su entidad propia. La violencia machista hacia la mujer/figura materna, hace que se incida en que los hijos sean, al menos, sensibles a la violencia como testigos y, en buen número de casos, son recepcionarios de actos de MTI.

El machista agrede a sus hijos de forma vicaria, es decir agrede a los hijos cuando la violencia real la dirige hacia la pareja. Pero el padre machista y violento contra la mujer, en un momento dado puede virar la violencia hacia los hijos por dos mecanismos: el primer mecanismo es por descarga real contra los hijos por ser “testigos” de la violencia que realiza contra la figura materna, en menos ocasiones porque los hijos intentan interceder o defender a su madre y la figura paterna no lo tolera. En este caso sería que los hijos se ven involucrados en el seno del propio acto violento y destructor de la figura paterna en contra de la figura materna.

El segundo mecanismo consiste en que la figura paterna pretende hacer daño a la otra figura parental, la mayor parte la mujer, haciendo daño en los integrantes familiares más vulnerables, más dependientes de la figura materna y a quienes la figura materna profesa un gran nivel de afecto, en esas circunstancias la agresión a los hijos es una agresión desplazada de la violencia hacia la figura materna. En eso constituye la violencia vicaria, la figura paterna agrede, incluso matando, a sus propios hijos con una finalidad concreta: que no los disfrute la mujer y hacerla el mayor nivel de daño.

La violencia vicaria, al igual que los malos tratos emocionales o psicológicos o que los abusos sexuales sin penetración, es muy difícil de aceptar por parte del sistema judicial. Son conceptos que son difíciles de demostrar con pruebas “físicas”, se deben conocer y tener la sensibilidad y formación consistente y suficiente para identificar estas situaciones. Los efectos son tremendos que pueden incluir procesos mentales a medio y largo plazo y, sobre todo, en algunos casos la muerte de los niños a manos de su propio padre en contra de la madre.

Este contexto de MTI es demoledor y moviliza emocionalmente a profesionales, justicia y población en general. Esta movilización emocional dificulta la comprensión aséptica y en muchos casos se “prefiere” negarlo. Esa negación permite sobrellevarlo y contrastar la percepción dolorosa que produce la empatía hacia la infancia maltratada, Esa negación no es más que efecto de la compasión, pero no de la comprensión del contexto, al faltar la comprensión el problema persiste y oscila entre el lamento compasivo y la incredulidad o, lo que es peor, la descalificación del concepto, como la realizada por los grupos de extrema derecha y que traducen falta de sensibilidad, deficiente empatía y, sobre todo, déficit de formación y de conceptualización, por ello se encuentran tan a gusto en la negación, no se debe olvidar que la negación es un mecanismo de defensa primario y arcaico, simple y con escasa estructura en su interior.

El sociólogo e historiador norteamericano Lloyd de Mausse sistematiza unas etapas histórico-sociales de la infancia de gran consistencia para comprender estos procesos. Pues bien, estos padres que matan para hacer daño a su pareja son  verdaderos trogloditas que conciben a la infancia en la fase del infanticidio, en la que los niños y las niñas no tienen un valor intrínseco, por lo que para solucionar los problemas que puedan acontecer se tiene una solución: la muerte, así acontecía en el caso de la discapacidad cuando los niños eran arrojados desde la roca Tarpeya; en la violencia vicaria los padres se transforman en la roca Tarpeya ejecutora de ser los preferidos de la figura materna.

Pero el sistema jurídico tampoco se aleja mucho de esta fase, a pesar que en la sociedad se sitúa en la etapa de ayuda de Lloyd de Mause, en la que la infancia ya obtiene el grado de consideración de persona jurídica, se les reconocen derechos y capacidades propias (por ejemplo, de narrar su situación y declarar judicialmente con credibilidad) y en el que la violencia sobre la infancia no está bien vista, pero el sistema judicial no le suele dar credibilidad a lo que acontece a la infancia en el plano psicológico y emocional o en los abusos sexuales sin penetración, situándose con su actitud hacia la infancia en una etapa intermedia entre la ambivalencia (dominada por el control físico y la capacidad de moldeamiento de los niños y niñas) y la intrusión (control psicológico, con exigencia de obediencia), solo en algunos casos, excepcionales, el sistema jurídico se adelanta hacia la etapa de sociabilización de Lloyd de Mause, caracterizada por la educación a la infancia y la aceptación de la delegación parental, sobre todo en la trasmisión de la disciplina.

Es cierto, he intelectualizado un problema, un problema muy duro, pero presente. Para los incrédulos que la violencia vicaria es un hecho, recuerdo una frase que nos repetía mi catedrático de Patología Médica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca, el Profesor Fermín Querol: “Recuerden que nunca podrán diagnosticar lo que no sepan”. Dicho queda.