Escribo este artículo tras escuchar el debate del Congreso de Diputados que se inicia después del periodo estival. Y qué decirles. Como si el tiempo no pasara, Casado y Abascal continúan con un discurso agrio y falaz con sus matices personales.

Casado, con una huída hacia adelante para tapar los problemas que surgen en su partido con un ala todavía más radical representada por el tándem Ayuso-Aguirre (con Miguel Ángel Rodríguez en las sombras) dispuestos a moverle la silla con el fin de lanzar al estrellato a la nueva heroína Isabel de Madrid, ha mantenido el mismo tono de siempre: simplón, insultante y lleno de tópicos. La única oposición que sabe hacer. No hay negociación, no hay diálogo, no hay alternativa, no hay capacidad de liderar a un partido liberal conservador. Su única estrategia es incendiar el debate y lo hace con un batiburrillo de temas que da igual que la gestión del gobierno sea buena en algunos aspectos o deficiente en otros porque lo mezcla todo.

Seguramente él piensa (y puede ser) que el ruido le vaya bien electoralmente. Contribuye así a mantener de forma permanente un clima social de tensión, de odio a la política, de confrontación, y, como oía a varios comentaristas: “esto no es bueno para España”. Hubiera sido más productivo poner el dedo sobre los asuntos que son conflictivos y no funcionan bien, y no solo denunciarlos, sino también proponer una solución. Pero al PP no le interesa eso.

A Casado le veo agilidad dialéctica, atrevimiento y cierto carisma. Pero que me disculpe Teodoro que, después de tanto tiempo, aún no le he visto las cualidades que seguro que tendrá bien ocultas para ser el número dos del PP. Y Teodoro Egea se enfrenta a una de las personas más sólidas, coherentes, dialogantes, trabajadoras, responsables y serias que he encontrado en política: Yolanda Díaz.

Después del circo que monta Casado, llega Abascal. Aquí no hay circo porque no hay bromas, porque no hace gracia, porque no da risa, porque sus palabras, gestos y actitud, no son insultantes, son amenazantes. Amenazan verbalmente a todo aquel que es diferente a ellos, que piensan diferente, que les molestan. Sin un ápice de discurso democrático, con una intolerancia rallante en el límite del odio, la intervención de Abascal no es calificable. No puede serlo. Acusaciones sin datos, sin ninguna fiabilidad, solo con la intención de acusar y generar más odio.

Lo explica muy bien Rafa Simancas, en su artículo “La política no es una cacería” publicado en esta misma revista, cuando cuenta la estrategia y el hacer del grupo parlamentario popular y su portavoz Pablo Casado. Se persigue la destrucción del contrario, y para ello es necesario un clima de confrontación social. No importa que no sea útil para resolver problemas porque ese no es el objetivo principal. El objetivo es ganar a costa de lo que sea, incluso del beneficio del propio país.

Y, si esa es la actitud del PP español, intentando sacar cabeza frente a Vox en una carrera desbocada para ver quién es más insultante sin limitaciones, me preocupa la deriva que está tomando a nivel europeo.

El PP de Casado ya se quedó en solitario no condenando la política homófoba de Hungría, y ahora vuelve a desmarcarse del liberalismo-conservador europeo al abstenerse en la resolución que defiende que los derechos de las parejas del mismo sexo sean respetados por igual en toda la Unión Europea.

Esperemos no ver a Casado, imitando a Aznar, y poniendo los pies en la mesa de Viktor Orbán. Resulta preocupante los “amigos” que Casado hace en sus reuniones internacionales.