Trama y tramar son dos vocablos a los que la RAE, entre otras acepciones más específicas, asigna dos sentidos opuestos, uno funcional y otro claramente peyorativo. Remito al lector al diccionario para ahorrar una mayor explicación, pero debo resumir que este concepto termina siendo bastante neutro, por lo que cada cual puede aplicarlo a su gusto. Según lo que se trame, es decir, lo que se haga con cualquier cosa complicada o difícil.

Pero la factoría de Podemos ha colocado un nuevo trending topic en el escaparate político: La Trama. Define con este término una colusión político-económico-social que tiene como fin perjudicar a la gente al tiempo que se beneficia un grupo privilegiado de la sociedad, esa especie de hidra de varias cabezas. Pretende Podemos, hay que suponer, conceptuar el adversario que pasa, así, de ser un magma complejo a convertirse en una concreción que oponer a la ya consolidada gente y sustituye en su diana política a la antigua casta a la que añade el apoyo social de la oligarquía dominante y la financiación económica del IBEX 35.

Si añadimos esta definición de trama a la división anteriormente realizada por Podemos entre ellos y los demás, ya han colocado todas las piezas en el tablero, en su tablero: la gente, representada por Podemos y la trama, representada por el resto de los partidos del arco parlamentario. Con esa definición, una vez creado el muñeco, ya solo falta clavarle los alfileres en forma de descalificaciones en una especie de vudú verbal a la que son muy aficionados en esa formación.

Desde 1848, por dar una fecha en concreto, cuando el Manifiesto Comunista propugnaba la emancipación de la humanidad a través de la del proletariado y mediante la revolución, esta, la revolución, se ha intentado en varias ocasiones y utilizando diversos procedimientos. Pero ahora, Podemos pretende hacerlo en España lingüísticamente. Algo así como matar un cerdo a besos, tal como cuenta el viejo chiste infantil.

Y esto, la aparente ingenuidad de su acción, es lo que causa alguna duda en las intenciones últimas de Podemos. ¿Qué pretende realmente Podemos con su acción política? ¿Qué es lo que espera conseguir con esas formas de actuar, que parecen estar más cerca de la apariencia del chascarrillo que de la praxis recomendada para cambiar la realidad?

Son preguntas que solo pueden ser contestadas con solvencia por el poder centralizado de Podemos. Los demás solo podemos especular, pero la reciente separación del poder del sector más pragmático de ese grupo da que pensar en si realmente no tienen ninguna solución para los problemas que enuncian y solo se les ocurren diversas formas de designar al cascabel, pero ninguna para ponérselo al gato.

Aunque, la verdad es que, en el terreno de la semiótica, hay que reconocer que son muy buenos, y no es la primera vez que yo lo hago. A pesar de la complejidad de los fenómenos sociales, el think tank de Podemos simplifica las cosas hasta extremos cuya trivialidad compite con su eficacia. ¿Recuerdan a George Lakoff y su elefante? Pues bien, henos aquí a medio país hablando de la trama aunque no sepamos para qué, más que para colocar a Podemos en el centro de un debate vacío. ¿Lo llenamos con la nacionalización de las empresas del IBEX 35? ¿Prohibimos a sus directivos el ejercicio de la libertad de expresión? ¿Inscribimos a la CEOE como un círculo de Podemos?

Habrá quien piense que ese grupo de penenes, alguno de los cuales cobra por trabajos que no hace, otro factura con una empresa interpuesta, un tercero contrata sin dar de alta en la seguridad social y otro paga colaboraciones radiofónicas en b, ha descubierto la trama en ojo ajeno. Pero dada la simpleza de esas irregularidades, que no dan para ser consideradas viga en ojo propio, yo más bien detecto cierta admiración en Podemos por la complejidad de la sofisticación de esa denunciada trama.

Tengo para mí que estas florituras verbales de una parte de la izquierda española perderían protagonismo si el PSOE o, mejor dicho, cuando el PSOE finalice su periodo de interinidad y recupere su papel de representación de esa izquierda. Cuando el PSOE tenga un programa, en lugar de tres distintos en disputa. Cuando el PSOE deje de hablar de lo suyo y empiece a hacerlo de lo de los demás. Cuando el PSOE tenga una dirección reconocida y estable en lugar de una provisional. Cuando el PSOE tenga un líder aceptado por una mayoría de sus militantes y reconocible por sus votantes. Cuando ocurra todo eso, la sociedad, la gente, podrá ver la diferencia entre la acción política y los juegos florales.

Aunque quizás ya no pueda aspirarse a las hegemonías de antaño y haya que conformarse con un nuevo juego de minorías mayoritarias, el que la izquierda pueda influir en el BOE y no solo en las cabeceras de los periódicos puede empezar a cambiar algo.